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XICóATL: Número 85
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Aldo Medeiros. Músico, compositor, poeta, dramaturgo, professor e tradutor de alemão, nascido no Rio de Janeiro em 1961. Graduou-se em Letras e concluiu Mestrado em Filosofia da Ciência. Lançou entre outros trabalhos Deixa eu te dar um toque (CD de música brasileira e poesia, 2002) e Poemas que cansaram da gaveta (2005). É diretor/autor do grupo de teatro Cia. Agradável, com quem montou Ex-Atuais-Futuros em 2007. Desenvolve atualmente o projeto MusiLyrik, uma ponte cultural unindo a música brasileira e a poesia de língua alemã.
Endereço: Rua Edmundo Lacerda, 91, Petrópolis - RJ - 25640.240, Brasil
E-Mail: aldomedeiros1@terra.com.br Página de internet: www.aldomedeiros.com.br
Notícia de E.T.A. Hoffmann Então o cara sai à minha procura Quem lhe deu tal tarefa, sortilégio? Mal posso descansar na sepultura, enquanto o tempo enferruja os relógios? Estranhas, as pessoas lá dos trópicos! Às vezes têm idéias tão esdrúxulas E crêem que tudo vai dar certo, é lógico, (talvez seguindo o conselho das bruxas) Andei, sim, pelas ruas desta vida Em busca da inspiração da musa Dei com o destino, beco sem saída, E os peitos das meninas sob a blusa Confesso que enfiava o pé na jaca. Sou Teodoro, um presente de Deus. A dor, a alegria, até a ressaca E tudo o mais divido com os meus. Direito, artes, música e as letras. A vida consumiu-se como em transe Quem dera um vinho buscar na adega E então recomeçar, houvesse a chance! para tirar a casca da solidão ligue para um amigo imediatamente caso ele não esteja saia para passear e cumprimente pessoas idosas caso elas não percebam vá até um parque e veja as crianças brincando caso chova coloque um disco antigo e cante junto caso a luz acabe asse uns pãezinhos e ligue para o amigo de novo pois certamente ele já chegou em casa O idiota especializado galinha ave doméstica do gênero galinácea (de aparência simpática) ovo corpo resultante da fecundação do óvulo em seres vivos multicelulares (não fosse por ele, nada seria completo) óleo gordura líquida sob condições normais de temperatura frigideira panela rasa usada para fritar peixe, carne, batatas agora... como é mesmo que eu preparo a omelete? Olhos como imãs de jade Olhos como imãs de jade ela caminha silenciosamente pelo corredor deixa no chão o arco-íris como rastro Estrelas prestam atenção, mas mal aprendem a brilhar como ela a voz inaugura uma paisagem de nuvens de seda lilás se sua pele me toca o orvalho desce sobre meu coração (o pequeno planeta!) olhos como imãs de jade Meu país meu país é uma parteira de porre crianças nascem geralmente cegas nos muros da cidade um velho cartaz anuncia a chegada de um vento bom a poeira do futuro se acumula na estante esperança programada é o lema com dedicação, todos esperam pelo carnaval ou, quem sabe, o número sorteado na loto com celulares, auto-ajuda e brilho podre a elite dá um polimento na sua ignorância (mas aqui devo ser sincero – e objetivo: os escravos são pagos pontualmente) sem-terra, sem-teto, analfabetos; famílias fruto de milhares de tribos - até quando vais pedir esmola? meu pobre rico belo país Brasil Canção para uma amiga em viagem olhe para essa bola sorridente, o mundo tenda superpopulosa a nos enfeitiçar ideal para sua visita curiosa (e as viagens não são exatamente o eterno pano que tecemos com incansável paciência, quando a cada passo semeamos um sonho?) cada vilarejo, cidade, país ou continente torna-se um colorido pergaminho espiritual. você segue em frente, estrelas lhe acompanham em silêncio minha memória desenha seu doce perfil e antes que você tenha tempo de dizer tchau toma este pequeno poema como um beijo Aldo MEDEIROS Rio de Janeiro - BRASILIEN
Eduardo García Aguilar. Nació en Manizales, Colombia, el 7 de septiembre de 1953. Es autor de las novelas Tierra de leones, Bulevar de los héroes, El viaje triunfal, Tequila coxis y de los poemarios Llanto de la espada, Animal sin tiempo, Nada perpetua. Sus libros han sido traducidos y publicados en inglés por Aliform (www.aliformgroup.com) y LARP. También han sido traducidos al francés y al bengalí.
