XICóATL 88

XICóATL

 

XICóATL: Número 88

 

XICóATL Nro. 88, Julio/Septiembre 2009

 

CONTENIDO:

  • ENSAYO: Marcos Ana, el Quijote viviente. Cristina Castello.
  • POEMARIO: Poemas. Marcos Ana.
                          Poemas. Alfredo Pérez Alencart.
  • CRÓNICAS: Dos Crónicas sobre Cartagena de Indias. Gustavo Tatis Guerra.
  • AUSTRIA: Poemas. Peter Blaikner.




ENSAYO

Cristina Castello (Argentina): Poetisa y periodista, ha realizado diversas emisiones en radio y televisión sobre cultura y poesía. Escribe regularmente para el Magazín Cultural Cuadernos Hispanoamericanos de Madrid y para otros medios de Europa y Argentina. Recientemente ha sido publicado en Francia su libro Sed / Soif. Su página de internet www.cristinacastello.com combina poesía, música y pintura. Ha publicado en la Editorial Pop: Rodica Draghincescu: Schreibenleben.


Página en internet: http://www.cristinacastello.com
E-Mail: info@cristinacastello.com
 

 

MARCOS ANA, EL QUIJOTE VIVIENTE


Decidme cómo es un árbol. /Decidme el canto de un río/
cuando se cubre de pájaros.
Marcos Ana



Almodóvar filmará la vida del hombre que más tiempo estuvo en la cárcel por la Guerra Civil española. Sin sueños de venganza, Marcos Ana sigue luchando contra el fascismo. Su historia es testimonio de los pájaros sin alas de aquella barbarie; y también una juerga de ternura que iza la Bondad por encima de todo horror.


    Marcos Ana, poeta y Quijote. Emblema universal de la lucha por la libertad —88 años, hoy— estuvo en las cárceles del franquismo entre 1939 y 1961. Conoció el espanto en su piel, en su corazón, y a través de los ojos de sus compañeros; descubrió el oprobio en las manos de los torturadores: manos extranjeras a la vida que sólo los domingos cesaban de masacrar, pues entonces los verdugos rezaban en la Iglesia y con el capellán. Pero también supo de deleites: en las mazmorras del fascismo español, Marcos Ana «adoptó» —como se adopta un bebé— una flor inocente, nacida en la grieta tenebrosa del muro más cruel. Así como, aunque trepado a los barrotes y castigado duramente por ello, se extasió con cada plenilunio que —gracias a su obstinación— pudo gozar. Igual que contrabandeó, reja a reja, la poesía de Neruda y sus propios versos, como una letanía que invocaba la libertad. Tenía sólo 19 años cuando cayó en aquel infierno del Régimen, y veintitrés más cuando —como una salva de pájaros contentos— pudo dejar la jaula para abrazar la nitidez de la luz.
    Luz cegadora para él, que no conocía más que las tinieblas. Pero la vida, que sólo le había ofrecido su mano mezquina, le llegaba por fin con la mano que da. Entre todos sus dones, le dio los viajes, el reconocimiento mundial —el abrazo de la humanidad— y la posibilidad de luchar. Le dio la poesía, y le descubrió el amor y el sexo... recién a sus 42. Ella era joven y morena, delgada, bella y sutil. Se llamaba Isabel Peñalba y tenía la mirada azul.
     ¿Serán los ojos de Penélope Cruz, la actriz fetiche de Almodóvar, los que lo mirarán desde aquel azul de Isabel? Quién sabe. Primero terminará la filmación de «Los abrazos rotos» y, quizás, rodará «La piel que habito». Y entonces se dedicará a «Decidme cómo es un árbol», el último libro de Marcos Ana; obra que recorre el mundo con sus memorias de la prisión y de la vida, flameantes de humor, de la poesía de su prosa y del sentido de la existencia como un hecho trascendente.

    ¿Cuántos filmes podrían hacerse con cada latido de este Quijote? En cualquier caso, Almodóvar eligió tomar la historia de Marcos, «un superviviente», cuando era ya un pájaro en vuelo libre que surcaba cielos a la salida del infierno. Al cineasta le impresiona que, después de haber respirado tanta muerte, el poeta sepa de justicia y paz, de fraternidad y siembra, de imaginación y esperanza, y no de rencor. Le sorprende su pasión por la vida del prójimo. Se emociona porque en «Decidme cómo es un árbol», nuestro autor cuenta que —a causa de un compañero que lo denunció— recibió una de sus dos condenas a muerte; y, aun así, no da su nombre para evitar un daño a la posible familia del traidor.
    Curiosa audacia la de Almodóvar, artista de un lenguaje cinematográfico barroco y brillante, cuyos temas habían sido hasta ahora el amor por su madre y por las mujeres, la sexualidad, el maridaje entre el amor y la muerte, y la transmutación del alma. Y si bien algunos hechos de la historia que filmará justifican a primera vista su elección —ya se verá— hay algo central, más novedoso que todo. «Marcos Ana es lo más parecido a un ángel —explicó el director—, no he conocido a nadie tan bueno». A partir de esta experiencia, ¿podremos sumar entre sus razones para elegir un guión el valor infinito de la Bondad?

