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Cuentos - René Poppe
René Poppe. 1943, La Paz -Bolivia. La literatura principal de su obra está centrada en la narrativa minera. Obrero en su juventud, se dedicó a narrar en cuentos y novelas esa fuerte experiencia. El personaje principal de su obra literaria es la clase obrera de los distritos mineros. En su literatura, como en las principales obras de la cultura boliviana, se adelanta a la realidad de los hechos sociales. En Poppe, la persistente muerte trágica de sus personajes anuncia la muerte de la clase obrera minera politizada. Es también autor de algunos libros donde antologa textos ajenos y anteriores a su escritura minera. Actualmente se desempeña como bibliotecario en una universidad de su ciudad La Paz, Bolivia.
Cuentos
LOS JUCUS (1)
Después de haber carroneado media mita, los dos carreros se pusieron a conversar mientras pijchaban en el pahuichi.
--Dice que mucho mineral en esta galería.
--¿Buena ley será?
--Así dice.
Hacía muchas quincenas que los hijos no tenían calzados. Iban a la escuela con viejos y desuelados. Las demás horas del día caminaban descalzos.
--El invierno viene. Antes de nada ya está haciendo frío --a los obreros les decían sus socias--. Hay que comprarles zapatos, siquiera usados.
La pulpería desde meses atrás no abastecía de carne, pan, leche. No se podía pensar en zapatos. Tampoco se los lograba encontrar en el mercado de ropa usada de la calle Federico Escóbar.
--Pobre está la población. Ni ropa usada tienen para vender -contestaban los obreros.
--Hay que hacer cualquier cosa -decían las socias-. De Oruro hay que hacernos comprar con los que viajan
--Eso cuesta mucho. ¿Y plata? No hay plata.
--¿Será cierto? -le preguntó al otro carrero.
--Así dicen. Buena ley.
Se quedaron pensativos. El olor penetrante de los gases minerales amenguaba con el humo de los kuyunas que fumaban. El calor parecía más intenso en la penumbra apenas alumbrada por débiles lámparas.
--Tampoco hay ropa - decían sus socias. Cada tono de esas voces era la necesidad hecha costumbre-. Y lo peor, ya no hay maíz, ya no hay habas, no hay cañahua. ¿Qué nomás haremos?
--¿Tienes dinamita? -le preguntó al otro carrero.
--Se me ha terminado.
--¿Ni siquiera un medio cachorrito?
Las demás parejas de obreros estaban en sus respectivos parajes, alejados por cientos de galerías, carroneando.
--Todo se ha terminado.
--El jefe encargado de dinamitas, ¿estará en el depósito de explosivos?
--Alcahuete es ese, qué va dar. Ni como préstamo. Además a esta hora se baja al nivel principal. Le gusta lonchear con los jefes, en sus oficinas.
Los hijos iban a la escuela sin desayuno, con el hambre mostrándose en sus rostros. Como no había qué comer, las mujeres les decían:
--Desayuno escolar les van a dar. Más bien vayan tempranito a la escuela.
Volvían con peores expresiones, con mayores hambres.
--Nada han dado mamita.
--¿Si llegamos al depósito de explosivos? Alzamos una o dos dinamitas con sus armadas. Qué se va a dar cuenta.
Salieron del pahuichi los dos carreros. No bajaron por la jaula a los niveles inferiores. Se fueron por las angostas escaleras del pique. Todo era soledad en interior mina, humedad, falta de aire.
--¿Por dónde es oyes?
--Por aquí, por aquí.
Avanzaron hacia el depósito de explosivos. La mujer salía de la vivienda. Envueltas en trapo llevaba dos cucharas, un tenedor, alguna tapa de olla pequeña. Iba a la población civil y tocaba las puertas ofreciéndolas en canje:
--Siquiera por un pancito. O darime lo que tengas para comer. Son para mis huahuas.
Rara vez volvía sonriente a la vivienda.
La luz de neón que salía del depósito de explosivos, les señalaba el camino indicándoles que estaban cerca.
--Y el jefe, oyes ¿querrá prestar?
--Va querer nomás.
Al final de la mita también ellos llegaban con hambre. Se les notaba en el rostro.
--Así los mandamos a interior mina, señor jefe -decían las mujeres cuando pedían la palabra en las reuniones con los directivos de la Empresa-. Los vemos salir con más hambre. Tienen que aviarnos la pulpería, siquiera para dar de comer a nuestros hombres. No ves, señor jefe, que ellos están produciendo la comida del país.