E-Mail: egarciagui@aol.com Crónicas sobre el París de finales del siglo XX Un bloody mary en el Harry’s Bar Por la mañana los millonarios salen trasnochados del Hotel Ritz. Mujeres cubiertas con enormes abrigos de piel caminan bajo el sol en la Place Vendôme. Un torero famoso firma autógrafos. Una modelo posa frente a camarógrafos y paparazzis. Las limusinas esperan en la amplia plaza. ¿Cuántos vienen a pasar un fin de semana allí para sentirse como Lady Di, antes de la última noche fatal? Hay incluso un gira que lleva al turista al Pont de l‘Alma, donde murió la sexy princesa. En este invierno excepcional, París vive con mucha frecuencia bajo el sol, y las temperaturas no bajan de 10 grados. Sol y calor han convertido a París en una ciudad semitropical, ni sombra de lo que fue hace tiempos con sus heladas de enero. Hubo un sólo día de nieve, tan curioso, que la gente salió a tomarse fotos, pero 24 horas después de nuevo aparecieron las sillas y las mesas en las aceras, frente a los cafés, para gusto de los conversadores. Cada fin de semana reinan la salsa y los restaurantes cubanos, el mojito, Celia Cruz y Compay Segundo. La colorida Africa se desborda en el barrio XVIII y en Barbès-Rochechouart con sus tambores y, no lejos, en el Passage Brady, uno apuesta que hay hipnotizadores de serpientes junto al mercado de productos exóticos traídos de India y Pakistán. Alguien está vendiendo barata la lámpara de Aladino. Pero volvamos cerca de la Avenida de La Opera. En el Harry´s Bar, atractivas turistas americanas con lentes oscuros, salidas de una película de Woody Allen, vienen tras el mito de los escritores estadounidenses de los años 20, la generación perdida, o sea tras las huellas de Hemingway y su Bloody Mary, el éxito y la desgracia de Scott Fitzgerald o la severidad de Gertrude Stein y Alice Toklas juntas. Aquí se puede venir 70 años después que Hemingway a tomarse unos bloody mary´s de diez dólares cada uno, no lejos de la Opera, para pensar en este París que se despide del siglo XX, como entonces ellos se despidieron del siglo XIX. Ezra Pound contra Verlaine. Joyce contra Pierre Loti. Un bloody mary en el Harry´s Bar... En los últimos años las autoridades han desarrollado un plan para renovar miles y miles de edificios viejos que ahora parecen enormes pasteles nuevos, limpios, relucientes, como de ficción. Los grandes monumentos, como Invalides, donde reposa Napoleón, brillan de nuevo con su dorado esplendor de cúpulas. Pareciera que cada mañana alguien limpia los adornos metálicos de puentes y monumentos, como una viejita nostálgica que recuerda a su finado general prusiano. Joya del turismo, la ciudad parece decidida a limpiar la pátina gris del tiempo. Pero esta minuciosa tarea sólo ocurre en los barrios más socorridos por los millones de turistas que se agolpan cada año frente a las iglesias con sus cámaras y bolsas de viaje. Caminar y caminar ahora cerca de los sitios históricos es hacerlo por una maqueta tamaño natural, lejos de la realidad, el sida, el desempleo, el racismo, la discriminación. Perfecta, escalofriante. El Pont des Arts, la Cour Carré del Louvre, la pirámide de Pei, Palais Royal, el jardín de Luxemburgo. A lo lejos las torres cónicas puntiagudas de la Conciergerie, la medieval Tour Saint Jacques, las nobles construcciones ribereñas llenas de historia y recuerdos de Luis XIV, Colbert y Mazarino. Esa, la turística, es una ciudad virtual de artificio que vive de centenarias glorias pasadas o incluso modernas. Saint Germain ya no es el agitado mundo de rupturas de postguerra, jazz y poesía, sino una caricatura sin vida. Por Panthéon, junto a la preciosa iglesia Saint Etienne du Mont, donde está el sepulcro de Santa Genoveva, no hay la agitación que emanaba de las novelas de Balzac con Vautrin y Rastignac departiendo en una pensión de estudiantes o viajeros. Es sólo una coreografía para tomarse fotos. El mercado de Les Halles, descrito por Zola en Le ventre de Paris, es un hueco gélido y peligroso lleno de violencia y suciedad. El Montparnasse de Rivera, Picasso, Chagall, Modigliani, Foujita, la famosa Kiki, o el Hemingway de leyenda, es una sucesión de cafés perfumados: La Coupole, Le Select, la Closerie de Lilas, nombres para iconografías de la explosión artística de entreguerras. El Montmartre de Picasso y Van Dongen, con la horrenda iglesia del Sacré Coeur, construida para borrar la huella de los comuneros, sigue siendo escenario de una romería de turistas aburridos frente a pintores tristes