XICóATL 75

XICóATL

XICóATL: Número 75

XICóATL No 75, Abril/Junio 2006
XICóATL 75

CONTENIDO:

  • Editorial: Vacíos difíciles de llenar. Luis Alfredo Duarte Herrera
  • Campaña de solidaridad con Jacobo Silva y Gloria Arenas
  • Mozart: El cenotafio. Antonio Calle González
  • Narrativa: Rosa Cuchillo. Óscar Colchado Lucio
  • Poemario: Poemas. Eva del Pilar Durán
  • Austria: Poemas. Fritz Huber

>> Download XICóATL No 75

Editorial

Luis Alfredo Duarte Herrera

Vacío difíciles de llenar - Luis Alfredo Duarte Herrera

Quien vive en la memoria de sus seres queridos no está muerto sino solamente distante,
muerto está solamente quien es olvidado.
Immanuel Kant

El final del 2005 nos ha dejado envueltos en una gran tristeza. Waltraud Hostalek-Rehbogen y Renato Vecellio, dos queridos colaboradores de nuestra Verein für lateinamerikanische Kunst, Wissenschaft und Kultur YAGE y del lateinamerikanisches Kulturmagazin XICóATL "Estrella Errante" han dejado de existir.

Waltraud Hostalek-RehbogenWaltraud Hostalek-Rehbogen (Salzburg 20.3.1948 - Salzburg 11.12.2005) fue uno de los socios fundadores de YAGE. Su entusiasmo desbordante, su apoyo incondicional a nuestros proyectos, su apoyo logístico a los mismos en los difíciles primeros años de existencia de la Asociación, las numerosas traducciones realizadas para nuestro Magazín Cultural y la colaboración directa en las diversas actividades programadas fueron siempre un valioso estímulo para todos. Su interés por los idiomas, las culturas y los problemas latinoamericanos estuvo siempre latente. En 1994, Waltraud Hostalek-Rehbogen hizo posible la celebración de nuestro 2. Concurso Literario XICóATL mediante la donación de uno de los premios. Y junto a su amor por lo hispanoamericano, su labor como protectora de animales fue una de las más destacables de cuantas haya conocido en Salzburgo. Entre otras muchas acciones, Waltraud se propuso salvar de la muerte perros españoles, especialmente galgos, trayéndolos (muchas veces con su propio dinero) y buscándoles un hogar en Austria. El fallecimiento de Waltraud deja no solamente un hondo vacío en nuestros corazones, sino también en labores humanas importantes para la construcción de un mundo mejor, que muy pocas personas están dispuestas a emprender.

Renato VecellioRenato Vecellio (Villach, 16.3.1951 - Villach, 29.12.2005) vivió casi toda su vida en Viena; allí fue traductor, intérprete y profesor de italiano, portugués y español. Desde la edición No 11 de XICóATL (enero/febrero/1994) Renato Vecellio trabajó ad-honorem y sin pausa alguna para nuestro Magazín Cultural como traductor de ensayos, cuentos, artículos periodísticos y muy especialmente de poesía. Porque Renato amó siempre la poesía y demostró un especial interés por la poesía latinoamericana, de la cual fue un profundo conocedor. Los problemas del llamado Tercer Mundo y la colaboración en sus soluciones estuvieron también constantemente en el centro de sus preocupaciones. Con la muerte de Renato nuestra Asociación y nuestro Magazín Cultural pierden uno de sus más valiosos, leales, entusiastas y queridos colaboradores.

Luis Alfredo DUARTE HERRERA

DE GERTRUDIS PARA TI

(Para Renato Vecellio)

el silencio preludia
la revelación

antes del origen
abre un pasaje

al fin de los tiempos
es una gran ceremonia

Cristina PIZARRO
Buenos Aires - ARGENTINA

TRÁS DEL SOPLO QUE ES LA VIDA

(Para Waltraud Hostalek-Rehbogen)

¡Alegría, celebremos!
La navegación emprendida con el nacimiento
ineludiblemente nos conduce siempre a la orilla de otra vida
si es que somos transparentes, livianos o simplemente bien valemos la pena.