La mirada azul


Decidme cómo es el beso / de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
Marcos Ana


    Después de 23 años tras los muros, lo más difícil fue la libertad. Aprender a ser libre. Marcos sabía vivir en la cárcel, donde el cariño hacia (y de) sus camaradas fue su sostén y su motor. Aunque fue torturado hasta casi morir; aunque vio asesinar tantas vidas y también su juventud, tiene grabadas en la piel y en todo su ser las risas de sus amigos y su generosidad. Con ellos compartía el hambre y el pan, los sueños y los homenajes con que —en las sombras de la sombra y con ingenio— honraban a los grandes poetas. La cárcel era una «universidad democrática», un hogar. Marcos fundó las tertulias literarias, a pesar de que la imaginación era salvajemente perseguida. Los guardias debían evitar la fuga física de los prisioneros; y el capellán, la fuga espiritual. Había que impedir la poesía, pues era enemiga del sistema, era un ser más a encarcelar. ¿Encarcelar el sol? ¡Vaya!
    En la década de los ’50 y a una celda de castigo infrahumana sus compañeros le acercaron, ellos sabían cómo — ¡oh, qué gracia la imaginación!—, una lapicera y poemas de Neruda y de Rafael Alberti. Los leyó más de mil veces y... ¡empezó a escribir! Pero... ¿cómo guardar su palabra escrita? Y aquí otra vez la creatividad. Sus «colegas» de prisión aprendían de memoria sus versos, y los que recuperaban la libertad eran poemarios parlantes de Marcos Ana, conocido aún como Fernando Macarro Castillo. Tiempo después, recibió un librito impreso con sus poemas... ¡Hombre, qué felicidad! Eran las dos primeras ediciones de «Te llamo desde un muro», publicado entonces en México y en el Perú.
    Como un juego interminable de espejos reflejados en sí mismos para multiplicarse, la cámara de Almodóvar mostrará a los espíritus inquietos del mundo, la vida de nuestro personaje y conciudadano suyo... ¡sí! Vaya sucesión de casualidades: el cineasta nació en La Mancha, igual que la obra suprema de la literatura universal: «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha»; igual que Don Miguel de Cervantes Saavedra, su autor, quien había abierto los ojos a la vida en Alcalá de Henares, ciudad de la famosa región, donde Marcos vivió desde sus nueve años y padeció su primera prisión... ¿Es que existe el azar?
    Virgen hasta los 42, para Fernando Macarro el mundo exterior era una leyenda, una fábula, una ficción. No había muros sino cielo; ¡había tocino! —tocino, aquel sueño suyo de hambreado durante los 9.000 días y noches de su encierro—; había coches, carteles luminosos, tiendas... ¡mujeres! Había una vida «normal» y él la había olvidado después de tantos años tras los muros. Habituado al horror y a la necesidad las luces lo mareaban, devolvía la comida que había ansiado: se sentía en otra galaxia... hasta que llegó su noche azul.
    Ella. Ella creía que él estaba borracho e intentó devolverle el dinero; el que él debía pagarle, como prostituta que era la muchacha. Fernando Macarro no sabía qué hacer, a solas con una mujer y en un hotel; se sentía torpe, extraño, desorientado, hasta que le contó la verdad: los 23 años de cárcel y su inexperiencia sexual. Y ella se dedicó a él con amor: lo llevó a pasear por la Gran Vía de Madrid y fueron a cenar, mientras él hablaba y hablaba, como una semilla que encuentra tierra fértil después de la sequedad.
     La mirada azul lloró. Lloró tanto, al tiempo que él le contaba el único mundo que conoció. Lloró por todas las cosas que merecen lágrimas (Jorge Luis Borges). Isabel Peñalba —era ella, sí— lo llevó después al hotel y logró que Fernando hiciera el amor. Quería renacerlo, inaugurarlo. Ya en la mañana, chocolate con churros juntos en la cama, y cuando el poeta amanecido «varón» llegaba de vuelta a su casa encontró en el bolsillo las quinientas pesetas de la paga que ella no cobró. Y un papel, un llamado, una solicitud de amor: «para que vuelvas esta noche».
    Él pensó en ella todo el día con deseo y emoción, pero el miedo de ofenderla con la paga —que además era dinero de la joven— se mezclaba con su deseo viril y con el temor de destrozar el recuerdo de aquella noche de pureza y magia. No sabía si ir o no, y otra vez fue una flor la que lo salvó de nuevo, para decidir. Compró docenas de flores tan luminosas como aquella que, nacida en el muro más cruel, había adoptado como a un bebé. Las 500 pesetas —el precio de la paga— se convirtieron en un bouquet de pimpollos con orquídeas y magnolias. Las dejó en la conserjería del hotel, con una tarjeta: «Para Isabel, mi primer amor». Franz Kafka escribió que cuando uno se empeña en subir, los escalones brotan debajo de los pies, anhelantes. Isabel fue el escalón al amor.
Almodóvar se regocija en este recodo de alba y de tal embeleso de ternura que su cámara ansía traducir.
    Antes, mucho antes, el faro de Marcos había sido el cariño absoluto hacia sus padres, en quienes pensó para elegir el seudónimo con que lo conocemos. Escogió Marcos, por su papá: ¡ay!, aquella imagen de una gorra solitaria prendida en la rama de un árbol roto, cuando un bombardeo lo asesinó; los ojos desolados del hijo tenían 17 años. Decidió apellidarse Ana, por la mamá. Abnegada bajo su siempre pañuelo negro en la cabeza, ella había ido a verlo a la cárcel, una vez más, pero no la dejaron entrar. Con su calvario interior por haberse enterado de que el hijo estaba condenado a muerte, comenzó a volver sobre sus pasos. Mamá Ana cayó al suelo, los guardias la golpearon y humillaron y ella murió en una zanja, en aquella Navidad de 1943: «...que murió de rodillas, me contaron / crucificada en un leño de llanto, / con mi nombre de hijo entre sus labios / pidiendo a Dios el fin de mis cadenas»

