XICóATL 89

XICóATL

 

XICóATL: Número 89

 

XICóATL Nro. 89, Octubre/Diciembre 2009

 

CONTENIDO:

  • ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.
  • POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
                          Poemas. Reynaldo García Blanco.
  • NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.
  • AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.




ENSAYO

Alejandro José López Cáceres (Tuluá, Colombia, 1969) es profesor de la Universidad del Valle. Licenciado en literatura, especialista en prácticas audiovisuales, Magíster en literaturas colombiana y latinoamericana. Ha publicado un libro de crónicas: Tierra posible (1999), otro de ensayos: Entre la pluma y la pantalla: reflexiones sobre literatura, cine y periodismo (2003), uno de cuentos: Dalí violeta (2005), y otro más de entrevistas y crónicas: Al pie de la letra (2007). Actualmente se desempeña como director de la Escuela de Estudios Literarios, en la Universidad del Valle.


Dirección: Calle 34 Nº 94 - 143, casa M 7, Jardín del Lili, Cali, Colombia.
Correo electrónico: alejolopz@hotmail.com
Página de internet: www.alejandrojoselopez.com


DE LA LITERATURA EN UN MUNDO ABARROTADO


1

A comienzos del siglo XX, tras la invención del cine y su irrebatible colonización de los auditorios, muchos críticos diagnosticaron la muerte inminente del teatro. Varias décadas después apareció la televisión y otros tantos analistas culturales de la época estuvieron de acuerdo en proclamar que esto significaría, irremediablemente, la muerte del cine. Entrada la segunda mitad del siglo XX se inventaron los formatos electrónicos —los diskettes, el CD rom y, para completar el cataclismo, la Internet—, lo cual sí produjo verdadera unanimidad entre los censores de la cultura que se precipitaron en un coro de plañideras para lamentar la inexorable muerte del libro. Y de pronto nos encontramos en este desconcertante inicio del siglo XXI, sin haber podido realizar el sueño sepulcral de tantos críticos culturales con vocación apocalíptica. Pero lo que más asombra no es la cantidad de panteones desocupados sino la buena salud de los difuntos. Se siguen haciendo montajes escénicos en cada barrio de cada ciudad; el cine ahora se ve en los multiplex —lo que significa la posibilidad de elegir, semana tras semana, entre decenas de películas—; la televisión por cable nos inunda la casa de canales temáticos que pasan por los dibujos animados, los videos musicales, los documentales, las cadenas noticiosas y las películas porno; la Internet es una telaraña gigante cuyo tejido se tupe cada vez más finamente sobre el globo terráqueo; y nunca antes en la historia de la humanidad se habían impreso tantos centenares de miles de libros como hoy. Sí, digámoslo de una buena vez: una de las principales características del mundo contemporáneo es la sobreoferta cultural.

2

    Otro aspecto que es preciso registrar es la democratización de los recursos necesarios para la elaboración de productos culturales. La tecnología nos ha regalado cientos de artefactos que acercan la gente a esta posibilidad. Quizás el ejemplo más notorio es el de los audiovisuales. Los costos mayúsculos en que incurría quien se aventuraba en una realización cinematográfica hasta los años 80’s hacían del cine un arte absolutamente elitista. Las cosas han ido cambiando tras la invención del video. Tanto los insumos requeridos como los equipos —cámaras, luces, micrófonos, etc.— son extraordinariamente más baratos en este nuevo formato que en el del tradicional celuloide. Este fenómeno se ha hecho extensivo a otras manifestaciones estéticas. En el mundo de los impresos ha ocurrido algo similar. Gracias a sistemas como el offset, ahora es posible hacer tirajes breves sin que el costo de las ediciones sea excesivo ni afecte gravemente el valor unitario de los libros. En otras palabras, desde el punto de vista financiero, hoy es más fácil hacer una película, una revista, un disco, un libro. Y es un hecho dado que esto se nota en la inmensa cantidad de productos culturales que el lector/espectador/público tiene a su disposición cotidianamente.
    ¿Qué significados tienen estas circunstancias para la labor del escritor? Quedémonos, en un primer momento, con uno. Debido a la sobreoferta cultural, es posible que nunca antes en la historia hubiera sido tan complicado hallar lectores. El escritor contemporáneo tiene la trágica certeza de que muy difícilmente su libro tendrá una buena recepción y una adecuada distribución mientras su copyright no se haya posicionado en las librerías. Y seguramente alguien podría suponer que este impase no lo es tanto si se tiene en cuenta que ha sido formulado como un simple problema de mercadeo. Pero el asunto es mucho más complejo y presenta variados matices. Sigamos, por ahora, sobre el tema de la compra del libro —que no implica, por supuesto, el de la lectura del libro—. Digamos que, en relación con el hallazgo de un “tú”, el literato está sujeto a avatares diametralmente opuestos a los que vive, por ejemplo, un artista plástico. Quien suele comprar la obra de un desconocido escultor regional conoce perfectamente el alcance de sus recursos y, por más que quisiera, sabe que no le está dado tener en su colección un Botero o un Dalí. Las cosas son bien distintas para el comprador de libros. El precio de un Cervantes o un García Márquez es idéntico al de un Joselito de las Mercedes; así que, salvo casos patológicos, la elección no será difícil.

