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La sicaresca como una de las bellas artes - Guadi Calvo
Guadi Calvo nació en Buenos Aires en 1955 y es escritor y periodista. Ejerció profesionalmente la fotografía durante diez años y hace más de quince la abandonó, para dedicarse de lleno a la literatura. Realiza y coordina talleres literarios y seminarios. Ha publicado El Guerrero y el Espejo (1990) y Señal de Ausencia, (1993). Ejerce la crítica cinematográfica en diferentes medios de Argentina y Latinoamérica.
La sicaresca como una de las bellas artes
Y así le comencé a servir y adiestrar a mi nuevo y viejo amo.
El Lazarillo de Tormes, Anónimo.
Aquí no hay inocentes, todos son culpables.
La virgen de los sicarios. Fernando Vallejo
Decile a ese hijoeputa que ya está oliendo a formol.
Rosario Tijeras. Jorge Francio Ramos
La moto roja a ritmo de vértigo eludió un para de autos y se aproximó peligrosamente al blanco Mer-cedes Benz. Iván Darío Guisao Álvarez, un adolescente antioqueño disparó los veinticinco tiros de su ametralladora Ingram calibre 45, contra la luneta trasera del auto.
Unos metros más adelante el joven resultaría muerto mediante un golpe de su cabeza contra el asfalto, al perder el equilibrio y caer cuando intentaba disuadir a quienes los perseguían con una granada de fragmentación. La moto la conducía su parcero, otro adolescente también paisa, Byron de Jesús Arenas.
Aquel anochecer del lunes treinta de abril de 1984, en el elegante norte bogotano se acababa de asesi-nar, con siete, de aquellos veinticinco balazos, al Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, nombrado por el presidente Belisario Betancur nueve meses antes. Lara Bonilla, en desigual batalla, luchaba contra los grandes carteles de la droga.
Iván Darío Guisao Álvarez nunca supo las consecuencia de su acción: había asesinado, por primera vez en la violenta historia colombiana, a un ministro. Ese hecho obligó al presidente Betancur a esforzarse seriamente en la cruzada contra "Los jinetes de la Cocaína", que finalmente se batirían en una patética y poco honorable retirada. Esto lo evidencia la foto del 2 de diciembre de 1993, donde el otrora todo-poderoso Pablo Escobar Gaviria aparece acribillado sobre un humilde tejado, con más de salteador de gallineros que de Patrón del narcotráfico. Iván Darío, ese analfabeto que aprendió a gatillar como litur-gia de la sobrevivencia, seguramente analfabeto, arrancado y expulsado a la vez por la pobreza de las barriadas nororientales de Medellín, que no hubo transitado ni al inmenso José Asunción Silva, ni a Mu-tis, ni a García Márquez, ni al maestro León de Greiff, o a un man todo bien como Porfirio Barba Jacob, curiosamente asistiría en el país del realismo mágico - donde la literatura, el fútbol y el Vallenato con-forman la Santísima Trinidad - a la fundación de un género literario: La Sicaresca, como lo denominó en 1995 el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en su artículo "Estética y Narcotráfico".
Sin duda el acierto de Abad Faciolince, se apoya en la complejidades similares de la España del Siglo XVI y XVII, con la convulsionada Medellín en los últimos veinte años del Siglo XX, cuando el pobre tuvo que apelar a la picardía como única manera de subsistencia, lo que incluía, además de robar, conchabarse con los nuevo ricos que generaba el narcotráfico.
El asesinato de Lara Bonilla, por el que Pablo Escobar pagó 500 millones de pesos colombianos, sería calcado para terminar con otros miles de colombianos, responsables o no del estado de las cosas: el candidato presidencial Luis Carlos Galán, Guillermo Cano Isaza, director de El Espectador, jueces, peri-odistas, funcionarios del Estado, fueron artesanalmente ejecutados por miles de sicarios, que salían del mismo molde del cual emergió un día el pequeño Iván Darío. Digo artesanal ya que el narcotráfico entre 1989 y 1993 hizo explotar 120 coches-bombas en diferentes ciudades de Colombia, regando de muer-tos, heridos y mutilados a escala industrial, sangrando el país consagrado al Sagrado Corazón.