Candilejas

Mi pecado es terrible; / quise llenar de estrellas / el corazón del hombre
Marcos Ana


        Desde su liberación en 1961, gracias a la presión internacional, pues estaba condenado a sesenta años de rejas, recorrió Europa y gran parte de la América morena. Conoció a Louis Aragon, Pablo Neruda, por fin a Rafael Alberti y María Teresa León, a Salvador Allende, Nicolás Guillén, Picasso, Yves Montand, Michel Piccoli, Prévert, Jean-Paul Sartre, Joan Báez, Miguel Ángel Asturias, Pedro Vianna y tantos más. Convirtió su vida en una defensa de la libertad, en contra de todo autoritarismo. Fundó y dirigió en París, hasta el final del franquismo, el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE), que presidió Picasso. Y cada persona que lo entrevistaba, y aún hoy, le repite una pregunta: ¿Vio en prisión al enorme poeta, alma de cristal, Miguel Hernández? Sí, lo había visto. Al «Fuego azul de la poesía» —como lo llamaba Neruda—, el franquismo lo había asesinado a los 31 años, con una tuberculosis ponzoñosa a la que sus verdugos jamás atendieron.
    A los dos años de su libertad, Marcos conoció a Vida Sender, quien fue su mujer por muchos años. Hoy están separados, pero conservan una amistad cada vez más honda y el amor de los dos hacia «Marquitos», con quien vive. Es el hijo de ambos —hoy camarógrafo, fotógrafo y documentalista—, la ofrenda mayor que recibió de la libertad.
Pero hubo otras más. Como el reencuentro con aquella música de acordeones y violines que, de una orquesta lejana, había escuchado en la cárcel de Burgos en la Navidad del ’60. Nunca supo el nombre y, aunque la buscó con obsesión, sin ese dato y sin poderla tararear, no era posible hallarla.
Después, el vértigo de los viajes lo llevó a Copenhague, donde le habían asignado para hospedarse la casa de… Karen. Alta, bella, fascinante, la diosa nórdica no podía entenderse con él más que por señas. Marcos no hablaba una palabra de inglés, y ni pensar en el danés. Desde un sillón, la miraba, cohibido —más aún cada minuto—, sin poder pronunciar una palabra; y ella lo percibió: lo acomodó en el canapé, apagó las luces para crear un ambiente tenue que ayudara al reposo, puso cierta música en el tocadiscos y se dispuso a dejarlo descansar.
Entonces, la sonrisa de la vida. El milagro. La melodía que el poeta estaba escuchando era la de la película «Candilejas», la misma de aquella Navidad; la que tanto había buscado. La música le provocó un sobresalto que hizo a Karen volver, inquieta, y sentarse con él, casi en él. El resto fue el abrazo en silencio, la vibración al unísono, y el lenguaje del amor y la pasión. En los cinco días de su permanencia en Dinamarca y en tantos otros de su vida libre, el encantamiento pobló de estrellas al héroe que llena de estrellas el corazón del hombre.
    «Decidme cómo es un árbol», clamaba Marcos Ana en el poema que dio el nombre al último libro. Hoy, ya todos los bosques, todos los pájaros y todos los ríos le contaron su historia. Hoy se reconoce como un «árbol milagroso», porque sigue dignificando la condición humana. Y se abraza a la palabra de su admirado Paul Éluard: «Y serán recompensados los que ríen de horror».