y malos. El Moulin a la Galette, célebre por el cuadro de Renoir, una sombra negra en la tarde, sin danza, sin humo, sin Toulouse-Lautrec ni el aduanero Rousseau. Sólo por otros lados, en algunas callejuelas como Mouffetard o Montergueil, quedan unos pocos viejos bistrós, que pronto serán transformados en Mc Donald’s, Quicks o Kentuchy Fried Chicken. Y la vida subterránea ha decidido cambiar de escenarios: el Saint-Germain-des-Prés y el Montaparnasse de las grandes revoluciones artísticas e intelectuales del siglo, con su jóvenes locos entre la humareda de los cigarros, se ha trasladado a la zona de La Bastilla con su café de L´Industrie o el bar Lèche Vin, o a la legendaria rue de Lappe con su Balajo y sus bares latinos o el Faubourg Saint Antoine, lleno de vida, rock y noctámbulos. Drogadictos, locos, carteristas, reinan y vomitan en la madrugada. Arriba, en el mismo barrio XI, en la calle Oberkampff, los nuevos beben y hablan en el Café Charbon y en toda una alegre serie de bares de moda instalados desde hace apenas unos meses en amplios locales que hasta hace poco se dedicaban a actividades borradas por la modernidad. Con grandes cortinajes de color granate, aire neoyorquino, música dura, gente siempre vestida de negro, chicas con piercing y labios pintados de negro, estos sitios donde pulula la nueva juventud robaron ya el escenario al viejo París de pastelería turística. Junto al cementerio Père Lachaise, las parejas caminan con sus perros y sus largos abrigos o aguardan en los cafés de árabes. Huele a couscous y merguez. Por allí ya se insinúa ese mundo descrito en la película El Odio (La haine) o en las recientes El aburrimiento (L’ennui) o Louise: las bandas de jóvenes marginales de origen árabe y negro, enfrentados a una sociedad discriminatoria, que bajan de los suburbios del norte y arman el desorden entre los turistas que visitan Pigalle o se atreven a caminar por Strasbourg Saint-Denis y sus prostitutas. Odio, violencia, rap, rock. Redadas. Esquizofrenia. Inyecciones. Suicidio. Gritos. Serial killers. Soledad. Imprecaciones. Pobreza. Viejos hacinados en casas de retiro. Ancianas desdentadas que hurgan en los botes de basura. Sdf (sin domicilio fijo) haciendo cola para tomar la sopa popular en las noches frías, protegidos por el fallecido humorista Colouche. Hijos de las ex colonias africanas o colados de la Europa del Este abandonados a su suerte. Viejos árabes y negros perdidos en las calles de Belleville entre el ritmo rapero del grupo ntm (Nique ta mère), lejos del Corán y el canto del muecín. El verdadero París, el París de la pobreza y la nada, escondido detrás de las coreografías. Un París que no tiene nada que ver con el bloody mary que tomo en el Harry’s Bar de Ernest Hemingway, no lejos de la Opera, la Place Vendôme y la burocrática Comédie Française. El mercado de las pulgas en Clignancourt Al mercado de pulgas de Clignancourt solía ir hace tiempo, en mis intensos años veinte, con el pelo largo, las bufanditas hindúes y las novias post-hippies de los años setenta. Está ahí ahora, pero hay ciertas fisuras, ciertas nuevas agresiones, ciertas nuevas soledades. El Mercado de pulgas de la Porte de Clignancourt es todo un bazar o un mercado persa. Desbordado por vendedores de ropa, chucherías, inciensos, pipas, bolsas, máscaras africanas, crepas, prendas de cuero, zapatos, camisas, bufandas, sombreros y todo tipo de adornos de pacotilla, el viejo mercado se ha desvirtuado poco a poco en las últimas décadas. Para llegar a los diversos mercados situados en los pasajes del laberinto, al norte de París, hay que caminar entre cuadras enteras de vendedores ambulantes, muchos de ellos agresivos y malencarados, en medio de miles y miles de clientes en su mayoría jóvenes. En la estación del metro Porte de Clignancourt el visitante es recibido este domingo invernal por la llamada racaille, compuesta por una juventud agresiva que expresa su odio contra la sociedad donde ha crecido marginada. No hay que mirarlos a los ojos y hay que evitar entrar en conflicto con esas bandas de adolescentes que en grupo pueden rematarnos a patadas. Apenas ayer, no lejos de aquí, en el metro Garibaldi, uno de esos individuos degolló con un puñal a un usuario tras una riña por una silla. Y toda la gente comenta el incremento de la violencia, la acción de las bandas, el miedo ambiente que reina cada vez más en los barrios de la periferia norte de París; las agresiones injustificadas al interior de los vagones y autobuses, como si