3

    Seguramente es Italo Calvino quien mejor ha hecho el ejercicio de pensar las interpelaciones que el mundo contemporáneo le hace a la literatura. Eso fue lo que hizo en 1985 con el pretexto de reflexionar sobre cuáles valores literarios deberían conservarse en el próximo milenio —este mismo en el cual nosotros ya estamos instalados—. Comparto felizmente el planteamiento que se lee en su apología del cuento: “la demanda del mercado del libro es un fetiche que no debe inmovilizar la experimentación de formas nuevas” (1). Y a juzgar por fenómenos recientes, como la negativa de un amplio y testarudo sector editorial a publicar textos que no sean novelas o manuales de autoayuda, lo dicho por Calvino tendría que elevarse a la categoría de consigna. Está claro que no lo digo por la novela, la cual representa uno de los grandes patrimonios de la cultura occidental. Pero ese otro género cuyo presupuesto es la subestimación del lector me parece deleznable. Suponer que alguien pueda interesarse, por razones ajenas al humor, en un libro titulado: “Cómo conquistar mujeres en la barra de un bar” equivale a aceptar, sin más, que los lectores son afásicos y las mujeres del bar, estúpidas e iletradas. Esa empobrecida idea de la vida es un antónimo de la literatura. Y lo peor no termina ahí: el tono en el cual se escriben estos mal llamados libros de “autoayuda” es grave, doctrinario, circunspecto. Ya Milan Kundera ha advertido en su bello y sabio libro sobre el arte de la novela qué tan peligrosas son esas gentes que no saben reír —los agelastas— para el porvenir de la literatura. (2)
    Lo dicho hasta ahora suena contradictorio. Por una parte, se esboza el contexto de la sobreoferta cultural —con la consecuente dificultad para captar lectores—; por otra, se enfatiza la negativa a obedecer los dictámenes que el mercado del libro impone. Pues bien, esta dicotomía aparente mostrará su fragilidad si logramos incorporar el problema de la recepción como núcleo del debate. Porque lo cierto es que el lector actual tiene a su disposición un variopinto conjunto de objetos culturales —entre los cuales se encuentra el libro— y dicho conjunto es determinante en la configuración de unos nuevos rituales de lectura; pero, es preciso aclararlo, no de la manera mecánica en que lo suponen tantos editores de hoy. Ante esa gama gigantesca de opciones, es un hecho que el tiempo de la recepción se reduce. Y es éste un aspecto que se inscribe dentro de un fenómeno más general, el cual ha sido denominado por algunos sociólogos como “aceleración de la historia”. Tal como lúcidamente lo explicó en su momento Octavio Paz, no se trata de que el tiempo transcurra más rápido, sino de que ocurren más cosas en menos tiempo (3). Digámoslo de un modo justo: el lector de hoy vive de prisa en un mundo abarrotado.