Artículo publicado en «Lyrsa editores» - México, octubre 2008

Cristina CASTELLO
Buenos Aires / París

POEMARIO



 

 

Fernando Macarro Castillo, conocido como Marcos Ana (seudónimo formado con los nombres de sus padres), nació en San Vicente, municipio de Alconada, Salamanca, el 20 de enero de 1920. Su intensa biografía le ha hecho convertirse en uno de los símbolos de la cultura antifascista.
Hijo de campesinos, pasó la infancia en su localidad natal hasta que se trasladó con su familia a Alcalá de Henares en 1929. Su formación fue pobre y debió destinar buena parte de su tiempo a trabajar en cualquier tarea que aportase ingresos familiares.
Al estallar la guerra civil en 1936, se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas y marchó al frente pero tuvo que abandonar el campo de batalla por ser menor de edad. A partir de 1938 participó en distintas acciones militares y trabajó como comisario político del Partido Comunista. Entró en la cárcel con 19 años en mayo del año 1939 y salió en el año 1961 con 41. En las cárceles se le conocerá por mantener alto el espíritu entre los detenidos mientras esperaba la ejecución de una sentencia de muerte. Estuvo preso junto a Miguel Hernández y terminó en el penal de Burgos, donde permaneció desde 1946 hasta 1961. Destacó entre sus compañeros al hacerse responsable de pasquines que circulaban por la prisión en los que se alentaba a resistir a los presos, por lo que fue condenado por segunda vez a muerte en 1941 así como por formar grupos organizados e incluso un diario clandestino llamado Juventud. Su carácter combativo le llevó a ser objeto de dura represión durante su tiempo en prisión, con frecuentes palizas y reiterados periodos de incomunicación.
A mediados de la década del 50 comenzó a escribir sus primeros poemas bajo el seudónimo de Marcos Ana que, escondidos, consiguieron salir al exterior y conocerse por muchos opositores al régimen. Su poesía desgarradora animaba a combatir la dictadura con la palabra y hacía un llamamiento a la liberación de los presos políticos. Su obra llegó hasta muchos intelectuales españoles exiliados y la organización Amnistía Internacional, que presionaron para su liberación, lo que ocurrió el 17 de noviembre de 1961. Debió marchar a Francia, donde el Partido Comunista de España, del que era miembro, le invitó a establecer un servicio en París destinado al apoyo de los presos políticos españoles con la ayuda de personalidades del mundo de la cultura francesa: el Centro de Información y Solidaridad con España presidido por Pablo Picasso. Desde ese puesto recorrió Europa y Sudamérica, donde tuvo gran influencia entre los jóvenes durante las dictaduras de Argentina y Chile.
Regresó a España con la amnistía de 1976. En el periodo democrático ha continuado muy activo dentro del Partido Comunista del que ha sido candidato al Congreso de los Diputados y en el que ha ocupado distintas responsabilidades, como la de solidaridad internacional.

Obras:

    * Poemas desde la cárcel (1960, publicado en Brasil)
    * España a tres voces (1963, publicado en Argentina)
    * Las soledades del muro (1977)
    * Decidme cómo es un árbol (2007)
 

AUTOBIOGRAFÍA

Mi pecado es terrible;
quise llenar de estrellas
el corazón del hombre.
Por eso, aquí, entre rejas,
en veintidós inviernos
perdí mis primaveras.
Preso desde mi infancia
y a muerte mi condena,
mis ojos van secando
su luz contra las piedras.
Mas no hay sombra vengadora
corriendo por mis venas.
¡España! es sólo el grito
de mi dolor que sueña…


MI CASA Y EL CORAZÓN

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
abierta siempre a los hombres,
al sol y al aire.
Que entre la noche y el día
y la lluvia azul. La tarde.
El rojo pan de la aurora.
El campo: sus verdes mástiles.
Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales.
Ni la golondrina el vuelo.
Ni el amor sus labios. Nadie.
La casa y el corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.


¿CÓMO ES LA VIDA?

Decidme cómo es un árbol.
Decidme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar. Habladme
del olor ancho del campo.
De las estrellas. Del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves
como la choza de un pobre.
Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor: no lo recuerdo.
(¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?
¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?)
22 años. Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo
a tientas: "El mar", "El campo"…
Digo "Bosque" y he perdido
la geometría del árbol.
Hablo por hablar de asuntos
que los años me borraron.
.......................................
(No puedo seguir: escucho
los pasos del funcionario).