fueran copiadas de la película Naranja mecánica del recién fallecido Stanley Kubrick. De modo que, después de sufrir los gritos y las agresiones de las bandas apostadas en la estación, se recorre entre el gentío y se cruza hasta el suburbio de Saint Ouen, donde está el conocido e inevitable mercado. Hay dos tipos de pasajes que dan a la rue des Rosiers: los que fueron construidos recientemente para anticuarios más pudientes y organizados y los viejos y tradicionales pasajes, como el Biron, donde están los más añejos vendedores de bibelots. En los primeros, todo está ordenado, limpio y especializado: muebles de todos los siglos, vasijas, vajillas y lámparas art déco, viejas esculturas, cuadros, vestidos de los tiempos del can-can, sombreros, adornos con colmillos de elefante, juguetes antiguos, tiendas de muñecas, relojes, tapices, libros. Los dueños se ven elegantes y prósperos y se infiere que estas tiendas son apenas sucursales de negocios más extensos. Los objetos han perdido la humedad y la mugre del tiempo. Están perfectamente restaurados, tan limpios y pulcros que parecen falsos. En los viejos pasajes, que se encuentran a lo largo y ancho de varias cuadras, las sorpresas nos esperan en cada esquina. Son centenas de pequeños locales regentados por ancianos y ancianas tristes, fracasados, personajes de novela excéntrica o jóvenes locos y raros inventados por Joris Karl Huysmans. Allí llega el desecho del tiempo, rescatado de la basura nocturna de los jueves o de las ventas rápidas que suceden luego del fallecimiento del abuelo, la tía abuela, el tío perdido y solitario. Recorrer esos laberintos es una delicia. Paso a paso palpamos los rastros del siglo a través de ropas viejas, vajillas y cubiertos centenarios, vestimentas antiguas para bebés, botones, prendedores, ribetes, condecoraciones, placas de viejas tiendas, espejos, escaparates, butacas, sillas, mesas, burós, pupitres manchados de tinta de la belle-époque o los años de entreguerras, periódicos y revistas viejas, kepis, uniformes, floreros, camas, nocheros, instrumentos, postales, afiches, xilófonos. En Saint Ouen, antiguo barrio obrero, sobreviven algunas casas de fin de siglo pasado y edificios de apartamentos de techos bajos y modestos para familias obreras. Algunas fábricas quedan ahí como muestras de ese tiempo ido. Y ahora, con la luna llena, enorme a lo lejos, entre la bruma, la gente tirita de frío y se frota las manos o luce guantes de todos los precios y estilos. Parejas de jóvenes cargan bolsas con los bibelots del día. Hermosas chicas van felices con el hallazgo de la tarde. Cincuentonas alegres y flacas ríen y exhiben la compra a sus alborozadas compinches. A pesar del frío han venido al ritual inevitable de rendir visita a una institución con pasado y mucho futuro. Alguien ha encontrado un cenicero con la publicidad de Dubonnet, otro un daguerrotipo, aquél una lámpara fascinante, éste un camafeo, ése un narguile verdadero, ella una retorcida tetera marroquí, el otro un incunable o un grabado de los tiempos napoleónicos. ¿Quién que viva en París no ha ido alguna vez al mercado de pulgas de Clignancourt? ¿Quién no se ha atrevido a entrar a la guinguette de Luisette, cada vez más decadente, con sus cantantes gordas de narices enrojecidas y cantantes de vieja canción francesa, destemplados y estrafalarios, aupados en el pequeño escenario? Allí se come y se bebe mal, pero entre la decadencia y la mediocridad de los payasos que se suceden y se pelean por pasar al estrado y por las propinas de la clientela, uno cree asistir al último destello de un París que sólo pervive en las películas de Renoir y Carné o en las memorias de Paul Léautaud. Chez Luisette es el centro de este cafarnaún del desperdicio y la basura, de la muerte y el tiempo clausurado. Ha terminado el paseo. La noche llegó demasiado rápido. El termómetro registra menos de cero grados. Los viejos cierran sus tristes tienduchas. Libreros de otra época siguen entre miles y miles de libros y revistas, ocultos entre la humareda de la pipa. Chez Luisette cierra. Los cantantes borrachos salen tambaleándose por los laberintos. La tienda de objetos para bebé de los años 20 queda atrás como un escenario para una película de terror de Alfred Hitchcock. Un sicópata ha comprado una muñeca de 1901 o un oso de peluche deshilachado. El que recuerda a sus tías se lleva un sombrero de vampiresa. Y desaparezco y vuelo y duermo y bebo y pasan los días de invierno y las noches, crece mi pelo, me cobija