XICóATL 81

XICöATL

XICóATL: No 81

XICóATL No 81, Octubre/Diciembre 2007
 

CONTENIDO:

  • Cine: El puro cielo de Sami Kafati. Guadi Calvo
  • Poemario: Colombia. Norman Hernando Salazar Leiter
  • Poemario: Poemas. Cristina Villanueva
  • Narrativa: Doctor Simulacro. Andrés Acosta
  • Austria: Poemas. Petra Nagenkögel

>> Download XICóATL No 81

Cine

Guadi Calvo

El puro cielo de Sami Kafati - Guadi Calvo

Guadi Calvo nació en Buenos Aires en 1955 y es escritor y periodista. Ejerció profesionalmente la fotografía durante diez años y hace más de quince la abandonó, para dedicarse de lleno a la literatura. Realiza y coordina talleres literarios y seminarios. Ha publicado El Guerrero y el Espejo (1990) y Señal de Ausencia, (1993). Ejerce la crítica cinematográfica en diferentes medios de Argentina y Latinoamérica.

El puro cielo de Sami Kafati

¿Se acuerdan, de cuando los cines tenían galería?
Quedaban allá arriba, en el puro cielo.
Sami Kafati

Todavía hoy, cuando en algún ciclo o festival de cine encontramos alguna película hondureña, no podemos dejar atrás una sensación de sorpresa e incredulidad.
Anita la Cazadora de Insectos (2000), una de las últimas producciones, basada en un cuento de Roberto Castillo y dirigida por Hispano Durón, ha transitado con buena acogida por diferentes encuentros, y en los festivales de Toulouse, Costa Rica y Buenos Aires, entre otros durante el año 2000, en la Muestra de Cine Centroamericano en Madrid, en el Festival de Cine Latinoamericano, en el American Film Institute de Washington; finalmente en el Festival Ícaro de la Creación Audiovisual en Guatemala, durante el 2001, donde obtuvo el premio a la mejor producción.
Almas de la Media Noche (2001) es otra de las últimas realizaciones de este cine alentado por el acceso a las nuevas tecnologías, donde el muy joven Juan Carlos Fanconi, trabaja sobre un relato de la vida después de la muerte, transitando por creencias religiosas.
Estos son apenas ejemplo de una de las más tortuosa cinematografías del continente. Por eso en estos tiempos, decíamos, si aún nos sorprendemos del éxito y calidad de las producciones hondureñas, qué queda para quienes, a principios de los sesenta, conocieron el primer film catracho Mi amigo Angel (1962) realizado a base de puro riesgo, resolución y talento por un joven, Sami Kafati, (1936), que con este mediometraje, se iría a convertir en el padre de esta cinematografía.
Contra todo lo que se podía pensar, en aquellos años, Mi amigo Angel, no transitaba por paisajes, mercados populares, fiestas típicas o beatas procesiones, ni usaba todos esos recursos que se aplican cuando hay más ganas que ideas.
Mi amigo Angel, con un natural aliento neorrealista, se mete en Tegucigalpa, no la de los largos autos norteamericanos, sino en la de los rescoldos del pueblo pobre, la de los descendientes de los pueblos originarios; donde Kafati atrapará la problemática de los sumergidos: el alcoholismo, la marginalidad, la falta de trabajo, la prostitución. Esto queda claro en el final de este mediometraje, cuando el protagonista, un niño lustrabotas llamado Angel, camina entre tumbas, que son símbolo de una sociedad muerta y sin reacción y Angel se nos quedará mirando fijamente, como preguntando cuanto tiempo más durará ese mundo de exclusión del que forma parte y es víctima. Angel se pierde finalmente entre las tumbas y el director, como una tétrica predicción, no colocará la palabra fin, ya que el problema seguirá existiendo. Desde esa época Kafati tenía propuesto convertir su cámara en uno más de los tantos fusiles que se levantaban en América Latina. Quizá sin conocerse todavía, pero arrastrados todos por los mismos huracanes, Sanjines, Glauber Rocha, Littín y Chalbaud, entre otros, iniciaban el proceso más significativo de la cinematografía latinoamericana.
Cuenta Sami Kafati que en esa época ingresar al cementerio para filmar con su Bolex el legendario final de Mi amigo Angel, resultaba en extremo peligroso. Nadie podía comprender porque no retrataba los fabulosos paisajes de La Tela, La Ceiba, o los rincones elegantes de Tegucigalpa. En más de una oportunidad recibió insultos y amenazas de quienes, mentándole sus orígenes libaneses, lo acusaban de mostrar al mundo las fealdades hondureñas.
Pero así y todo, sin conocimientos cinematográficos, sin más apoyo que el de algunos amigos y parientes, Sami Kafati terminó el seguimiento del pequeño lustrabotas por las calles de Tegucigalpa, y la primera película hondureña, Mi amigo Angel en 1962, estaba realizada.