TE LLAMO DESDE UN MURO

Oye, hermano, te llamo desde un muro;
clavado entre unas piedras
donde las sombras hacen su nidada.
Hablo desde la pena.
Entre los huesos mismos del dolor te llamo.
Mi voz, como esas hierbas
que en la ranura de una roca crecen,
se ha mantenido pura!
no escupió a su bandera,
ni doblegó sus hombros,
ni ha mentido canciones,
ni se pasó al oscuro.

Veinte veces cruzó la primavera,
y mis alas a un cepo atrapadas,
y el ardor de mi sangre entre cadenas.
¡Pero hoy mi voz —sin llanto— te reclama!
mi lengua es una herida que flamea,
como un pájaro ardiendo en tu ventana.

Ni un día más, amigo. No consientas
este tropel de muros obcecados;
tanta luz sin salida, tanta puerta
cerrada ante mis ojos.

Mi corazón te espera,
aguarda tu palabra y en los muros,
como un río apresado, se golpea.


A LOS CATÓLICOS

Escúchame, quienquiera que tú seas
si es que el amor a Dios el alma te ilumina;
no puedes de este mundo así marcharte,
emprender la gran senda con las manos vacías,
llegar ante las puertas de Dios, que tu fe sueña
para decir: "Señor, no traigo nada;
dame un punto de amor de tu lumbre divina."
Porque el Señor, tu Dios, contestaría:
Vete, rompe tus pies por los bermejos hielos infinitos,
apóyate en la vara nudosa de tus odios,
serás un caminante para siempre si no hallas
la palma del amor que no quisiste
tomar del árbol que plantó Mi Sangre".


EL DÍA

Nieva,
La cárcel está blanca como una sepultura.
El cielo es una sombra fría.

Se oyen
caer diez campanadas en la nieve.
Por un muro del norte muge el viento
como un toro de hielo.


Marcos ANA
Salamanca / ESPAÑA

 
POEMARIO

Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962). Poeta y ensayista peruano-español. Desde 1987 es profesor titular de Derecho del Trabajo en la Universidad de Salamanca. En 2005 fue elegido miembro de la Academia Castellana y Leonesa de la Poesía. También es director del Centro de Estudios Ibéricos y Americanos de Salamanca (CEIAS), de la Sociedad de Estudios Literarios y Humanísticos “Alfonso Ortega Carmona” (SELIH) y de la revista “El cielo de Salamanca”. Entre 1992 y 1998 fue secretario de la Cátedra de Poética “Fray Luis de León” de la Universidad Pontificia de Salamanca. Entre 1998 y 2005 fue coordinador de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que anualmente organizan la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura, la Fundación Camino de la Lengua Castellana y el Ministerio de Cultura. Escribe en periódicos de España e Iberoamérica. Publicaciones: La voluntad enhechizada (2001. Hay edición portuguesa aparecida en 2004), Madre selva (2002), Ofrendas al tercer hijo de Amparo Bidon (2003) y el cuaderno Itinerario de los huéspedes (2005, con grabados de Miguel Elías). Su poesía ha sido traducida y publicada al alemán, inglés, italiano, portugués, árabe, serbio y coreano. (Foto: Jacqueline A. Polanco).

Dirección postal: Apartado 164, E-37080 Salamanca, España.
E-Mail: alen@usal.es
 

GOODBYE Mr. PRESIDENT

Primer Mandato

LÁGRIMAS DE COCODRILO

Y Bush lagrimeó
al ver llorar a las madres
que perdieron sus hijos
en Irak.

Él y otros podrán decir
esquiusmi o
„mis sentidas condolencias“,
pero todos sabemos
que el saurio no llora
cuando come a la presa:

por sus ojos sale
la abundante saliva
del regusto

Segundo Mandato

MIENTRAS SE DERRUMBA WALL STREET

Yo, que no tuve
ni tengo
acciones de valor
alguno.

Yo, que sólo poseo
un coche de dos puertas
próximo al desguace,
más un piso barato
en las afueras de mi
ciudad pequeña,

confieso no sentir
tribulación
cuando leo el titular:
“Lunes negro en la bolsa
de Nueva York”.

Y a la orilla del Tormes
desayuno tranquilo,
mientras se derrumba
Wall Street.


Alfredo PÉREZ ALENCART
Puerto Maldonado / Salamanca

 
CRÓNICAS 

Gustavo Tatis Guerra Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, 1992. Ganó en el 2003 el Premio de Periodismo “Álvaro Cepeda Samudio”. Autor de los poemarios “Conjuros del navegante” (1988), “El edén encendido” (1994), “Con el perdón de los pájaros” (1996), “La ciudad amurallada”, Crónicas de Cartagena de Indias (2002) y “Alejandro vino a salvar los peces” (2002). Tiene inédita una novela y un ensayo sobre la obra poética de Luis Carlos López y Raúl Gómez Jattin. En 2004 publicó su ensayo “Bailaré sobre las piedras incendiadas”, sobre Virginia Woolf.