En los años ochenta en Medellín aquellos buenos señores para conchabarse abundaban, con los bolsillos abundosos de dólares, para comprar todas las vidas necesarias. Los carteles, obligados a deshacerse de enemigos de manera continua, generaron o reinventaron el viejo oficio de los Sicarius romanos, jóvenes asesinos a sueldo que mataban con la sica o punta de su puñal.
Los grandes capos apelaron a los jóvenes sin futuro de las barriadas de Carambolas, Santo Domingo, Manrique Oriental, La Francia, Buenos Aires, La Independencia, San Michel y San Javier. Jóvenes que se apelmazaban sin trabajo y sin escuela entre callecitas, pasadizos, callejones, cañadas, escalinatas y ranchos de barro rojizo que forman un laberinto, gracias a las sucesión de oleadas incontenibles de desplazados que llegaban desde las regiones de Urabá, Bajo Cauca y Magdalena Medio, donde la guerri-lla, el ejército, los narcotraficantes y los paramilitares se enfrentan en una guerra que ya no es pe-riférica, sino que llega a los centros.
Desde aquellos años hasta nuestros días 45000 jóvenes, entre los 14 y los 26 años, murieron en la ciu-dad, producto de enfrentamientos armados. Entre 1991 y 1992 Medellín registró la mayor tasa de ho-micidios, 444 por cada 100.000 habitantes, según la Asesoría de Paz y Convivencia.
Pablo Escobar quien fue uno de los diez hombres más ricos del mundo en la década de los 80, fue re-sponsable de más de cinco mil muertes, ejecutadas por casi noventa escuadrones de sicarios. Hubo muertos de Pablo Escobar a los que se le llegaron a contabilizar ciento veinte tiros; claro está, eran muertos importantes. Entonces jóvenes como Iván Darío Guisao Álvarez, por quebrar un mancito conse-guían ropa, casa para la madre, nevera, televisores; dejar a la Cucha (Madre) bien.
La fusión Madre-Virgen, es sagrada para el sicario, es sinónimo del amor, la entrega y la adversidad, ya que la mayoría de estos muchachos provienen de hogares donde el padre por alguna u otra razón esta ausente.
Los refrigeradores trepaban las laderas serpenteantes de los barrios, a la misma velocidad que los ataúdes bajaban con vidas terminadas antes de cumplir los dieciocho años. A las plagas, epidemias, dia-rreas, desnutrición, que desbastaban a los niños y los jóvenes de las barriadas nororientales se les suma el sicariato, la guerra desembozada entre el narcotráfico con el estado, y las bandas rivales.
Esta verdadera cultura de la muerte generó sus propios ritos, basados en las tradiciones campesinas y la superchería; estos muchachos se abrazaron a formas casi primarias de devoción. Las rezadas inician la mañana, mientras hierven las balas en agua bendita para luego cargar el arma, y ofrecerle alguna a la imagen de la Virgen, mientras cargan sus pistolas, encienden una vela y susurran la oración del Santo Juez que los protege de sus enemigos.
La asistencia a la iglesia de La Sabaneta, en la cual los sicarios son devotos de María Auxiliadora, quién suple con acierto al mismísimo Dios. Su devoción por la Virgen los lleva en turbulentas peregrinaciones los días martes, que más de una vez terminan en grandes balaceras y con muertos regados por el cami-no. Van a pedirle que los socorra en sus asesinatos; quizás se confiesen avergonzados de haberle falta-do a la madre, pero no se conmueven con los muertos que puedan llevar en la conciencia o algún otro lugar de su anatomía. Le agradecen a la Virgen una faena bien cumplida, y haber quebrado al man tan sólo de un tirito. Su cuerpo lo acorazan con escapularios en los lugares sensibles del sicario: el corazón que siente, el brazo que dispara, el pie que corre y se apoya en la moto.