En 1956 Sami Kafati, junto con Luis Enrique Aguiluz, en el valle de Comayagua, procesó sus primeros ensayos en 8mm. Lentamente fue comprendiendo que el cine no se limitaba a un mero ejercicio de recreo y entendió las incalculables posibilidades de expresión que el invento de los Lumière, le aportaban. Para filmar Mi amigo Angel, todo fue cuesta arriba: luego de un arduo trabajo para conseguir su famosa cámara Bolex, sin conocimientos de cine o del lenguaje cinematográfico, sin técnicos, sin equipos; gracias a la ayuda de un amigo fotógrafo, consiguió algunas lámparas para la iluminación. Las filmaciones se limitaban a sábados y domingos, para no interferir con la vida y las ocupaciones del "equipo".
Un par de años después de realizar su primer trabajo, y también como una manera de serenar las inquietas aguas de Honduras que el "tifón Angel" había despertado, Sami Kafati parte a Italia a estudiar dirección cinematográfica a la Università Internazionale degli Studi Sociali de Roma, donde genera fuerte lazos con algunos futuros realizadores chilenos que también cursaban allí sus estudios. En 1965 es exhibida en el Instituto Nacional de Cinematografía LUCE de Roma, Mi Amigo Angel.
A su vuelta a Honduras, y pasando un par de años donde no logra insertar su proyecto, es invitado por un compañero de estudios a trabajar en el Departamento de Prensa del Canal 13 de televisión de la Universidad Católica de Chile, donde esta a cargo de la realización fílmica del programas políticos durante la campaña electoral de 1970.
Por aquellos años Kafati, formó parte del equipo de documentalistas que realizaron Neruda: Hombre y Poeta. (1970) junto al realizador colombiano Pepe Sánchez.
En aquellos días de plena ebullición política le ofrecieron volver a Honduras, con una serie de interesantes proyectos, de los cuales solo algunos comerciales se llevaron a cabo y un corto documental llamado Independencia de Honduras (1971), frente a esta nueva desilusión prefirió volver a Chile donde Salvador Allende asumía la presidencia.
Muchos de sus viejos amigos cineastas, como Miguel Littín, Dunay Kusmanic o Alvaro Ramírez, eran funcionarios o dirigía la actividad cinematográfica y los sueños estaban a la vuelta de la esquina; pero el sueño duraría demasiado poco y las ilusiones del cine chileno serían aniquiladas por la barbarie pinochetista. Sami Kafati debió volver a Honduras una vez más.
Al llegar a Tegucigalpa, ya otros cineastas trabajaban sobre el surco que él había abierto diez años antes, e irían dando a conocer sus realizaciones, entre ellos, Fosi Bendeck con El Reyecito o El Mero Mero; (1978) Alto Riesgo de René Pauck, Voz de Ángel de Francisco Andino y El Cuerpo Extraño (1998) de José A. Olay.
En 1974 asume la presidencia de Honduras el general Juan Alberto Melgar Castro, un militar más en la larga cadena de golpes y revoluciones del país, quien genera algunas esperanzas para la producción cinematográfica creando un Departamento de cine, adjunto al Ministerio de Cultura. Sami Kafati es llamado para dirigirlo, pero todo terminó en la nada, otro golpe palaciego acabó con el proyecto.
Dicho Departamento Cinematográfico, apenas produjo un par de documentales en los tiempos que Fosi Bendeck y René Pauck se habían hecho cargo de él.
Es por esa época cuando Sami Kafati intentó fundar la cinemateca, para lo cual buscó entre sus contactos y pudo hacer algunas alianzas con departamentos e institutos de cine de otros países latinoamericanos para que los proveyeran de material. Todo se desvaneció cuando el funcionario de turno, preguntó "¿Qué es una cinemateca?"
Siempre Kafati, tuvo muy claro lo que quería respecto del cine, considerando que "una obra de arte tiene que tener por fuerza su incidencia ideológica" y que "No es posible por ejemplo, que alguien que haga cine en Latinoamérica pueda pasar por alto ciertas cosas, no puede hacerse uno de la vista gorda frente a ciertos problemas imposibles de pasar desapercibidos". "Un artista, tiene necesariamente que fijarse en ciertas cosas que son muy del medio en que vive y deben aparecer éstas en su obra. No olvidemos que el autor se alimenta de la realidad que lo rodea", enunciaba en alguno de sus manifiestos.
En 1976 puede elaborar una serie de documentales institucionales como Agua, vida y desarrollo, Proyecto Guanchías, documental de corto metraje, realizado para la Naciones Unidas, Bajo Aguán, medio metraje; Acueductos rurales; El despertar del Kukulcán; Salud en Honduras (1977); Bosques y maderas de Honduras (1977) medio metraje; Escuela de ciencias forestales (1977) corto metraje y Rescate de los bosques de Honduras (1977).
Más adelante trabaja junto al cineasta chileno Raúl Ruiz para la Televisión Estatal Alemana, haciendo la dirección de fotografía del largometraje argumental Le corps divisé et le monde à l'envers (filmada en Honduras) y luego La Vacation Suspendue entre otros. En esos tiempos Sami, también colaboraría con otro gran director chileno en el exilio, Helvio Soto.
En 1982 gana el premio Itzamná, otorgado por la Escuela Nacional de Bellas Artes de Honduras.