E-mail: gtatis@hotmail.com
 

NADIE SE ALQUILA PARA LLORAR


Nadie se alquila para llorar. No hace mucho, cuando la casa no se había venido abajo y el capitán aún no había prestado la brújula de ese barco loco que es el país, y aún no nos matábamos para medio vivir, era común encontrar a alguien que se alquilara para llorar. Cuando se moría alguien, no faltaba quien recomendara a Etelvina, que se alquilaba para llorar.
Eran lágrimas por duelos ajenos, un oficio de mujeres que en los días de Cervantes Saavedra se conocía como endechaderas. Se hablaba de una judía de Zaragoza que había quedado ciega de tanto llorar duelos ajenos. En Sahagún, como en todo el caribe colombiano, se llamaban Plañideras de velorios. La guerra acabó con el oficio de llorar un muerto ajeno. Fue que se nos secaron los ojos de tanto llorar duelos propios y ajenos.

Cuando era niño una vecina a la que se le había muerto su padre fue a contratar a Etelvina, famosa plañidera de velorio. La vi llegar con su rosario en la mano y el rostro largo y amarillo y la cabellera plateada recogida en una pañueleta negra y la flacura de alguien que le pedía permiso a la muerte para mantenerse en pie. La mujer empezó a llorar en la puerta de la casa, con tanto dramatismo, con tanto estremecimiento, que los deudos llegaron a creer que se trataba de una parienta desconocida. Se sacudió la pollera contra el piso, y dijo ante el ataúd una retahíla de virtudes que jamás había tenido el muerto.

"Acuérdate, señor, cuando éste ángel vino al mundo. Acuérdate. Para qué lo necesitas en el cielo, diosito santo, si en la tierra lo reclaman. Por qué no te llevaste a esta vieja patuleca, por qué no te acordaste de mi, yo que te he suplicado que me desaparezcas antes que el verano arrastre con mis huesos. Antes que los vientos arranquen las últimas palmas de mi casa. Por qué, te pregunto, señor, por qué te llevaste a este caballero si los caballeros están contados, señor, y nos dejas con uno menos".

Etelvina hacía llorar al más duro de lágrimas. En pleno velorio, aquella mujer que parecía un promontorio de huesos metidos en una pollera, fue consolada por mujeres y hombres que la levantaron del piso y le dieron su taza de toronjil con canela para calmarle los nervios. Al final, se repuso, y fue a la cola del patio, y abrazó a la hija del muerto. "Es una hora de lágrimas", dijo la muchacha. La mujer se secó las lágrimas con un pañuelo blanco que tenía unas flores lilas pintadas en las puntas. Le entregó en las manos veinte centavos de los quince que costaba su hora de llanto, y la mujer repuso mirando la moneda: "No tengo los cinco de vueltos". La mujer guardó la moneda debajo del sostén, en lo alto de su seno empolvado, y preguntó ¿Te doy otros cinco centavos más de lágrimas? La muchacha dijo que no, pero ella insistió: "Niña, cinco centavitos de lágrimas, nomás. Si quiere, se los doy con ataques". La muchacha dijo sí con la cabeza, mareada de tanto llorar, y la mujer flacuchenta entró a la sala y se plantó otra vez ante el ataúd. La sola presencia de Etelvina, ceremoniosa, solemne y desconsolada, puso a llorar a todos otra vez.



El CHEQUEADOR DE BARCOS

El puerto de Cartagena parecía muy tranquilo a eso de las seis y cuarenta y cinco minutos de la madrugada. En la fila de entrada, uno de los viejos muelleros intentó pasarse al siguiente, y le arrebató con suavidad, la cédula de ciudadanía. “Espérate: ese que está en la foto no soy yo?, preguntó el hombre cuajado y con una seriedad sospechosa. “Pa joderte”, dijo el otro. La fila tenía el rigor de una cola estudiantil, gozosa, indisciplinada, y mamagallista. Alguien encendió un radio de mano y allí estaba otra vez el pregón de todas las mañanas: “Se necesitan cuatro wincheros, dos aguateros, cinco estibadores”. Yo era uno de la fila.

La entrada al puerto de Cartagena era un hormiguero ardiente, oloroso a café en vasitos desechables, mazamorra de maíz, voces tempraneras de camioneros amanecidos, muelleros deslenguados que hijueputeaban el viento de las seis de la mañana.

En aquella mañana de comienzos de los ochenta apenas desempacado de Sahagún, mi hermano mayor me había hablado de la posibilidad de trabajar como chequeador de barcos en el Terminal Marítimo de Cartagena. Llegué hasta el puerto como un desconocido que va en busca de un trabajo, sin recordarle a nadie que era el sobrino de uno de los empleados más laboriosos y ascendentes del puerto local: Jaime Guerra, que había llegado allí como mensajero hasta lograr ser Jefe de Operaciones. El contratista me dijo que no había en aquella mañana ninguna vacante de chequeador de barcos, sino de palero de uno de los barcos de cebada. Mi hermano esperó mi respuesta negativa, pero lo sorprendí con un sí inesperado que me deparó una experiencia inusual en mi vida.