la vieja chaqueta de cuero negro y tirito y amo y el viento golpea mi rostro y remueve mi cabellera irredenta. De Champs Elysées a Ménilmontant Ahora voy a los contrastes, por ejemplo de Campos Elíseos a Menilmontant este lunes por la noche ya se siente el ambiente de las fiestas de fin de año, que culminarán con el espectáculo del paso al nuevo milenio, destinado a los cientos de miles de turistas que inundarán la ciudad. Al fondo se ve la Rueda de París, instalada cada año en diciembre y que ahora, en Concorde, aparece soberbiamente iluminada. A lo largo de la avenida los árboles fueron envueltos con un tejido transparente de color blanco e iluminados con luces intermitentes que van del verde al fucsia y al amarillo. A diferencia de otras zonas de la ciudad, como la famosa y popular calle Menilmontant, en Campos Elíseos se siente el dinero de los turistas y de los parisinos de los barrios aledaños. Recorrer desde el Arco del Triunfo hasta Concorde es todo un espectáculo: hombres muy elegantes con abrigos de cachemir, sombreros y zapatos carísimos, con aires de potentados, acompañados siempre por espléndidas y altas mujeres enfundadas en no menos espléndidos abrigos de invierno. Relojes, joyas, boquillas para cigarrillo, bastones, cortes recientes de pelo, maquillajes discretos acordes con la altanera mirada de las caminantes, contrastan con la impecable presencia de varones viejos o cincuentones que merodean por el Fouquet's, el Lido o el Virgin Megastore. El contraste con Menilmontant, calle empinada del marginal y pobre barrio 20, en el este de París, es impresionante: allá, las miradas de los marginales perdidas en la angustia del desempleo y el salario mínimo de sobrevivencia, la penuria de las mujeres de origen magrebí o subsahariano rodeadas por su siempre múltiple descendencia, los viejos negros y árabes pobres con el mismo saco arrugado que llevan desde hace una década y la desleída camisa blanca abotonada. Y en lo alto de la calle, las jóvenes parejas sin ningún signo snob, despeinados, hurgando en las tiendas donde se vende ropa vieja de segunda: abrigos, chaquetas de cuero, faldas, pantalones, camisas usadas a precios irrisorios y con olor a bodega húmeda. Nada que ver con las altas tiendas de Campos Elíseos que exponen en su vitrinas las más atractivas y finas vestimentas a precios exorbitantes. En una de ellas hay ganga y se anuncian descuentos espectaculares sobre tal y cual producto, que con la rebaja sólo queda en unos cuantos miles de francos. En Menilmontant la modestia, la pobreza, el miedo a un súbito atraco o a la agresión de un borracho o un drogadicto. En Campos Elíseos, la felicidad de los ricos, la seguridad garantizada para el turismo francés o mundial. Perfumes en el ambiente, olor a ropa nueva, luces de fiesta, calma. Discreta vigilancia policial. En Lido hay tres ofertas para el éspectáculo de la noche, con menú incluido: a 815, 915 o 1,115 francos, con platos supuestamente supervisados por el famoso cocinero Bocuse. En el Fouquet's sólo se reciben parejas acomodadas y hombres solos: a las mujeres solas o acompañadas por otra mujer se les prohíbe la entrada porque, según el dueño, pueden colarse putas de lujo, lo que ha desatado una justa polémica feminista de fin de milenio y una demanda ante la justicia. Dos chicas que fueron rechazadas de mala manera y que deseaban entrar allí a tomar algo antes de pasar a cine, demandaron al famoso lugar por una discriminación sexista que va en contra las leyes de la República. En Menilmontant y Belleville, por el contrario, el olor de la merguez y el couscous, los cenaderos baratísimos para las comunidades judía, negra o árabe de la zona, tiendas de muebles baratos y aparatos eléctricos de baja calidad que se pueden pagar en cómodas mensualidades. Luces chillonas de neón, sillas de plástico, mesas sin manteles, griterío, músicas estridentes. La democrática corte de los milagros sin discriminación alguna. El mundo de los inmigrados y los franceses pobres aliados en su infortunio. El viejo ex bastión de la Comuna de París es fiel a su solidaria penumbra. En Virgin Megastore aparecen en el hall de entrada las novedaedes musicales de las canadienses Céline Dion y Lara Fabien y del cantante francés Alain Souchon. En la librería, el reciente álbum de fotos de la belleza nacional francesa de origen corso Laeticia Casta y los éxitos literarios de la temporada. Guardias enormes africanos custodian las diversas entradas y la amplitud y la fiesta de la abundancia