4

Ahora bien, hay múltiples formas de responder literariamente a este condicionamiento histórico. Pueden reclamarse, por ejemplo, brevedad y simpleza. Sobre la primera no sólo no tengo reparos sino que, de hecho, me declaro partidario. No puede uno dejar de lamentarse al constatar que los editores se muestran cada vez más reacios a publicar cuentos, ese género extraordinario que nos dejó el siglo XIX. Como si estuviéramos condenados a olvidar el legado de tantos gigantes, todo lo que va de Poe a Kafka, de Maupassant a Cortázar, de Chéjov a Rulfo, de Hemingway a Borges, de Steinbeck a Ribeyro, de Juan Carlos Onetti a María Luisa Bombal, de Raymond Carver a Clarice Lispector. Negarse a entender el potencial del cuento en el mundo contemporáneo es, por decir lo menos, una insensatez. En cambio, vemos cómo se acoge con beneplácito el necio reinado de la simpleza. Y aquí sí tengo todas las objeciones. Porque ser simple implica escribir con claridad pero sin densidad. Una escritura explícita, fofa, presupone un lector incompetente. Estoy convencido de que la subestimación es el peor de los insultos. Supongo que lo sucedido en este punto es una lamentable confusión entre simpleza y sencillez. La diferencia estriba en que la una proscribe la concentración y la otra convoca la agudeza.
Puestos sobre el tema de la sencillez, valdría la pena anotar que se trata de un valor literario con mucho vigor. Incluso, es posible que tenga mayor vigencia que la misma brevedad. Me refiero al hecho de que ésta garantiza la fluidez, algo sumamente deseable y que el lector está dispuesto a agradecer en estos tiempos de atiborramiento cultural. Voy a permitirme una analogía para buscar una mejor explicación de esta idea: la ciudad y el libro. Uno de los factores preponderantes para medir la calidad de vida que una ciudad ofrece a sus habitantes es la posibilidad de recorrerla rápidamente. Para los transeúntes contemporáneos el tráfico detenido es una pesadilla y un embotellamiento, lo más parecido al infierno. Con el lector ocurre algo similar. No está dispuesto a recorrer una sintaxis pedregosa, ni a transitar estructuras enrevesadas, ni a soportar los semáforos en rojo de una prosa impenetrable. En otras palabras, los tiempos del monólogo interior han quedado atrás. Y al decir esto no pretendo introducir matices despectivos en la valoración de obras maravillosas como el “Ulises” de Joyce o “El sonido y la furia” de Faulkner. Pero lo cierto es que si un autor de hoy opta por ese tipo de escritura muy difícilmente hallará quien lo lea.

5

Quisiera terminar estas palabras con la mención de otro valor que me parece primordial para la literatura de estos tiempos: la diversión. Aunque el sentido común nos demuestra que el aburrimiento no seduce a nadie, bien vale la pena señalar un fenómeno cultural que está al orden del día y que podríamos denominar la ley del zzaping. Con esta palabra los televidentes se refieren a esa práctica diaria que consiste en tomar el control remoto y, sentados frente al televisor, cambiar de canal a la menor pérdida del interés. Los realizadores audiovisuales saben que se encuentran gobernados por esa tiranía de la audiencia y asumen el reto de capturar y mantener su atención. Pero esto es algo que se hace extensivo a la recepción de otros pro-ductos culturales, incluido el libro. Muchos escritores así lo han entendido y esto se percibe en los recursos con los cuales actualmente elaboran sus textos. William Somerset, en su provocativo estudio sobre la novela, decía: “Una persona razonable no lee una novela como si fuera una tarea. La lee como una diversión”. Y más adelante concluía: “El fin de un escritor de ficción no es instruir sino agradar” (4). Por su parte, el gran Balzac afirmaba que la primera condición de una novela es interesar. Seguramente la primacía de este género en el mundo editorial de hoy está ligada a esta concepción. Desafortunadamente, hay quienes aún confunden diversión con banalidad. Y la distancia entre estas dos opciones de escritura es tan grande como la que señalaba atrás entre sencillez y simpleza. En fin, como se me hace que ya empiezo a no ser consecuente con mi declarada pasión por la brevedad, será mejor que cierre aquí, de una vez.