Me detuve a mirar la inmensidad de aquel barco y la montaña de cebada en aquella bodega que parecía no tener final. La tarea era achicar aquellas toneladas de cebada y recoger al final lo que la máquina no podía atrapar. Vi descender a los catorce paleros por una escalera inmensa hasta el fondo de la bodega. Los obreros lanzaron su pala al fondo. Yo hice lo mismo. Nadie reparó en mis movimientos ni en mis gestos, mi inexperiencia. La primera sensación que tuve al descender fue la de vértigo, pero ya en el fondo, sentí un enorme placer al tocar aquella cebada helada. Me sumergí en un silencio tremendo y hundí mi pala en la cebada. Yo observaba a mis compañeros. Y tuve de repente la estremecedora sensación del intruso. De pronto, me vi sorprendido por la mirada del winchero que me hacía señales desde lo alto, para que estuviera alerta al descenso de la enorme cuchara en el fondo del barco. “Ey, nojoda, no te duermes, cuidado te cae la cuchara en la cabeza”, me gritó cuando los ojos se me habían nublado con las cascarillas de las cebadas al atardecer. En aquellos turnos endemoniados entre las 7 de la mañana a la 1 de la tarde, y de 2 de la tarde a 6 y 30 de la tarde, y 7 y 30 a 1 de la mañana, aprendí que la vida sigue siendo bella y loca a pesar de los ritmos laborales. La gente del muelle es la gente más feliz e ilógica que he conocido, y tal vez, la más ingobernable. Tal vez esa felicidad sin control tan parecida a la irresponsabilidad, llevó al caos al puerto local. Yo pude ver en aquellos quince días la desmesura del puerto en sus entrañas. Abundancia y locura de sus trabajadores: desde el saqueo de productos, hasta la demencia de aquel muellero que se hizo cortar uno de sus dedos para cobrar una alta indemnización. Una vez los mismos muelleros saquearon un barco ruso cargado de vodka, para luego hacer clandestinamente, un coctel de vodka con corozo en un cántaro enorme. Las botellas eran amarradas sigilosamente, y lanzadas a un costado del muelle. En la primera oportunidad, los muelleros subían las botellas y se las bebían presurosamente, en sorbos clandestinos. Además del vodka y el mostato de corozo saqueado para el coctel, se robaban las uvas pasas. Hubo temporadas en que se perturbaba la jornada porque los trabajadores sufrían de diarrea de tanto comer uvas pasas.

El empleado encargado de manejar el elevador que movilizaba las cargas llegadas en estibas de madera, accionaba las espuelas contra las cajas y rompía a propósito los empaques para el saqueo. Hubo un día en que todos los muelleros salieron gordísimos de los patios del terminal porque tenían el cuerpo lleno de manzanas robadas de un barco gringo. Si se les sacudía el cuerpo, algo del puerto estaba escondido dentro de ellos. El agua que bebían en cántaros no era tan solo agua, sino vodka, o agua con azúcar.

Uno de ellos le hacía señales a un viejo capitán gringo y se agarraba los genitales haciendo alardes de largura. “El gringo que me da papaya, me lo mamo”, decía aquel hombre. Una noche camuflado subió hasta uno de los camarones y ensartó al hombre. Pero a otro le ocurrió lo inesperado. Al subir, fue seducido al revés. El ensartado fue el que subió. Esas historias a medida que avanzaba la noche, tenían el sello íntimo de la desmesura y del hambre.

Recuerdo una tarde en que los muelleros miraban el cielo y gritaban ¡Agua! ¡Agua!, porque querían que lloviera para no seguir trabajando. El capataz de aquel turno me incluyó entre los vociferantes y me despidió. Le dije que alguna vez lo metería de marica en uno de mis cuentos.

Fui contratado luego, ya no como palero, sino como barrendero, cosedor de sacos y más cómodamente, como chequeador de barcos. Era el oficio más fácil, rutinario y embrutecedor del mundo: llenar en un registro cuántas estibas bajaban en el día y en la noche. Cada estiba eran veinte sacos, uno marcaba un palito en el papel. Cuando se completaban cinco estibas, uno armaba una cerca de cuatro palitos con un travesaño final que significaban cien sacos. A medida que veía bajar las estibas yo escribía retazos de palabras para un poema inconcluso. Y miraba la luz secreta de los camarotes de los barcos, la silueta de una muchacha demasiado blanca, con una cabellera rojiza, una rusa delgada y etérea cuya sombra dejaba una estela de vapor en los vidrios. Observaba todo en silencio, y a veces, me sentaba con los otros muelleros en un rincón a comer juntos un bollo de maíz con queso, o una empanada con huevo.