y el lujo brotan en cada rincón de este gigantesco almacén de moda. Más abajo uno se cruza con las más bellas modelos que acaban de salir de una sesión fotográfica o las muy importantes personas que salen de un restaurante o se preparan para alguna recepción. En el Carrefour de Campos Elíseos-Clemenceau, motivos navideños discretos y hermosos con árboles níveos y fuentes expresan calma y paz. Un escenario de sueño. No hay pobres, no hay clochards, no hay borrachos locos, no hay pobres como en Menilmontat, la calle donde nacieron Edith Piaf y Maurice Chevalier. En el Sena, que ya cruza por aquí, los puentes fueron iluminados desde el 23 de noviembre, destacando su esplendor arquitectural con cálidas luces amarillas para la piedra y frío verde para el metal. El Pont Marie del siglo XVII, el Pont Neuf de 1578, el Pont des Arts, construido entre 1801 y 1804, y el Pont Alexandre III, cuya primera piedra fue puesta de manera simbólica por el Zar Nicolás II en 1906, están ya a la vista para el caminante que llega a Concorde y puede ya bordearla en las noches de diciembre. Y con ellos el aire frío y tonificante para el rostro. Así se vive esta tarde oscura y fría de lunes en el París de la abundancia. En Tuileries un tiovivo da vueltas solo e iluminado entre la vegetación, como apto para algún filme de suspenso o terror. El arco de Napoleón apenas se entrevé en la oscuridad, y bajo las arcadas de la señorial rue de Rivoli, hacia Palais Royal y el Louvre, vibran las tiendas de todo tipo, asaltadas antes de Navidad. Y al otro, lado, en Belleville y Menilmontant, la cálida rutina del Tercer Mundo con sus músicas y sus olores, su caos y su tierna y asesina decrepitud. Eduardo GARCÍA AGUILAR Manizales/París
Emilce Struchi es poeta, cuentista, psicóloga organizacional y profesora Universitaria. Ha ganado varios premios en concursos literarios internacionales y ha representado a la Argentina en diversos eventos literarios internacionales en México, Uruguay, Ecuador y Perú. Ha publicado: Pleno de ausencia (cuentos y relatos, Ediciones Simurg, Argentina, 2001) y Los trofeos del abandono (poemas, Ediciones del Dock, Argentina, 2003).
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SEMBRADOS A DESTIEMPO “Me hundía en la impotencia y al mismo tiempo me salvaba del desarraigo”. (Antonio Dal Masetto) I. Aunque se persevere en el recuerdo de ciertos olores y un único paisaje, de cualquier manera, se es extranjero. No importa cuánto insista uno en aquel viento frío contra el rostro infantil desprotegido o en el aroma de la tierra seca pegándose sobre la piel que se oscurece y se aja. Ni siquiera importan el pueblo blanco colgando de las montañas de piedras coloridas, sus casitas cuadradas, el largo río de aguas verdes bordeándolo todo. La evidencia es la misma: la del intruso. Y esa escencia permanece inmutable en el movimiento de la duración. La sangre no pregunta si alguna vez alguien nos tomó de la mano y nos sacó de la memoria para llevarnos a lugar más seguro. No indaga si fue el padre, la miseria, la guerra. Sabe que un día nos despedimos y abandonamos. Lo que se registra es el adiós, las manos agitándose en un saludo definitivo a la tierra; no sus motivos. El desarraigo, no las justificaciones. Y quedan inamovibles unos ojos, una imagen fuerte y ancha, unos jardines de orígenes sembrados a destiempo. Si bien uno persiste en la huerta con sus verduras enormes como de cuento, en las elevadas y orgullosas hortensias, en las dalias y los árboles frutales, todo es inútil. Uno permanece maldita e inevitablemente extranjero. Aunque se adapte con facilidad a otra gente, incorpore sus costumbres, el idioma y hasta su modo de sufrir y amar. Algo de la raíz se filtra en los sueños o en algún delirio. Y a pesar de insistir en la casa paterna, la iglesia de Santa María, o el cementerio de la colina donde descansan todos los ancestros, la sangre sólo se conmueve por la diferencia de espesura, por esa sutil división inexcusable. Y no perdona el exilio cuando por cualquier razón se desdibujan las raíces. (Al fin parece que durante toda la vida, solamente se trata de sobrellevar un destino de extranjero dentro de uno mismo). Y si en un esfuerzo desesperado se regresa al pueblo, nada cambia. II. Juan María Quiróz no regresó a Génova. Juan María Quiróz vivió en un pueblo de la provincia de Buenos Aires a principios del siglo XX, el tiempo de una patria que se entregaba con fervor a tantos brazos de inmigrantes que traían su exilio a cuestas. Había