Se acercaron al zaguán del depósito de explosivos e ingresaron hasta la puerta de la oficina. No se veía a nadie.
--Jefe -llamó el carrero.
--Jefecito gramputa -dijo el otro carrero.
El silencio era en toda la galería y sólo la lluvia de chaka sonaba como parte del propio silencio.
--Van con hambre y no sabemos si regresarán con vida. Un nudo de dolor se nos hace en el corazón cada vez que los despedimos a interior mina, señor jefe. Siquiera los mandaremos comidos para que mueran bien.
Nadie contestaba a sus pedidos.
--Jefecito gramputa, estás ahí -volvió a decir el carrero.
--Con los jefes debe estar lonchando en el nivel principal.
Ingresaron a la oficina. Era agradable porque la ventiladora eléctrica renovaba el aire lanzando ráfagas frías. Buscaron la llave del depósito y en las gavetas del escritorio encontraron botellas de alcohol, bolsas de coca, amarros de kuyunas.
--Este gramputa se había sabido tratar bien -musitó el carrero.
--Nos lo llevaremos oye.
--No. Otra cosa mejor vamos a hacer.
El carrero se fue hasta la mesa del teléfono. Dio una larga manija y levantó el auricular.
--Hola -le contestaron.
--Oficina de jefes, por favor. Es de urgencia.
Esperó un largo momento de ruidos como arañazos a finos alambres de metal delgado.
--Eso mínimo pedimos -decían las mujeres-. Siquiera para que entren con algo en el estómago y la muerte no los sorprenda con hambre. Para una lagüita, un caldito, un segundito talvez.
Pero la situación durante quincenas seguía la misma.
--Ahora vas a ver cómo lo hago asustar a este jefe gramputa -dijo el carrero.
--Hola -contestaron por el teléfono.
--Jefe -urgió el carrero-. Por favor con el jefe de explosivos.
--¿Quién lo llama?
--Es urgente.
--Momento.
Sorprendido por la audacia, el otro carrero miraba a su compañero.
--Vas a ver que lo hago asustar.
--¡Hola!
--¡Jefe! ¿Jefecito? Muy buenas.
--¡Quién! Estas son horas de lonche, oyes. No dejan ni alimentarse ni descansar. ¡Quién!
--Nosotros jefe; unos jucus. Te llamamos desde tu oficina. Queremos pedirte un favor. Indicamos dónde has guardado la llave del candado del depósito de explosivos.
--¡Qué, gramputa! ¡¿Quiénes son ustedes?!
--Jucus jefecito. Indica nomás dónde está la llave si no quieres que rompamos tus botellas de alcohol. Bien te habías sabido tratar, oyes.
--Carajos jucus, ¿para qué quieren la llave?
--Necesitamos dinamita, jefe. Un par nomás.
--¡Gramputas. Ahorita voy a subir! ¡Retiro de la empresa les voy a hacer dar!
--No te calientes jefe. Hablaremos como personas razonables. En primer lugar no vas a poder llegar aquí. No ves que estás lejos.
--¿Quiénes son ustedes?
--... y si quieres venir, tus botellas de alcohol vamos a romper, tu coca y tus kuyunas nos vamos a llevar. Muchos jucus somos aquí, jefe. ¿Dónde has guardado la llave? Avisá nomás pronto.
No era que no sudaba el carrero. Se reía pero se notaba húmedo su rostro. Se destocaba y al hablar se mesaba los cabellos mojados de sudor.
--¡¿Quiénes son ustedes gramputas?!
--Apurate jefe porque estamos apurados nosotros. Aquí los compañeros se están poniendo nerviosos y quieren abrir tus botellas de alcohol. Será mejor que avises dónde está la llave. Te prometemos llevar un par de dinamitas nomás.
--Ladrones ¿qué quieren en mi oficina?
--Ladrones no jefe. Jucus, que es otra cosa. Ya están por abrir tus botellas jefe. Mejor llegaremos a un acuerdo.
--¿La llave?
--Si jefe. La llave. ¡Oigan oyes, no toquen las botellas! Aquí jefe varios quieren abrir tus botellas. ¡No toquen oyes!, estoy llegando a un acuerdo con el jefe. Jefecito, ¿dónde has guardado la llave?
--En mi chamarra, gramputa.
--¿En tu chamarra? ¡En su chamarra dice oyes! ¿En qué bolsillo, jefecito?
--Busquen pues, yo que sé.