(1) Calvino, Italo, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid: Ediciones Siruela, 1989 (1985), p. 63.
(2) Kundera, Milan, El arte de la novela, Barcelona: Tusquets Editores, 1994 (1987).
(3) Paz, Octavio, Los hijos del limo, Barcelona: Editorial Seix-Barral, 1987.
(4) Maugham, William Somerset, Diez novelas y sus autores, Bogotá: Editorial Norma, 1993 (1954), pp. 11, 17.

Bibliografía:
Calvino, Italo, Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid: Ediciones Siruela, 1989 (1985).
Kundera, Milan, El arte de la novela, Barcelona: Tusquets Editores, 1994 (1987).
Maugham, William Somerset, Diez novelas y sus autores, Bogotá: Editorial Norma, 1993 (1954).
Paz, Octavio, Los hijos del limo, Barcelona: Editorial Seix-Barral, 1987.

Alejandro José LÓPEZ CÁCERES
Cali - COLOMBIA

POEMARIO




 

Mayamérica Cortez nació en San Salvador, El Salvador, pero creció en Sonsonate, una ciudad en el Occidente del país. Su mayor deseo era pintar pero al no poder ir a una academia de pintura se dedicó a escribir. Su madre llevó sus escritos a Claudia Lars, distinguida poeta salvadoreña, que al leerlos reconoció una calidad no usual y pidió que Mayamérica la visitara para conocerla. Este acercamiento fue lo que realmente la empujó a dejar su timidez y comenzar a publicar. Debido a la guerra civil de El Salvador emigró en 1980 a Estados Unidos y reside en el área de Washington DC, donde se ha dado a conocer por la fuerza de su trabajo poético. Tiene tres hijos: Alvaro, Carmen Elena, Karla Cecilia -Karlisíma, y una nieta, Daniella Rodas.
Libros publicados: “Lumbre de Soledad” (1976); “Nostalgias y Soledades” (1995); “Cantos del Silencio” (2008); “El Libro Abierto de la Revelación” (Traducción del Inglés, 2008). Sus poemas también han aparecido en numerosas antologías, revistas y periódicos.


E-Mail: mayamerica@comcast.net

 

A MI DOÑA CLAUDIA DEL RECUERDO


A Claudia Lars (Carmen Brannon), insigne poetisa salvadoreña


Mi sendero ha perdido su vocación de viaje.
Aletea en el tiempo una extraviada
    intención de retorno
y hay una huella desde el sitio aquél
vigilante, perenne, entristecida.

Fueron pocas las tardes en que pude
acercarme a tu heredad de barro y luz
a destrenzar tus recuerdos.
Vine a una hora cualquiera
y bebí de tus manos y labios
    la hondura de la vida.

Mostraste tus retratos -eras como una reina-
y la ilusión se te perdía en los cabellos canos.
Vine, mi doña Claudia del Recuerdo
a asomarme despacio a tus memorias de ópalo
y armiño.
¡Fueron pocas las tardes...!
¿Los recuerdas ahora en el no-ser silente
de catafalco y sombra?

No digo que has partido porque
al apagarse tu sufrimiento surgió
una nueva estrella.
Sólo siento no haber podido
regresar a ti como una hoja
para saber las nuevas de tu invierno.

¡Ah!, mi doña Claudia
¡Si pudiera regresar el tiempo aquél!
Pero, te fuiste...
No cantará la voz de Cuzcatlán y llorarán
los niños a la abuela con voz de tórtola
que descubrió las sílabas de las margaritas
y desgajó chiltotas y luceros sobre sus rizos.


LAMENTO INDÍGENA

        A todos los inmigrantes

Cuando me duelen mis hondas raíces
cuando el grito de la tierra
abierta en surcos multitudinarios
me llama a voces calladas.

Cuando la huella de las carretas
y el susurro de la milpa
el temblor de los guarumos
del cacao en flor
y el crepitar del río y la cascada
son un torrente de lamento indígena
sobre mi estirpe Pipil y Maya
sobre mi color canela
y mi pelo de negro acento.

Cuando extranjera en tierra
de nórdicos orígenes
siento hundirse en mis carnes
el cuchillo candente de costumbres
distintas, tecnologías computarizadas
y el frío de azules pupilas
extrañas a mis ojos latinos.

Cuando luchando en salvaje
pero sofisticada selva de complicados
edificios con cientos de vítreos
   ventanales
    súper autopistas
     trenes subterráneos
      sopas enlatadas
       máquinas lava-todo, limpia-todo
         toma-todo, traga-todo...