A la madrugada yo no quería hablar con nadie. Tenía en el cuerpo la picazón de la cebada y el deseo de beberme una cerveza. Con mis hermanos (ellos tenían otros cargos), regresábamos a casa del Pié de la Popa, como unos zombis, luego de trabajar más de quince horas al día. Fue mi tío Jaime el que sugirió que esperara una mejor oportunidad en el puerto. Jamás la esperé. Sólo agradezco a mi hermano mayor el privilegio de haber vivido una experiencia breve e inolvidable en el puerto de Cartagena, para que se me quitara de una vez por todas, aquella soberbia de la raza española que aún pervive entre los caribes, y soñara de veras, desde una bodega de un barco con ser tan sólo un periodista y un escritor, la misma bodega en la que por esos extraños designios de los dioses, me llevó a conocer de cerca al más grande escritor de Colombia.

El puerto ha sido sin duda, la vida de dos de mis tíos maternos, y aquella temporada de los ochenta, una oportunidad para mis sentidos.


Gustavo TATIS GUERRA
Cartagena - COLOMBIA


 

 

AUSTRIA 

Peter Blaikner nació en 1954 en Zell am See, Austria. Estudió filología germánica y románica en la Universidad de Salzburgo y fue lector durante dos años en la Universidad de Poitiers Francia. Es escritor, traductor, autor de canciones y cabaretista.
Piezas de teatro : 1991 »Ritter Kamenbert« - Pieza musical infantil; 1992 »Iphigenie in Rauris« - Comedia popular; 1993 »Das Hausgeisterhaus« - Pieza musical infantil; 1996 »Alex, die Piratenratte« - Pieza musical infantil; 1997 »Du bist ein Vulkan« - Musical; 2000 »Astromaxx, der Sternfahrer« - Pieza musical infantil.
Libros: 1996 »Weil ich für mein Leben gern lebe« - Poemas y canciones; 2000 »Aus dem Innergebirg. Pinzgauer Geschichten« - Cuentos
CDs: 1993 »Ich bitte nicht um deine Hand« Peter Blaikner canta a Georges Brassens; Traducción de P. Blaikner – Salzburgo; 2000 »Chansons« - Salzburgo.

Página en internet: www.blaikner.at
E-Mail: blaikner@gmx.at
 

Cerro Rico

Los mineros de Cerro Rico,
de aquella montaña boliviana,
que desde hace ya quinientos años
cambia metales preciosos por vidas humanas,
pasan veinte años en su vientre.
después mueren.
De silicosis.
También los niños.

Le pregunté, cuál edad tenía,
respondió tímidamente: catorce.
Debo haberle parecido un mensajero lejano
venido de su muerte.

Yo tenía apenas treinta y cuatro años.


Porque me gusta vivir

Porque me gusta vivir,
amo al hombre sólo condicionalmente,
le pongo al azar un par de trampas,
en tanto sea posible.

Porque me gusta vivir,
me ejercito en la modestia
me alegro de las horas encontradas
en la búsqueda de tiempo perdido.

Porque vivir por dos,
saludo tanto al demonio como a dios
viniendo de los años entro en años
no tengo miedo de mi muerte.


Mitad de casa doble

Cuando la casa propia
estuvo por fin lista
como propia
trajo él a su mujer
sobre el umbral
de un gol propio
propiciado al alimón


Cuando el cielo cayó sobre mi cabeza

Cuando el cielo
cayó sobre mi cabeza
estaba sólo
bajo el sol
porque hube desaprovechado
construirme como los otros
una casa
de nieve fresca

Cuando el cielo
cayó sobre mi cabeza
doblé de rodillas
y estuve
como nunca antes
sobre los techos
de la tierra
de mi mundo

Amor mío

A la hermosa mujer la canción entoné
con arpas y chirimías he tocado
con versos su cuerpo adorné
desde entonces solo he quedado.

Ella, entre tanto yo cantaba,
con otro se ha marchado
que en lugar de amorosas canciones
brillantes le ha ofrendado.


Radio de acción

Porque hoy los de derecha
casi hasta el centro llegan
y siempre se hacen más de izquierda
debe uno mismo
estar muy a la izquierda …

sino, lo atrapan a uno


Comienzo

Con la nariz
oler las letras
con la lengua
saborear las palabras
con las manos
captar las frases

Así desatan los poetas
si es que eso son
su nudo en la cabeza
el cual no existió
cuando todavía eramos niños


Zona de peligro

Se trabaja
se ahorra
se compra
se vive un poco

Se trabaja
se ahorra
se compra
un poco de vida

Peter BLAIKNER
Salzburgo - AUSTRIA