--Ya jefecito. ¡Busquen oyes, no sean tan cómodos! Bien cómodos son estos jucus jefe.
--¡Gramputas!
El otro carrero descolgó la chamarra. Metió las manos a los bolsillos y extrajo la grande y pesada llave del candado antiguo. Se fue a la puerta y con un breve manipuleo la abrió.
--Espera jefe. Ya están abriendo la puerta. Dos armadas más vamos a llevar.
--¡¿Dos armadas más?!
--Sí jefe. Con dinamita nomás ¿qué vamos a hacer? Necesitamos armadas. Bien alcahuete eres jefe. Parece que no fueras minero oyes. ¿Acaso no sabes que dinamita sin armadas no explota?
--Gramputas, que los pesque nomás, retiro de la empresa les voy a hacer dar.
--No te amargues jefe. Tus botellas sino vamos a romper.
--...
--Ya está todo, jefe. hemos cerrado la puerta. Apretado está el candado. ¿En tu chamarra dejamos la llave?
--¡¿Dónde más pues gramputas?!
--Si jefe, no vaya a ser que vengan ladrones. No te calientes más jefe, ya nos vamos a ir.
--Que los pesque nomás, retiro de la empresa les voy a hacer dar.
--Jefe.
--...
--jefecito, ¿Estás ahí?
--¡Hable!
--Jefe, una botellita de alcohol más vamos a llevar. No vas a notar la falta, jefe. Hartas tienes.
--Gramputas, ya sé quiénes son. Ya los he reconocido por la voz.
--¿Quiénes somos jefe?
--¡Ya los he reconocido por la voz!
--No jefe ¿alcahuete mentiroso eres jefe?
--...
--¿Jefe? Todo lo demás te lo estamos dejando.
El jefe de explosivos no respondió. Escuchó que le colgaban el teléfono. Los dos carreros salieron a la carrera apresurada. La hora de lonche estaba por terminar. Subieron a su nivel por los mismos piques que habían bajado. Aún las galerías de la mina estaban vacías y silenciosas. Los demás obreros terminaban de pijchar en sus pahuichis.
--Ahora ¿juqueamos?
--No, ahora no. Mala política sería. Mañana mejor, hora de lonche. Ocultaremos más bien dinamitas y armadas.
--Sí, dinamitas y armadas nomás -dijo descorchando la botella.
--Ah, caramba qué suave. A ver probá un trago. Suave, oyes.
--Si oyes. Suave. Qué alcahuete este jefe, suave le había gustado el alcohol.
Entraron al pahuichi a pijchar. Estaban húmedos de sudor por escalar los piques de angostas escaleras. Ciento veinte metros hacia abajo, el jefe llegaba a la oficina del depósito de explosivos.
--Gramputas, mi botella -musitó dolorido, sin saber hacia qué nivel ni a qué galerías dirigirse en su búsqueda-. Gramputas, no deben ser jucus, ladrones son.
Tres niveles más arriba, en el pahuichi de las galerías norte, el carrero le dijo al otro:
--Bien guardado ya está. Invitame a ver otro trago.
Se pusieron a reír.
--Qué alcahuete -decían.
Sus risas iban en aumento.
--Qué alcahuetito el jefe. Debe estar llorando.
Bebieron media botella y la taparon, apretando el corcho hasta el cuello.
--No vaya a ser que el Tío quiera tomárselo, oyes.
Salieron a carronear. Mañana la terminaran, a la hora del lonche, hora de los jucus en los rajos de buen mineral, buena veta.
--Vamos a tener para ropita, oyes.
--Pancito.
--¿Buena veta será?
--Así dice oyes. Bien fatal.
Vocabulario:
Carronear = Empujar el carro metalero cargado con una tonelada de roca mineralizada
Carrero = Obrero de interior mina que labora empujando el carro metalero cargado con una tonelada de roca mineralizada.
Pijchar = Sedimentar las hojas de coca en los carrillos de la boca y mojarlas con saliva para luego tragarla.
Pahuichi = Ambiente horadado en la roca de cualquier galería de interior mina y no mayor a 2 x 2 Mts.
Kuyuna = Cigarro de baja calidad.
Lonchear = servirse alimentos; del lunch, ingles.
Gramputa = gran puta; persona de entrañas malas.
Chaka (quechua) = gotear; agua mineralizada que gotea de los techos de roca en las galerías de interior mina.
Jucu = (del quechua, Buho: que ve en la oscuridad). Actividad de apropiarse personalmente del mineral que está en las vetas y comercializarlo para beneficio individual.