Recuerdo que soy barro puro de Ilobasco
un pedacito de Panchimalco
un bastante de Nahulingo y Nahuizalco
y un todo de Caluco
Guaymango y Zacatecoluca.

Mayamérica CORTEZ
San Salvador / Washington DC

 
POEMARIO

 

Reynaldo García Blanco (Cuba, 1962). Ha publicado varios libros de poesía. Coordina en Santiago de Cuba el Centro de Promoción Literaria José Soler Puig.


E-Mails: regabla@cultstgo.cult.cu y centrosoler@cultstgo.cult.cu

 

NO MORIR HASTA HABERLO VISTO TODO


Mi mujer cantando Alfonsina a las diez de la noche
Unas muchachas recostadas a los médanos
Un poeta robándose las obras completas de Severo Sarduy
Tres prostitutas en Medellín que me confunden con un nicaragüense
Un ciego de espaldas al mar
Fayad Jamis leyendo El ahorcado del Café Bonaparte
Una librería con todo Borges y Los alimentos terrestres de Gide
Un pingüino muerto en las costas de Talcahuano
Otra vez mi mujer haciendo pajaritas de papel
Mi madre tendiendo unas sábanas blanquísimas
Un policía leyendo a Rainer María Rilke
Thiago de Melo y María de Aparecida preguntándome por Cuba
Mi padre a punto de morir bebiendo té con bergamota
Una mesa llena de uvas negras y otras ambrosías desconocidas por mí
Tres mendigos sonrientes en la Avenida paulista
Dos revistas Orígenes en la Librería Renacimiento
Unas vacas nadando en el mar de Manzanillo
Un tren francés roto en las llanuras de Camagüey
Un vendedor de agujas con poemas publicados
Un ciervo herido que busca en el zoológico amparo
Mi hermana a la salida de un quirófano
La Plaza de la Revolución vacía y oscura
Los muros del Moncada a las tres de la tarde y en agosto
Esto he visto yo y espero no morir hasta haberlo visto todo.


PAYASO

A Oscar Cruz y familia

No vino a la fiesta

Nos quedamos esperando su nariz
sus pantalones color del cielo

Los niños se cansaron
dibujaron las paredes con hojaldres y melancolía

¡Tal vez si hubiera cobrado por adelantado!

¡Tal vez ¡

En nuestra saga familiar nunca había pasado
ha sido la debacle
lo nunca visto

Nadie se atreve a mostrar las fotos
todos se van por la periferia

No vino

Su risa resuena allá afuera en el patio
como en otro tiempo
como en otra fiesta
como si no fuera un payaso.


VIRGIN ISLANDS / TÉ CLASICO

A Mirna Figueredo Silva

No es sabor de té en los labios de Marcel Proust
o el aroma en la memoria

Los feroces chocolates de un día
las tiendas imposibles de importar
o frutas que ya no existen

Es un Virgin Islands a las tres de la tarde
jarra azul de porcelana

Mirar el país desde un cuarto piso
notar que no estás

Paladeo el amargor que sube
que se extiende por la sala y los libros

Se dibujan cruces en el cielo
tal vez llueva como Dios manda me digo
Virgen Islands té clásico para recordarte.


Reynaldo GARCÍA BLANCO
Santiago – CUBA

 
NARRATIVA 

Graciela Bucci nació en Buenos Aires, Argentina. Cursó sus estudios Universitarios en la Facultad de Ciencias Bioquímicas de la Universidad Nacional de La Plata (Buenos Aires). Ha publicado algunas de sus obras en periódicos y revistas literarias de Argentina, Venezuela, Chile, España, entre otros países. Presentó en octubre 2001, un libro de Cuentos Breves: “Detrás de las palabras... el eco”. Sus cuentos por su marcado acento psicológico y social, son trabajados en talleres de escuelas en Nivel Medio y Superior. Participó en diversos Concursos Literarios en el país y en el exterior, obteniendo numerosas menciones y premios, entre ellos el premio “José Donoso 2000” en Chile y “Álvaro Paradela 2001” en Ferrol, España. Está por editar su segundo libro de cuentos.