El sueño largamente anhelado por Kafati, se empieza a corporizar en 1983: la realización del largo metraje de ficción No hay tierra sin dueños, donde no solo dirige, sino que fue autor del guión, productor, editor, director artístico y fotógrafo. El film gira sobre la permanente problemática del campesino y su avasallamiento por parte del terrateniente, siempre aliado del poder, siempre tan igual, siempre tan aliado, que es imposible saber quién es quién, y que con perfecta simetría se repite a todo lo largo de Latinoamérica.
No hay tierra sin dueños la comienza a filmar en 1984. El guión narra la vida de Don Calixto, un terrateniente que se apropia de todo: tierras, mujeres, voluntades; siempre con la mirada cómplice del poder. Don Calixto, fue interpretado por José Luis López. El resto de los protagonistas fueron en su gran parte amigos personales de Sami, pintores, directores de teatro, escritores, reconocidos en Honduras y en el extranjero, pero sin ningún conocimiento de actuación.
No hay tierra sin dueño, se logra rodar íntegramente, en 1984 y el propio Sami Kafati es quién la edita, pero recién logra terminarla en 1996, cuando ya se encontraba muy enfermo, tanto, que apenas terminado este trabajo muere de una afección cardiaca, sin poder llegar a la etapa de postproducción.
Ese montaje fue respetado y la postproducción fue llevada a cabo con el apoyo de sus viejos amigos chilenos, entre ellos, muy especialmente la gran montajista Carmen Brito Alvarado, Beto Ríos, Pedro Chaskel, Miguel Littín, Patricio Guzmán y Raúl Ruiz. El Gobierno francés fue fundamental en esta última fase, por mediación del Centro Nacional de la Cinematografía y el FOND SUD que se dedica a terminar proyectos en el Hemisferio sur y los países del Tercer Mundo.

Como Cid Campeador, Sami Kafati, vence más allá de su muerte y su obra más soñada brilla en el último Festival de los Tres Continentes; en Nantes se llevó a cabo la premiére mundial de No hay tierra sin dueño. Su estreno en América Latina fue en el Festival de La Habana de 2003 y fue exhibida con muchísima repercusión en Quincena de Realizadores del Festival de Cannes también en el mismo año.

Sin duda, en No hay tierra sin dueño, Sami Kafati, concentra toda su potencia como artista y refleja su ideario como intelectual comprometido con su país y América Latina.

Dirección: Montevideo 1980 7ºA, (1021) Buenos Aires - ARGENTINA
E-Mail
: guadicalvo@ciudad.com.ar

Poemario 

Norman Hernando Salazar Leiter

Colombia - Norman Hernando Salazar Leiter

Norman Hernando SALAZAR LEITER (Anarkos) nació en Cali, Colombia, el 29 de noviembre de 1942. es ingeniero petroquímico, fue profesor universitario y actualmente se dedica a la jardinería, la escritura y la sensibilización en búsqueda de la paz en Colombia.

Colombia

El miedo fluye como lava de volcán,
baja, congela en rojo y piedra,
quema, es ceniza y roca negra.

Por el camino los rastros
de un pueblo que huye a pie
y en mulas hacia la favela.

Se confunden con los semáforos,
circulan por entre los carros
con sus mercancías de carne y humos.

De la montaña baja la muerte,
viene vestida de bosque y cuero
y en sus botas lleva olor a sangre.

El rastrojo cubre la campiña
y en los restos de un muro albagris
de una casa en ruinas,
letreros en distintos colores:
"Muerte a zapos"
las FARC, el EPL y el ELN en rojo,
en azul,
las AUTODEFENSAS UNIDAS DE COLOMBIA.

E-Mail: jardin@express.net.co

Poemario 
Cristina Villanueva

Poemas - Cristina Villanueva

Cristina Villanueva nació en Buenos Aires en cuya universidad estudió la carrera de Psicología. Realiza talleres de narración de cuentos y de creatividad y como narradora ha participado en diversos festivales nacionales e internacionales. Ha publicado sus textos en varias antologías, la última de ellas editada en Cuba junto con poetas cubanos, además en revistas literarias, culturales y en Internet. Ha ganado ya algunos premios con sus poemas y cuentos breves.