llegado en un barco genovés del que bajó, asustado y hambriento, de la mano de un hombre. Juan María tenía cuatro años. Lo recibió un verano furioso, dentro y fuera de las paredes del Edificio de Inmigrantes. Alguien que apenas conocía las letras escribió su apellido con dificultad y lentitud extremas. De esa época rememora el sol y una calle polvorienta y angosta por la que caminó quién sabe cuántas horas arrastrando con una soga gruesa un pequeño baúl de cuero gastado. En su frágil recuerdo irrumpe un fuerte olor a tierra seca que borra todo lo anterior. Lo casi olvidado es el testimonio de una memoria selectiva y triste, heredera absoluta del desasosiego. De pronto está en el pueblo de Ingeniero Thompson. Pueblo de nada y unas carpas y el señor que se llamaba tío José. José que le enseñaba a hachar los árboles y después a cortar las ramas para vender leña. A cambio él recibía unos pocos centavos. Pasaba mucho tiempo solo mientras el hombre transcurría sus días visitando señoras con las que hacía aparentes negocios. Debido a la capacidad y precisión para ejecutar su trabajo, pronto a Juan María comenzaron a llamarlo “el leñador”. Tuvo pocos amigos. Recuerda que Manuel, rechoncho y de baja estatura, lo ayudaba con sus músculos fláccidos pero fuertes. A su memoria ingresa Pedrito, con su bigote incipiente y aquella habilidad que lo convirtió en zapatero. Ambos constituían la pequeña porción de mundo fiel y apacible que le había tocado en suerte. La lluvia muchas veces arruinó la producción del leñador que a la noche recibía en el cuerpo, encorvado prematuramente, el sonido áspero de la soga contra la carne. Aún así, le quedaban trozos de niñez indestructibles para trepar a los árboles y reír con sus dos compañeros de juego. Juan María Quiróz, cansado un día de andar leñando siempre, huyó hacia la gran ciudad en busca de otros horizontes menos dolorosos. Empezaba a tener barba en las mejillas y la voz aflautada. Bajó del tren con unos billetes que le había robado al tío José. De todos los conventillos que visitó en los alrededores del puerto, eligió el más barato. Era de fachada gris. Los cuadros apolillados de barcos navegando tempestades, colgaban torcidos de las descascaradas paredes. Después de atravesar el hall de entrada, una escalera de mármol con baranda de hierro lo llevaba hasta un cuarto húmedo y oscuro. Un colchón finito sobre un catre y el cajón de madera con velador de luz opaca lo esperaban. Juan María tenía quince años cuando comenzó a recorrer los bordes de la ciudad. El aspecto sombrío con su joroba bien desarrollada, la torpeza para hablar y el analfabetismo al que ya estaba acostumbrado, fueron sus cartas de presentación. Su oficio no le sirvió de gran cosa en la capital. Arrepentido pero sin posibilidad de volver atrás, pensaba que ser leñador le había servido al menos como una manera de existir y que lo reconocieran con facilidad. Allí, en cambio, se le escapaba la gente: era ajeno y se lo hacían sentir. Juan María Quiróz no estaba de acuerdo con aquéllos que decían que en el granero del mundo se recibía a los inmigrantes con los brazos abiertos. Luego de unos meses sin trabajo, empezó a mendigar. Así conoció a un viejo que se apiadó de él y le regaló un organito al leñador de otros tiempos. Juan María recolectaba con él algunas monedas. Moneditas para olvidarlo todo en un rincón de la fonda que visitaba diariamente. Monedas para un joven anciano contrahecho y solitario que un día, después de un duelo de orilleros que nadie pudo recordar con precisión, apareció muerto de un hachazo cerca del río. DIBUJO CON FLECHA ROJA Resolvieron encontrarse en un motel alejado de la ciudad, a media hora de distancia en auto. Acordaron que cada uno llegaría por sus medios. Erika tomó los recaudos necesarios. Salió de la casona antigua de dos plantas vestida como si fuera un día cualquiera de su vida: levemente maquillada, con jeans de marca pero gastados, y un suéter fucsia adherido al cuerpo. Como en toda jornada de trámites o compras de algo olvidado para la semana. Era alta, robusta y bien torneada. Poseía un aire altivo de mujer nórdica consciente de sus cualidades físicas. Sacó del garage el coche blanco e imponente, tomó por Avenida Santa Fe hasta el bajo para acceder a la General Paz. Una vez allí aceleró a fondo pues desde la salida hasta el regreso tendría sólo tres horas si no quería llamar la atención, y deseaba aprovechar el encuentro. Siguió las pautas que Simón le había dado por escrito y llegó