Es con estos elementos que el inefable Fernando Vallejo construye la novela La Virgen de los Sicarios (1994) y Jorge Franco Ramos Rosario Tijeras, (1999), ambos escritores de Medellín, para más datos, como para confirmar la nacionalidad de la sicaresca; y ambos textos fueron trasladados al cine con un éxito considerable. Novelas y películas son el corpus central de este subgénero fundado por los ava-tares de esos miles de jóvenes que debieron bajar del cerro, para saber que hay otra vida aunque sea breve como un soplido.
El éxito de ambas novelas impone su rápida traslación al cine. En el caso de La Virgen de los Sicarios (2002), el proyecto surge de quién sería finalmente su director, el veteranísimo Barbet Schroeder, un hombre verdaderamente internacional. Nacido en Teherán (Irán) en 1941, de origen y cultura francesa, ancestros alemanes e infancia bogotana donde vivió hasta los doce años. Fue testigo nada menos que del Bogotazo el 9 de abril de 1948, donde pudo observar las secuelas inmediatas del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Radicado finalmente en París, Schroeder es productor y asistente de di-rectores como Jean Luc Godard y Eric Rohmer. Trabajó en 1986 junto a otro gran escritor cismático. Charles Bukowski, para la adaptación de su novela autobiográfica Barfly, protagonizada por Mickey Rourke y Faye Dunaway. Schroeder, conoció la obra de Fernando Vallejo en uno de sus continuos viajes a Colombia, y así fue como decidió adaptarla al cine, con la ayuda del propio Vallejo.
Rodada en Medellín, la novela y la película gozan de un vertiginoso ritmo, el ritmo de los encuentros apasionados y breves de Fernando, un intelectual con muchas más coincidencias que el nombre con el autor, y Alexis, un joven taxi-boy que a la vez trabaja de sicario. Fernando y Alexis comienzan una apa-sionada relación amorosa, que a la vez es un viaje en el tiempo y en la geografía de Medellín. Fernando hace muchos años abandonó la ciudad, y este recorrido por la violencia narco, la contrapone a sus recu-erdos infantiles, esas mismas calles hoy son otras calles. Fernando habla con la pasión, el dolor y el amor del iconoclasta Vallejo sobre Colombia, y su problemática no solo social, sino que como un intelec-tual serio abarca todo el amplio espectro de la realidad de su país. A la vez Alexis lo conduce por un dédalo de sangre; como un Cicerone lo introduce en los códigos de la muerte paga, y en el natural des-precio por la vida propia y ajena. Quebrar un pelao (matar a alguien), perder el año (morir), es parte del juego, es parte de la contingencia de ser colombiano. Se puede morir por la orden del Patrón, pero tam-bién se puede morir por el volumen de la música, o equivocar la calle.
Fernando goza todos los juegos donde lo introduce Alexis, y solo observa y confirma sus teorías sobre ese país fundado por "campesinos, gentecita humilde que traía del campo sus costumbres, como rezar el rosario, beber aguardiente, robarle al vecino y matarse por chichiguas con el prójimo en peleas a machete". Pero Alexis cumplirá su rol de sicario y perderá el año, si alguna vez en la vida ganó alguno. Y Fernando pasará a brazos de otro amante, otro sicario, otro muerto en vida, Wílmar, que como cada uno de ellos espera la bala, que le guarda Colombia.
Barbet Schroeder, inspirado en el cine de Víctor Gaviria, (Víctor Gaviria, "lo marginal como centro", Carátula, Edición # 10, Febrero-Marzo 2006), optó por buscar actores naturales buscados en las mis-mas barriadas de donde han salido miles de sicarios. El protagonista lo desarrolla un inmenso Germán Jaramillo, a quién es imposible desprender de la máscara de Fernando Vallejo.