Poemas

OPCIONES

Ella cantaba.
En la voz el asombro
por tanto augurio fané y descangayado
todo por haber dado ese paso
al que llamaban malo
y que para ella estaba pleno de gracia.

En su barrio de Delfos
el oráculo le vaticinó
un futuro de viejita abandonada
secándose las lágrimas
al pie del piletón.

Decidíó dejar el tango.
No hay futuro para las minas
que no quieren sufrir, se dijo,
y cambió de ritmo.


TRISTEZA NÁUFRAGA

¿Sólo la tristeza se salvará del naufragio
o el naufragio con sus restos ,voces ,textos,
astillas de sustancia
se salvará de la tristeza
si encuentra una señal
que ordene los deshechos?


AGUA QUE CAE

El agua suena multitudinaria,
des -perfecta
va y viene ,

El des-perfecto,
la constante otredad
su espacio móvil,
hace perfecta una música posible.


*

La lengua se suelta, se abre, se salta, lámpara -garganta-
voz, tapiz, terciopelo húmedo, musgo.
Se frota contra las cavidades de la boca.
Se rompe, se lastima, duele.
Se encanta

Con esfumados tonos
ella habla.
No le salen ni culebras ni perlas
sólo palabras.

Palabras vivas
que se mojan en la larga saliva de la especie.
Metamorfosis líquidas, emplumadas, trasparentes, duras
buscan el arabesco de la oreja
ese interrogante del otro
para anidar.


ERA DE JUGANDO

Me gustaba la fantasía de tirarme en pedacitos (eligiéndole siempre los cuartos delanteros o traseros más apetecibles) a sus mandíbulas de animal carnívoro, a sus garras de leopardo sedoso. Eso fue hasta que lo vi sacar el plato, anudarse la servilleta y sobre todo afilar el cuchillo. Entonces me fui, haciéndole caso a mi mamá que siempre me advirtió sobre los peligros de los pecados de la carne.

Dirección: Uriarte 1864, (1414) Buenos Aires - ARGENTINA
E-Mail: pluma@velocom.com.ar

Narrativa 
Andrés Acosta

Doctor Simulacro - Andrés Acosta

José Andrés Acosta Cuevas nació en Chilpancingo, Guerrero, el 30 de noviembre de 1964. Narrador. Estudió derecho en la UNAM. Ha sido coordinador de talleres de creación literaria y lectura y de talleres por Internet. Fue secretario general de la Asociación de Escritores Mexicanos y es jefe de redacción del magazín Punto de partida. OBRA PUBLICADA: Cuento: Afuera están gritando tu nombre, DIFOCUR/Gob. del Edo. de Sinaloa, 1991. || Los signos remotísimos del día, AEM/México Ilustrado, 1999. || Solitarios y podridos, UABJO, 2003. || Capicúa 101, U. de G., 2003. || Cinco noches en La Habana, La Mano Izquierda Impresora, Canadá, 2003. || Mérida, La Mano Izquierda Impresora, Canadá, 2003. || Novela: El sueño de los cinocéfalos, UNAM, Confabuladores, 1997. || No volverán los trenes, CONACULTA, Tierra Adentro, núm. 161, 1998. || Doctor Simulacro, Joaquín Mortiz, 2005. || El complejo de Faetón, CONACULTA/DGP/Ediciones SM, 2006. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, alemán y griego.

Doctor Simulacro (Fragmentos)