Dirección Postal: French 895- Banfield (1828)- Bs.As. Argentina.
E-mail: grabucci@speedy.com.ar
 

IMPASSE

“... esta inercia del corazón, es la muerte que se instala en nosotros. No todavía, aún no.”
Simone de Beauvoir

Conocí a Marcos en forma casual, así ocurrieron muchas de las cosas trascendentes en mi vida.
Estábamos en diferentes mesas de un mismo bar, como copiados, detrás de la taza de café.
Yo inventaba el tiempo, resignada espectadora de la vida que se diseminaba siempre fuera de mí.
Él, no sé qué estaría pensando. Miraba hacia la nada repitiendo el calco de su cara en el vidrio que se empeñaba en rebotar el humo del cigarrillo, brazos extendidos que el aire deshacía.
Nos cruzamos un par de veces con la mirada. Observé su rostro firme, casi geométrico, un óvalo profundo y enigmático.
Ante mi turbación que inútilmente quería parecer indiferencia, vi que se acercaba.
Fueron suficientes unas pocas palabras. Atolondradas las mías; mucho más firmes las de Marcos. Presentimos el encuentro afortunado de dos soledades. Nos seguimos viendo.
Conforme se afianzaba la relación nos descubríamos, comprobábamos cuántas cosas teníamos en común: una costumbre, un modo de hacer, opiniones, gustos, placeres.
Era una convivencia serena. Comprendíamos nuestros silencios, nos cobijábamos bajo el código común de los enamorados.
Habrá sido por eso, por la serenidad, por la ausencia de altibajos, por la comprensión incondicional, que me sorprendí cuando una tarde, mientras tomábamos el té, me habló de los paréntesis. De su importancia para nuestra tranquilidad futura, de su valor ante un conflicto de convivencia, de ...
Lo escuché con atención, desmenuzando las ideas; querían salir de mi boca, a borbotones, palabras entrelazadas y mudas en un caos del pensamiento que parecía habitarme desde el cerebro sordo.
Un río de sensaciones luchaba en contra de mi sentido común: asombro miedo incredulidad, agobio.
Con algunas reservas, lo comprendí.
Como siempre, Marcos, con su razonamiento impecable, me demostró las bondades de su teoría.
El tema, no obstante, fue hablado en varias oportunidades, tantas como hicieron falta para borrar todo tipo de dudas.
Y las borré. A tal punto que también yo pasé a formar parte del séquito de adoradores de los paréntesis; llegué a considerarlos imprescindibles, como botiquín de emergencia para nuestra pareja.
Decidimos ir juntos a comprarlos. Nos costó elegirlos. Los había de todas formas y tamaños; debían tener la exacta dimensión, y no fue fácil encontrarlos. Muy pequeños, serían insuficientes para lograr el efecto deseado; por el contrario, los más grandes, podrían hacer peligrar una relación largamente suspendida, hasta convertirla en el espectro de un recuerdo desdibujado.
Después de varias marchas y contramarchas, una mirada mutua nos llevó a la decisión, en tácito acuerdo, elegimos el mismo par.
 Nos sentíamos felices. Ya teníamos nuestros paréntesis.
El vendedor no pudo disimular un suspiro de alivio; preparó el paquete con un moño azul y nos despidió detrás de una sonrisa tenue y ambigua que, aún hoy, me sobresalta.