Carajo = interjección de molestia.
Cahuete = Alcahuete.
HIJO DE MINERO
Después del accidente en interior mina, donde para siempre quedó su padre; de la ocupación militar al campamento minero, donde también asesinaron a su madre; de la mucha hambre; de la infinita distancia entre la mina y la ciudad de La Paz; después de varias semanas sin atinar a dónde llegar, un día de carnavales apareció en las calles y fue víctima de un hecho inusual que a nadie llamó la atención. Sólo uno que otro transeúnte madrugador -borrachín o trasnochado- pudo percatarse y no prestarle importancia.
¿Sería, tal vez, porque la víctima, en su muerte, no presentaba un cuadro grotesco? Se encontraba con el cuerpo acurrucado bajo el dintel de una puerta en la populosa esquina Tumusla-Buenos Aires. Estaba pálida, con la cabeza hundida al pecho; sus extremidades colgaban como delgados metales inútiles y enmohecidos. Por sus ropas raídas, confeccionadas con bayetas de la tierra, por su intenso olor a roca y estaño, se hubiera podido afirmar su origen minero. Si bien por su aspecto externo no se sabía si era hombre o mujer, por el tamaño de su cuerpo y el sufrimiento prendido en sus facciones, claramente se hubiese notado a un niño de origen popular.
Una barrendera municipal fue quien lo encontró. Una de esas mujeres que amanecen con la madrugada, que cargando a la espalda la basura y la huahua, tienen que recorrer abrumadoramente cuadras de cuadras barriendo las aceras y calzadas de varias zonas. Esta pobre mujer, creyéndolo dormido y abandonado, para cobijarlo del frío y la posible lluvia, delicadamente lo depositó dentro de un mediano cajón de cartón que los comerciantes viajeros a la frontera acostumbran olvidar en las calles.
Escondido así a las miradas, el niño estuvo durante horas, hasta la llegada del carro basurero.
Cerca a las siete de la mañana, cuando esa parte populosa de la ciudad se mueve multitudinariamente, llenándose de gritos, vocinazos y trajines, el encargado municipal del carro basurero -en su acostumbrada labor cotidiana de vaciar basuras de tachos, bolsas naylon y cajones de cartón-, creyendo que el peso del cuerpo del niño era de un perro muerto, de un sólo y rápido accionar, desde la acera envió el cajón al fondo del vehículo apestoso, para después, rumbo al río Choqueyapu, ser depositado definitivamente en sus veloces y sucias aguas.
BENANCIO VICUÑA
--Está Benancio Vicuña -preguntó la muerte.
Los obreros, sentados encima los callapos del pahuchi, pijchaban antes de comenzar la mita.
--No -le dijo el Chuspi-. Debe estar en el nivel tres veinte.
La muerte miró su reloj. Dentro de cinco minutos debería encontrar a Benancio Vicuña.
--¿A qué hora va a venir? -quiso saber la muerte.
--Ya debería estar aquí -comentó el Choquecallata-. Seguro va tardar. Tiene reunión.
La muerte denunció un aire preocupado. Cinco minutos no eran suficientes para trasladarse al nivel tres veinte.
--¿Para qué lo necesitas?
--Tengo una cita con él -informó.
--Buscalo en el tres veinte, ahí vas a encontrarlo.
--¿No se estará viniendo?
--No creo -quiso afirmar el Trocis-. Tiene reunión de delegados de interior mina. Seguro va a tardar.
Insatisfecha, la muerte se destocó el guardatojo. El haz de luz de su lámpara bailoteó en la penumbra alumbrando las paredes y bóveda de roca. Los obreros, creyéndolo uno de ellos, pronto se despreocuparon de su presencia.
--Tendré que buscarlo rápido -dijo.
No le prestaron atención y la muerte volvió a ponerse el guardatojo.
--¿Por dónde sería más pronto llegar?
--Andate por pique -aconsejó el Choquecallata-. Bajate por el pique del rajo del Ulloa.
La muerte abandonó el pahuichi horadado en la roca viva a manera de cueva. Encaminó sus pasos por la galería que conduce al saloneo de la jaula. Se acercó a los barrotes del profundo hueco vertical de la mina y gritó:
--¡Timbrero! ¡Bajando!