HACE MUY, pero muy poco tiempo, sucedió lo que voy a contar… Es más, la historia es tan reciente que inclusive no ha terminado de ocurrir mientras ya comienzo a referirla en este párrafo, está tan fresca todavía que no sé ni cómo termina. Y sucedió tan cerca de mí que gracias a ella tengo a un par de encapuchados vigilándome desde los sillones de la sala, decididos a irse de mi casa hasta que les entregue mi versión de los hechos. No es que estos hombres me obliguen a decir que los acontecimientos sucedieron de tal o cual manera, o que firme una declaración en blanco, no me han torturado, pero sí quieren que escriba todo lo que sé del caso. Ni una palabra de menos, que no omita nada. Cerca de la medianoche, hace unos minutos, alguien tocó a mi puerta como siempre les digo de broma a mis amigos que toca la policía cuando golpean la puerta con total desfachatez, así que no pensé abrir, ya que nada bueno le espera a quien recibe semejante llamado. Como no respondí, alguien gritó mi nombre. Ni siquiera había posibilidad de error, me buscaban a mí, para lo que fuera que pretendiesen. Con mayor razón no quise abrir, pero temí que le sucediera algo grave a algún familiar o amigo y me asomé a discreción desde la ventana de la cocina, sin encender la luz, y no vi más que sombras que guardaron silencio. El silencio me pareció, desde luego, aterrador. No terminaba yo de regresar a la sala con la intención de escuchar tras la puerta lo que esos sujetos decían entre sí, cuando ya estaban entrando a mi casa. De pronto había dos encapuchados frente a mí y ni tiempo tuve de llamar a la policía. Franquearon mi puerta con tal facilidad que pensé que tenían un juego de llaves. Pero no, lo que vi un segundo después entre las manos del que daba las órdenes fue una barra de metal con la que abrieron mi casa como se destapa una botella de cocacola. De inmediato el jefe me advirtió que no me moviese, que sólo obedeciera instrucciones: no mirarlos a los ojos y no preguntar nada. Ni siquiera me molesté en fingir que los creía asaltantes, porque fue obvio desde el principio que se trataba de algo más gordo. Nunca nadie se había tomado tanta molestia para robar una casa del rumbo en la que lo único valioso son los libros; no los quieren ni los que se dedican a embargar ahorcados, y pues sí, qué van a encontrar de interesante en un montón de papeles pegados a un cartón. Lo asombroso es que ellos entraron aquí por un libro que no existe aún. O sea que, objetivamente, estos hombres no sólo rompen la regla sobre la falta proverbial del valor de los libros para entrar a robar una casa, sino que se encuentran detrás de uno que ni siquiera está escrito. Bueno, decir libro es una exageración mía, por supuesto. Pero da la casualidad de que renuncié a mi profesión de escritor hace poco. Los amigos, la novia en turno, siempre que recibían mis acostumbrados correos telegráficos, mis dos líneas de saludo, me recriminaban: pues no que eres escritor, ¿por qué nada más me envías dos palabras? Y claro que por eso mismo no me gustaba escribir correos electrónicos ni cartas, ni nada, porque me la pasaba batallando con las letras día tras día, y entonces qué flojera ponerme a seguir escribiendo en mis ratos de ocio. Desde hace unos años ya no me esfuerzo con el lenguaje. Me retiré porque simplemente ya no tenía tiempo para escribir. Y ahora que ya no escribo libros mis correos son largos y detallados.

-ESCRIBES O TE MUERES -dijo el jefe, con una voz carente de emoción después de explicarme que necesitan mi testimonio íntegro sobre el Doctor Simulacro. Que me pidan que redacte algo para salvar mi pellejo tienta mi vanidad, porque aunque dudo que los encapuchados me acribillen por colocar mal una coma o pecar de falta de concordancia en una oración, sé que puedo poner palabra tras palabra sin descansar durante horas y horas. Es como pensar y recordar en voz alta. Nada más. Pienso una palabra y la escribo, y luego la otra, y así. El chiste es no perder el hilo. Antes de conocer al doctor yo solía tener tiempo para escribir por las noches, pero eso se acabó cuando empecé a trabajar para él, y ahora estos encapuchados me fuerzan a escribir de nuevo. Claro que no debo escribir lo que yo quiera, sino lo que me piden. Eso no impide que deje asentado aquí mismo el motivo de mi dicho: escribo sobre el doctor porque me obligan a hacerlo, metralleta en mano. Mientras termino de redactar el párrafo, el jefe de los encapuchados me mira con fijeza y repite:
-Escribes o te mueres -y noto desconcierto en sus ojos, no sé si sea porque me ve escribir sin parar y su amenaza se vuelve absurda nada más la pronuncia, o porque lo he mirado directamente; tal vez emite la orden para que quede claro quién manda.
-No me mires.
Los encapuchados me observan escribir sobre la mesa del comedor. Les he preguntado si puedo hacerlo sobre mi escritorio pero la idea de que oculto algo en él, una pistola, los pone nerviosos. Además mi escritorio descansa frente a la ventana y es una posición que les impide vigilarme de frente. Siempre he pensado que cada mueble tiene su función y más vale no violentarla. Por eso nunca escribí en el mismo lugar donde como. Pero no estoy en situación de reclamar nada. No es el momento para ponerme quisquilloso. Puedo mirar en mi cabeza la escena que vivo, desde afuera de mí (para eso se suponía que era escritor), y notar que es de lo más extraña: un par de hombres robustos, vestidos de negro, con el rostro oculto, armados con metralletas, permanecen atentos a la escritura de otro hombre, en piyama, cuyo físico se diferencia perfectamente del de ellos. El jefe hace una indicación con la cabeza al otro hombre y éste se dirige a mi cocina, donde se escucha que trajina azotando las puertas de la alacena, luego hay calma y en un par de minutos me llega el olor del café que prepara. Una prodigiosa jarra llena de café se suma al montón de hojas tamaño carta, que me proporcionaron tras sentarme en el comedor, y a mi máquina de escribir, traída al tiempo que me daban instrucciones. Los encapuchados me negaron el escritorio, es cierto, pero me proveen de lo indispensable. Y no los voy a decepcionar: para escribir no se precisa nada más. Antes, cuando tuve algo que decir, cuando los demonios interiores me mantenían despierto y no me despegaba de la máquina sino para ir al baño, nunca dejé inacabado lo que me propuse como cuota de la noche. Ahora que los demonios están fuera de mí y amenazan mi vida, con mayor razón no los defraudaré. Si hasta me parecen las condiciones óptimas para escribir. No hacen falta comodidades, sino un arma apuntando a la cabeza.