al lugar indicado en el croquis con una flecha roja. Le desagradó la visión de ese hotelucho en La Matanza. Se sintió insegura de dejar el Mercedes estacionado a la vista de cualquiera. Sabía que era mejor así, lejos del centro. Pero tomó la decisión de no volver; ese lugar era poco estimulante. Simón ya estaba allí; su camioneta destartalada era inconfundible. No corría peligro. De un pantallazo Erika contó diez puertas, todas a ras del suelo. Pese al entorno, algo en su cuerpo la transformó. Bajó ondulante después de sacudir y despeinar su cabellera con las manos. Si se obviaban los vehículos y otros detalles menores, era en las manos donde estaba la diferencia. Las de ella eran blancas, huesudas, con sus uñas cortas prolijamente pintadas con brillo translúcido. En cambio, los dedos de Simón eran anchos, rugosos y secos; trastabillaban con los dos anillos de brillantes que llevaba la mujer en sendos anulares. Esa brecha de texturas y apariencias había encendido la pasión dos meses atrás, cuando apenas se rozaron en la gran casa de ropa. Ella estaba cambiando un pantalón que le regalara su mejor amiga; él buscó ése. La palma izquierda del hombre toca el dorso derecho de la mano de la mujer. Apenas se miran. Se huelen. Se adivinan. Él se acerca, serio, más y más. Ella baja los párpados, espera, ensaya la mueca de una sonrisa. Arde su piel. Ella toma una prenda al azar y va hacia la caja. Él se queda con el pantalón de la amiga. Lo acerca a su nariz mientras sigue a Erika. Está detrás ella, en la fila, pegados los cuerpos. El aliento de Simón separa su cabellera larga y le despierta la nuca. Ella paga, sale, se detiene en la puerta. Él paga, sale, la besa, busca su cintura debajo de la blusa, y se van. Suben a la camioneta destartalada. Cada día se van, desde ese día, durante un mes, sólo con sus nombres. Es peligroso esto, dice la mujer una vez. Sí, acá puede vernos cualquiera, contesta él. Simón agrega que es mejor dos veces por semana y en la provincia. Está bien, ella confirma. Decime vos yo no conozco. Él hace un dibujo con una flecha roja. Erika lo vio asomarse y caminó rápidamente hacia allí. Como en todos los encuentros, se arrinconaron, se empujaron hasta el jadeo y el grito. (Luego de unos minutos de descanso recomenzaba el juego). Una hora después estaban sudorosos y hastiados. Cuando se tiraron sobre la cama todavía se encontraban semidesnudos. Y otra vez la yema de los dedos, el trastabilleo, algún insulto, alguna bofetada para despabilarse. En un momento Erika dice, no pienso volver aquí este lugar es horrible. Bueno, contesta él. Es tu elección ahora vamos, agrega. Se visten lentamente, tropezando por el cansancio. Ella mira debajo de una cómoda y después bajo la cama. Encuentra los zapatos. Salen de allí y cada uno se dirige a su auto. Nada dicen entonces. Él toma la ruta a San Justo. Ella, hacia la Capital. Erika se detiene en una estación de servicio, carga nafta, toma un café y va al baño. Se lava la cara, se arregla el cabello y se pinta los labios (está radiante su piel). En la mano derecha falta el anillo. Algún precio hay que pagar, piensa. Emilce STRUCCHI Buenos Aires - ARGENTINA
Christoph Janacs nació en Linz, Alta Austria, en 1955, y vive en Niederalm, Salzburgo. Poeta y narrador; ha publicado dos novelas (Silencio sobre Guernica, 1989; Verano azteca, 2001), cuatro libros de cuentos (La desaparición de la mirada, 1991; Stazione Termini, 1992; El canto del coyote, 2002; Cuentos de llaves, 2007), diez libros de poesía (Nichtung, 1993; La mirada ausente, 1995; Templo Mayor, 1998; Noche de pozo, 1999; Sumava, 2000/2004; Tras la ceniza, 2000; afuera la noche adentro, 2002, desparientes a las sombras, 2006; la barca sin certidumbre, 2008; vigilia, 2008) y una colección de aforismos (Meteoritos, 2004). Los poemas publicados pertenecen a su nuevo libro: die Ungewissheit der Barke / la barca sin certidumbre, poemas, español/alemán, Ediciones Arovell, Gosau, 2008.
E-Mail: christoph.janacs@utanet.at
poética Porque crees que me has comprendido has dejado de comprenderme. Antonio Porchia en este poema no hay hombres ni animales ni cosas. en este poema no hay sentencias ni metáforas. en este poema sólo hay palabras que dicen: en este poema no existe nada salvo nosotros patio ¿Quién es esta extraña que habito? Gioconda Belli en el patio de tus ojos el pozo me acerco me inclino me miro y comprendo: el agua en que me reflejo esta agua sólo existe para que me vea y que sepa: existo Christoph JANACS Salzburgo