Pasó el tiempo y nuestra dicha, esmerilada por situaciones que la vida nos inventó, se fue diluyendo; no podíamos evitarlo.
Hasta que recordamos la existencia de la caja con moño azul.
Coincidimos en que ése era el momento preciso para recurrir a ella.
Fui yo quien advirtió su ausencia en el estante superior del placard. Y comenzó la búsqueda. Una larga, tediosa y angustiante búsqueda. Nos íbamos transformando en dos seres obsesivos. Con mirada interrogante, por momentos acusadora, nos cruzábamos como extraños en los rincones de la casa.
Era importante que apareciera, de no ocurrir, nuestra felicidad de ayer quedaría decididamente opacada; tal vez, hasta llegaríamos a olvidarla.
La conciencia de que esta pérdida podría ser irremediable hacía más compulsivo nuestro accionar. No existían días, noches, fines de semana, compromisos... Nada. Teníamos un objetivo claro y excluyente: encontrar la caja del moño azul.
Fuimos desmantelando poco a poco esta pequeña casa que en ese trajinar febril se nos hacía inmensa. Asaltamos, en medio de una compulsión irracional, cada recoveco del armario, cada mueble, cada cajón, cada uno de los rincones que nos espiaban con ojos ciegos, como mirándonos sin ver, o quizá viendo, desde su mutismo inanimado, la desesperanza de quienes avanzábamos, sin pausa, hacia un comportamiento cada vez más errático.
Una mañana de invierno, Marcos se acercó a mí, con un gesto raro, perdido.
Los ojos le brillaban mientras con manos inseguras me mostraba la caja, nuestra gran burladora.
Entonces vi en ella la amenaza, la corporización del miedo, presentí la derrota demasiado cercana como para eludirla, hasta la boca se me llenó de hiel, coágulo inmundo que atravesó con determinación mi garganta.Creo que en una mirada quise condensar todas las preguntas: ¿dónde estaba, cómo la encontró, tal vez la había escondido él mismo?
Sin palabras, y con la lentitud de quien ya no admite ninguna prisa, la apoyó sobre la mesa, desató el descolorido moño que poco tenía de azul, y la abrió frente a mí.
Nos asomamos al contenido como autómatas. Nada dijimos. Respetamos nuestro silencio en un acto casi religioso.
Allí estaba.

Apoyado sobre un lecho de algodón rosa, redondo, imponente, obstinadamente negro: nuestro punto final.

Graciela BUCCI
Buenos Aires - ARGENTINA

 

 

AUSTRIA 

ROSEMARIE SCHULAK nació en Baja Austria en 1933 y es doctorada en filología. Desde muy joven escribe; sus primeros textos fueron publicados en 1951, en la revista Neue Wege. Muchos de sus poemas han sido traducidos al español, italiano, gallego, inglés, francés, griego, polaco, rumano, búlgaro y japonés, y han sido publicados en diversos países europeos así como también en India, Norte y Sudamérica.
Ha recibido diversos reconocimientos por su obra. Entre sus publicaciones se cuentan ocho volúmenes de poesía, uno bilingüe alemán/rumano aparecido en el 2000 y un libro de cuentos titulado Die vergessen sind, Edit. Doppelpunkt, Viena, 1997.


Dirección: Vogelweidplatz 2/3, A-1150 Viena - AUSTRIA.

ENREDO

Imágenes temblorosas
me echa la luna
sobre el cuerpo
Insomne estoy
sin sueño
perdida en la nada

La lechuza en el ramaje
extiende su plumaje

¿En cuál mala red,
me ha enredado
tu palabra?


SUSURRADO

Palabras como nieve
flotan en el viento

con el aliento caliente
se arremolinan

transparentes, no
afirmadas, destructibles


INCRUSTACIONES
        (con oro en hojas, 23 quilates)

En el momento eternidad
En la luz oscuridad
En el miedo confianza
En el coraje acritud
En la esperanza inquietud
En el silencio rectitud

            En la vida la muerte
            En la muerte el amor


JARRA Y TAZA
        (boceto en lápiz)

¡Cómo se van las imágenes de las manos
soñadoras! Ellas suben
y flotan ...

¡Sé cuidadoso conmigo! No derrames
el trago precioso de tu taza
mi vida ...


AL ESPEJO
    (Terra siena, acuarela)

Al contemplar exactamente
vibran claros los reflejos
en la luz de mediodía

        Dividida me parece
        la juntura de la línea
        de mis dos mitades

Con gusto partiría también en dos mitades
el doble río
de mi aflicción

    y duplicaría
        si estuvieras en la imagen
            las lágrimas de gozo


MOMENTOS COMO FLORES DE ESTRELLAS

Momentos como flores de estrellas
en los espacios de la eternidad

sólo tan poco tiempo presentes y acabados

en la memoria nos crecen
en la boca, inextirpables
en el corazón, raíces del mundo


Rosemarie SCHULAK
Viena - AUSTRIA
Traducción: Renato Vecellio (Q.E.P.D.)