EL DOCTOR SIMULACRO fue un hombre que se trazó una línea recta a seguir y jamás se desvió de ella; la misión que se propuso fue encontrar la verdad por encima de cualquier cosa, y no le temió a lo ficticio como un medio más para perseguirla. Esto que escribo es lo que me consta. Yo trabajé con él durante los últimos años de su carrera, fui su secretario particular, y me contó pasajes de su vida con mucha frecuencia, cada vez que esperamos dentro de su automóvil a que se realizara un peritaje especialmente importante para el doctor, mientras los técnicos trabajaban enguantados, con sus pequeñas escobillas. Nosotros mirábamos la labor minuciosa de los hombres de bata blanca, a través de las ventanillas, y el panorama nos proporcionaba un estado de relajamiento cercano a la hipnosis: frente a nosotros se ejecutaba una tarea inercial, la búsqueda, palmo a palmo, de evidencias en el terreno del delito, como una manada de vacas sin manchas olfateando el suelo. En esas ocasiones el doctor se aflojaba la corbata y como acto reflejo su lengua comenzaba a destrabarse, a olvidar los monosílabos y las expresiones exactas. Liberado ya de la atadura de la garganta, su expresión facial también descansaba y la voz le salía relajada. Entonces me revelaba detalles que a nadie más le hubiera confiado. Me decía: te voy a contar lo que cualquier periodista se muere por saber. Lo hacía con gran seguridad, como si dictara sus memorias. Y ahora comprendo que así fue. Me relató los capítulos de su vida con un propósito definido, como cada una de las acciones que llevaba a cabo: nunca movió un dedo sin tener un objetivo claro en su mente. Siempre elogió mi memoria y mi objetividad, consciente de que, siendo yo escritor (aunque para entonces ya no escribiera), tarde o temprano y por uno u otro medio, su historia saldría a través de mi pluma, aunque estoy seguro que nunca se imaginó que sería de esta manera. ¿Y qué tengo que decir sobre el Doctor Simulacro? Lo primero es que ése es el alias con que se le conoció, al principio, en el medio judicial, después, dentro del ambiente artístico y, por último, entre los grandes públicos a nivel nacional y en las publicaciones extranjeras, donde su apodo y sus programas de televisión lo convirtieron en un personaje famoso. Antes, en nuestro país, los criminales eran quienes utilizaban apodos, con la intención, algunos, de ocultar su nombre a la policía, otros, de sembrar temor y cosechar respeto entre sus colegas y víctimas. Luego llegó el Doctor Simulacro y las cosas cambiaron, porque como él decía: la mejor forma de combatir el crimen es a través de similitudes, y él mismo utilizó un apodo para pelear contra la delincuencia. Y así, el hombre que se encargó de la procuración de la justicia en nuestro país, fue conocido más por su sobrenombre que por su nombre propio: los titulares de los periódicos lo evocaban de esa manera sin que a nadie le extrañase. Su prestigio fue el de un hombre de rectitud a prueba de fuego, no obstante la aparente contradicción del apodo. Los enterados pensaban que lo del simulacro se refería a la criminología homeopática del doctor, que imita los procederes de los malhechores, pero no sus objetivos, y como el doctor se volviera famoso por su programa de recreaciones de hechos delictivos, sus detractores posteriores adujeron que el origen de su apelativo era que su procuración de justicia constituía una farsa televisada, que todo en él era una serie de fingimientos articulados por medio de actores y monigotes infames que jamás llegaron a promover juicios justos. Sólo a mí me confió el verdadero origen de su sobrenombre… El Doctor Simulacro fue el poeta de los maniquíes, como lo calificaron en el reportaje extenso que una revista política le dedicó al ser nombrado el hombre del año. El doctor apareció fotografiado con su impecable traje negro y los brazos cruzados, en medio de un grupo de maniquíes dispuestos en posturas que revelaban maleabilidad, sumisión incondicional ante la eminencia. Su imagen dio la vuelta al mundo en un instante y lo convirtió en un personaje polémico: El Doctor Simulacro: ¿profeta de una nueva forma de impartir justicia… o de imponerla? Y en efecto, cuando él reconstruía los hechos por medio de actores y maniquíes improvisados cual oráculo que desvelaba la verdad oculta, el modo de operar, los procedimientos más minuciosos del asesino, el doctor se convertía en dueño y señor de un universo paralelo en el que la metáfora se colocaba por encima de la realidad. El doctor era capaz de restregarnos en plena cara un modelo depurado, limpio, tan limpio que producía una epifanía en el espectador: ¡Pero claro, ese maldito fue quien violó a la niña; si lo estoy viendo con mis propios ojos!, y era entonces que cualquier persona advertía la culpabilidad del presunto, del sospechoso, en el único país en el que se es culpable mientras no se demuestre lo contrario. El doctor llegó a perfeccionar tanto sus modelos que consiguió casi todo lo que quiso a través de ellos: su programa se elevó al primer sitio de popularidad al tiempo que resolvía los casos más enredados exhibiendo siempre al culpable de manera categórica. Por fin una puesta en escena poseía utilidad concreta: combatir el delito con la eficacia de la cual careció la criminología desde el principio. ¿Para qué esforzarse en medir cráneos y observar las orejas de los delincuentes si podíamos probar su culpabilidad mediante una representación? Todo aquel fiscal que ambicionara que sus acusaciones fueran tomadas en serio, debía tener probadas dotes de director de escena: nunca antes las artes escénicas sirvieron para inculpar a tanto criminal renegado.