Esperó unos segundos y viendo que el cable de la jaula estaba tensamente quieto, impaciente se dirigió hacia lo que podía ser el pique del rajo del Ulloa. El tiempo vencía e interior mina estaba quieta. Por las galerías que atravesaba no encontró ningún obrero: todos pijchaban en los pahuichis y bebían el quemapecho acostumbrado para embriagarse y poder resistir la mita cotidiana. Los gases, ante la ausencia del esfuerzo humano, en las partes centrales de las galerías, se agolpaban como nubes densas.
--¡Compañero! ¡Compañero! -gritó queriendo encontrar un obrero que le enseñe el camino correcto hacia el pique del Ulloa.
Nadie le contestaba. Sólo la chaka intermitentemente llovía por algunas galerías. La muerte volvió a mirar su reloj. Los minutos estaban transcurridos y no le quedaba casi nada de tiempo. Siguió caminando hacia el norte. Gritaba urgentemente:
--¡Compañero! ¡Compañero!
Notó a lo lejos una tenue luz dentro la densa sombra de interior mina. Apresuró sus pasos atravesando gases, humo y lluvia de chaka. Al acercarse vio a un obrero que pijchaba su coca y fumaba su kuyuna.
--Compañero -dijo-. ¿Dónde el pique del rajo del Ulloa?
El obrero, sin enfocarlo, extendió la mano y señaló un hueco frente suyo.
--Son ocho escaleras -avisó-. Te llevan al tres veinte.
La muerte, como sombra alada se acercó al pique y bajó las escaleras. Volvió a mirar su reloj. Ya casi era la hora para encontrar a Benancio Vicuña. Apresuró su descenso y llegó a la galería. Ahí estaban los obreros, delegados de sección, desparramándose hacia diversas galerías, rumbo a la mita.
--Compañeros -dijo la muerte-. ¿Han visto al Benancio Vicuña?
--Sí -le dijeron-. Se está yendo.
--¿Dónde? -preguntó mirando su reloj. La hora era pasada.
--Allá -le mostraron-. Ese que está detrás de la parrilla.
La parrilla, hueco enorme, profundamente abierto que sirve para el descenso de las toneladas de roca mineralizada, los separaba como frontera.
--¿Cuál? -inquirió la muerte.
--Ese -le dijeron-. Ese con chompa roja.
La muerte fue a su encuentro. A codazos se abrió paso entre los obreros.
--¡Benancio Vicuña! -gritó llamándolo.
Benancio Vicuña caminaba lentamente, rumbo al saloneo donde debería tomar la jaula que lo transportaría a su nivel, el dos cero cinco. Al escucharlo, dijo:
--¡Qué! ¡Qué pasa gramputa!
La muerte sabía que era la hora pasada, y para no perder más tiempo, dio un salto enorme.
--¡Benancio Vicuña! -volvió a gritar.
Benancio Vicuña se dio media vuelta y, para localizar al que lo requería, dio dos pasos encima la roca dura del nivel.
--Qué pasa gramputa - volvió a decir.
La muerte, apresurada por la hora pasada, quiso abalanzarse ante Benancio Vicuña y se encontró al filo de la parrilla, ese hueco enorme.
--Ven un momento compañero -le dijo la muerte.
Benancio Vicuña se acercó también al borde de la parrilla.
--Qué pasa oyes -dijo.
--Ven un momento -pidió la muerte.
Pero la hora ya era pasada. Avanzó otros dos pasos y cayó al profundo hueco de la parrilla, la muerte.
Vocabulario:
Pahuichi = Ambiente horadado en la roca de cualquier galería de interior mina y no mayor a 2 x 2 m.
Pijchar = Sedimentar las hojas de coca en los carrillos de la boca y mojarlas con saliva para luego tragarla.
Chuspi (quechua) = Mosquito del interior de la mina; apodo genérico.
Guardatojo = Casco protector del trabajador en interior mina
Timbrero = ascensorista de interior mina.
Quemapecho = Aguardiente de alto grado alcohólico.
Chaka (quechua) = gotear; agua mineralizada que gotea de los techos de roca en las galerías de interior mina.
Kuyuna = Cigarro de baja calidad.
Gramputa = gran puta; persona de entrañas malas.
(1) Los cuentos de René Poppe que presentamos a nuestros lectores aparecieron por primera vez en el libro "Cuentos Mineros", Ediciones Isla, La Paz, 1985, y posteriormente en otras ediciones; sin embargo las ver-siones que ahora presentamos han sido corregidas y ampliadas por el autor, René Poppe, y la traductora, Helga Castellanos, para el Magazín Cultural XICóATL, "Estrella Errante".
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