Sin duda libro y película consiguen el punto más alto de este subgénero, que ha sido acompañado por otros textos y otras realizaciones, en Rosario Tijeras (1999), la más característica, del también antioqueño de Jorge Franco Ramos. Adaptada al cine por el argentino Marcelo Figueras, esta coproducción colombiana, mexicana y española, si bien no alcanza los niveles requeridos para un gran film, el debutante director mexicano Emilio Maillé, nos prodiga con una bellísima Flora Martínez, con todas sus exuberancias expuestas al ojo de la cámara, la cual se regodea en los desnudos de la bella, con cierta perversidad, si no queremos ser mal pensados y creer que aquellos desnudos son más comerciales y efectistas que artísticos. El elenco lo completan el colombiano Manolo Cardona y el es-pañol Unax Ugalde.
A pesar de todo el filme Rosario Tijeras avanza al ritmo alocado del Medellín de los ochenta, cuando la plata se conseguía, para algunos, terriblemente fácil. La historia comienza con Rosario regando sangre en una sala de emergencia, herida por un ex-amante, en brazos de alguien que luego sabremos es un enamorado distante y tímido, pero fervoroso como los de su especie. Desde esa espera donde Rosario es disputada por la vida y la muerte a cada segundo, se articula la historia de la bella sicaria de la que se dice que mató a más de doscientos, que tiene muelas de oro, que cobra un millón por un muerto y un millón cien por un polvo, que le gustan las mujeres, que orina parada, que tuvo un hijo con el diablo.
Rosario debe su lacerante apellido a que con ese artefacto se vengó cuando un hombre de su madre la violó siendo una niña. Su hermano Johnefe, el único ser sobre la tierra a quien Rosario podrá amar, la introduce en el mundo de los narcotraficantes los que pronto se darán cuenta que además de sus dotes de amante, le sobran los de asesina.
Franco Ramos, al igual que Maillé, aprovechan para espulgar toda la ritualística del sicariato, los rezos, las velas, los escapularios, las balas rezadas, la oración al Buen Juez. Y también los excesos imbuidos por el descontrol del dinero y la impunidad. Johnefe, obviamente también sicario, muere en un aten-tando y el pleno velorio el muerto es llevado de rumba, a la disco que le gustaba, donde una muchacha le baila desnuda, donde le dan marihuana y trago, donde quieren desesperadamente que continué la vida aunque esté muerto. Vivo después de la rumba y el entierro, donde no se privan de los disparos de ho-nor, los corridos mexicanos, y rociar el ataúd con ron y marihuana. Para completar la secuencia se verá a Rosario con algunos parceros asaltar el velorio del matador de Johnefe, quién ya había perdido el año. Dominada la situación, Rosario Tijeras ejecuta al muerto en el cajón con varios disparos. Aunque muer-to, Rosario necesita matarlo.
Esas escenas que son extraídas de aquella realidad de locura y abuso, quizás son las más difíciles de creer y allí se concentran los grandes errores tanto del libro como de la película: no haber entendido que la vida exagera, y que trasladar a lo fílmico o al papel situaciones tan difíciles de creer, aunque se sepa que fue así o pudo haberlo sido, nos distancia rápidamente de la historia. A pesar de todo, tanto el film como el libro merecen ser transitados.
El fenómeno del sicario comenzó a morir junto a su máximo jefe, Pablo Escobar, aquel 2 de diciembre de 1993. Aquel hombre que daba trabajo a manos llenas, estaba tumbado sobre un tejado, muerto como había matado a miles, muerto como lo habría soñado mil veces. Pablo Escobar Gavira, el demonio para muchos, un santo para otros, generó un fenómeno imposible de comparar a nivel mundial, por la feroci-dad, la juventud y su letalidad: el sicario. Y esa institución generó un épica que se tradujo en una docena de novelas y varias películas, que van de lleno al tema o lo rozan, como Angosta (2003) del escritor Héctor Abad Faciolince o La gente de La Universal (1995) del realizador Felipe Aljure.
Quizás La Sicaresca como la novelas de caballerías, sin un Don Quijote que las clausure, ha muerto hu-mildemente. Como se dice por ahí, muerto el santo, se acabó el milagro.
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