EN EL ÚLTIMO PROGRAMA el doctor presentó el caso de una joven activista pro derechos humanos que fue encontrada muerta en su casa, con un par de balazos en la pierna y en la cabeza. Había mucha expectativa por conocer la identidad de sus hipotéticos homicidas ya que ella se había ganado la animadversión de poderosos grupos que deseaban verla desaparecer de la escena. El caso era de los llamados de habitación cerrada en el argot de la novela policíaca, es decir, hasta donde se tenían pistas, la occisa había permanecido sola dentro de su habitación sin que apareciera huella alguna de chapas o ventanas forzadas. Ése era el único dato que no cuadraba en el asunto, pero que se podía solventar con facilidad si se alimentaba la posibilidad de que la occisa hubiera permitido el acceso de los homicidas mediante engaños o simplemente porque los conociera. Esa vez el doctor me encomendó que rastrease entre los libros que ella poseía algún texto que arrojara pistas; el doctor conocía bien mi afición por la literatura, y no me costó trabajo encontrar varios pasajes que hacían referencia a situaciones en las que un individuo era abatido por algún poderoso sin escrúpulos. Yo mismo pensaba como la mayoría de la gente (hasta antes de ver programa) que el doctor señalaría a los culpables, sin que le temblara la laptop, a pesar de que se rumoraba que el culpable tenía poder suficiente para ejecutar y desaparecer a quien fuere (o bien, comprarlo), sin excepción alguna. Pero a la hora de la reconstrucción resultó que el doctor utilizó las citas que extraje de la biblioteca de la activista de manera muy distinta. Para mi sorpresa, mediante la reconstrucción de los hechos, el doctor halló que la asesina era ella misma. La activista resultó ser una enferma mental que intentaba desesperadamente cargarle su muerte al gobierno y a todos sus enemigos políticos. Según el doctor se trataba de una persona de luces y oscuridades, con graves trastornos depresivos, megalomanía y un deseo ferviente de convertirse en mártir.
-El suicidio no se castiga -argumentó el doctor mirando de frente a la cámara-, mas no porque no se trate de un delito, sino porque él o la delincuente evade la justicia con su muerte, así es que, de sobrevivir yo exigiría el castigo más severo para esta mujer, ¿qué sería de cada uno de nosotros si atentáramos contra nuestra propia vida, qué sería de nuestra sociedad, porque si ni a ella pudiéramos respetar, entonces cómo podríamos respetar la de los demás? A eso hay que agregarle que esta mujer urdió un ingenioso plan para inculpar a otras personas de su delito.
Yo no podía creer que tales palabras hubieran salido realmente de la boca del doctor, pero al mismo tiempo sonaban tan convincentes que en ese momento las di por buenas, como una gallina sin voluntad, hipnotizada ante una raya de tiza blanca. Inmediatamente después de las conclusiones del doctor las telefonistas recibieron un alud de llamadas. Los ojos del doctor parecían confiados en exceso. Y sí, el éxito fue rotundo, de una contundencia inaudita: el noventainueve punto noventainueve por ciento condenó a la activista. Y ni qué decir del raiting: histórico, sin precedentes, incluso el IBOPE hizo especial mención en sus estadísticas y análisis entregados a la televisora. Felicitamos al unísono al doctor por la hazaña, quien recibió gustoso los eufóricos abrazos y los sinceros ¡hurra! (a todos correspondería, consecuente al rating, una bonificación especial en la quincena), pero yo advertí una decepción terrible en el fondo de sus ojos, pues él no se conformaba con el noventainueve punto noventainueve, aspiraba al diez absoluto, yo lo sabía bien. Unas cuantas personas no le habían creído, contadísimas personas se habían negado a profesarle su confianza, permaneciendo inmunes a su poética maniqu(e)ista.

ÉSA FUE LA ÚLTIMA VEZ que contemplé con vida al doctor, desapareció justo antes del escándalo mediático que se desató al día siguiente del programa, cuando uno de los sicarios que ultimaron a la activista, aquejado por una, tan súbita como inexplicable, pulsión de culpa, confesó con espectacularidad ante las cámaras; la televisora rival había conseguido el as exclusivo bajo la manga mediática. El asesino confesó frente al teleauditorio y antes de que fuera apresado y se pudiera confirmar su dicho, ya tenía firmado un contrato para escribir el libro sobre cómo él y su cómplice habían amenazado y torturado durante casi veinticuatro horas seguidas a la activista: prometía ser un relato pormenorizado de los días previos a su ejecución, en los que se dedicaron a seguirla de cerca, un relato siniestro en el que los protagonistas serían los homicidas. Así fue como un asesino confesó frente a las cámaras y la carrera del doctor se hizo añicos: tantos años para llegar adonde se había colocado y de la noche a la mañana, literalmente, fue sacado del aire, junto con su programa y su cargo. Un asesino realizó su teleconfesión y convirtió a un respetado funcionario público en un delincuente; porque ése fue el trato que le dieron mediáticamente al doctor a partir de entonces: sin derecho a réplica, sin averiguaciones, ni previas ni posteriores: un veredicto contundente: el Doctor Simulacro: otro delincuente en la lista de los más buscados.

(1) "Doctor Simulacro"; Acosta Cuevas, José Andrés; novela, Editorial Joaquín Mortiz, México D.F., 2005, 160 pág.

E-Mail: acosta333@gmail.com

Austria 
Petra Nagenkögel

Poemas - Petra Nagenkögel

Petra Nagenkögel nació en 1968 en Linz. Estudió germanística, historia y filosofia en Salzburgo. 1993-1999 trabajó en política de desarrollo. Desde 1996 dirige una asociación literaria en la Casa de la Literatura de Salzburgo junto a diversas actividades de mediación literaria. Ha obtenido diversos premios y becas, ha publicado en revistas y antologías y realizado lecturas para la radio. Libros publicados: "Dahinter der Osten. Novela.", Editorial Residenz, Salzburgo 2002. "Pablo Picasso: Frauen / Petra Nagenkögel: Anagramme; Gedichte", (editado por Museum der Moderne Salzburg) Bibliothek der Provinz, Weitra 2005.

Poemas

QUÉ SOMOS NOSOTROS PARA LOS LUGARES

1
Por la ventana una vista
hacia dos lados y en
línea directa un
arbusto de lilas una
floración en la zona

Aquí y allá nosotros
armados en distancia
y retrasado pesar
como cruzamos la frontera
en paso alternado y
acompasamos el espacio entre
dos roces
en el corte entre el
sí y el no

El ojo se me apura anticipadamente
a través de la ciudad en el
ángulo oblicuo de tu mano
cuando ella roza un monumento en la
floración de la zona y
aquí y allá una pared

2
Qué somos nosotros para los lugares
en los cuales no hemos amado

qué nos queda aquí
y que queda allá de nosotros
excepto la coloración de dos
idiomas encorvados
en avances sin tono
de la palabra sí
y de la palabra no

Quizás también nos queda aún
en línea directa
encorvarnos en nosotros mismos

en la sombra de
nuestro propio cuerpo retorcernos
hasta la piel


CAMINO DE HORMIGAS

Aquí. Los cosechados campos, agotados
antes del verano. Como se
tiran en la muerte con su
florecimiento. Aquí. El descenso del tiempo
en los muros de las casas, detrás
afiebrados colores de la lejanía. Y
jirones de idioma sin uso.
Aquí estamos echados. Decentados,
tensados entre las esquinas
del cielo. Descontamos de las horas
la muerte y contamos el tiempo
adentro en nosotros. Sin la palabra para los
últimos asuntos. Aquí tu cuerpo, un
aroma rojo. Lanzado además mi
otro ser, para este momento, donde
él no es mí contrario.

Tocamos los bordes desde
los caminos, buscamos una medida.
En otra parte el suelo cede,
llevándonos consigo. Llevados partimos,
las exhuberantes manos en
el sexo, intemporales como animales.

Traducción: Walkala

Dirección: Mertensstr. 12, 5020 Salzburg - AUSTRIA
E-Mail
: pnagenkoegel@gmx.at