Disfrutarás entonces el final descanso si en el alma llevas la gracia
de ser antorcha que desde allí a otros seres ilumine
el surco amable, la estela que tras de tí andabas regando
si es que ésta es transparente, liviana o simplemente bien vale la pena.

Lleva contigo para siempre el aroma de los mangos
arriba puro, sonriente y sin prisa alguna
para continuar repartiendo a manos llenas
el bondadoso brillo del ejemplo
si es que éste es transparente, liviano o simplemente bien vale la pena.

WALKALA
Salzburgo

Campaña de solidaridad 

Campaña de solidaridad con Jacobo Silva und Gloria Arenas

¡Jacobo Silva y Gloria Arenas son presos políticos del gobierno mexicano! Están encarcelados ilegalmente bajo condiciones infrahumanas desde hace seis años. Exigimos un juicio justo y legal y el respeto de los derechos humanos en sus condiciones carcelarias. Más informaciones sobre nuestra campaña en: www.jacobosilva.org

Mozart 
 

El cenotafio - Antonio Calle González

Antonio Calle González. Licenciado en Filología Inglesa, actualmente realiza en la Universidad de Sevilla su tesis doctoral en Literatura Inglesa y Norteamericana con una investigación sobre El Concepto de la Historia en la Poesía Inglesa Contemporánea 1970-2000. En el campo de la crítica literaria ha escrito libros como La estética de lo grotesco en la literatura inglesa del siglo XIX: las novelas de Dickens. Ha publicado sobre temas interdisciplinares tales como el arte de la cinematografía (Exploring Film Art / Explorando el Arte Fílmico); o artículos sobre la relación entre la pintura y la literatura ("La lectura de un cuadro, la contemplación de una narrativa" en Monografías de Arte).

El cenotafio

Me aburría como una ostra y no era para menos. Era la primera ocasión en que mis padres me llevaban con ellos de vacaciones en vez de enviarme a un campamento de verano o dejarme con mis abuelos durante los meses estivales. Las vacaciones fueron un viaje programado, concretamente por Austria, uno de esos países que yo conocía de oídas por las lecciones de geografía en el colegio y al cual me había imaginado que sería divertido ir, pero que a la postre no fue así, porque todos los días muy temprano salíamos del hotel y no hacíamos otra cosa que visitar museos o monumentos. Mi padre trataba de amenizar las visitas con explicaciones, en forma de anécdotas, de lo que estábamos contemplando, pero las historietas no eran remedio para el enorme tedio que sentía, algo normal para alguien como yo en aquella época, un mocoso con apenas doce años. Por ese motivo, cuando llegó el último día de nuestra estancia, experimenté el ligero alivio de saber que ya quedaba poco tiempo para que aquello acabase. Sin embargo, mi padre pareció leerme los pensamientos pues, como si fuese un castigo por la ingratitud que aparentaba mostrar, dijo en voz alta y con decisión que ese último día lo íbamos a dedicar a visitar los cementerios de Viena. De esta suerte y sin más comentarios comenzamos nuestro deambular bajo un día ceniciento, un día que parecía haber adivinado las intenciones de mi progenitor al igual que él había adivinado las mías.
El primero que visitamos tenía una gran placa en la puerta con la palabra Zentralfriedhof, la cual mi padre no tardó en traducir como 'Cementerio Central'. Una vez dentro, hizo de improvisado guía turístico y, de cuando en cuando, se paraba ante alguna de las tumbas y nombraba la persona que allí yacía. Lo curioso de aquello es que todos los nombres que decía me sonaban, ya los había escuchado en más de una ocasión. Schubert, Salieri, Brahms, Strauss 'el Viejo' y dos de sus hijos, compositores cuyas obras había intentado interpretar en el conservatorio en el que mi padre me había hecho ingresar a muy corta edad. Ahora estaban allí todos o casi todos los que en vida habían tenido una misma vocación y habían llevado esa vocación a la maestría. Todos reunidos en un mismo lugar, como en mi carpeta de partituras, pero en un espacio más amplio.
Seguimos andando durante un rato, mientras mi padre no dejaba de señalar a una u otra tumba y de alabar la vida y obra de sus respectivos moradores. Yo por mi parte caminaba ensimismado, con la cabeza gacha y preguntándome si aquel camposanto era lo que me habían explicado en el colegio que era el cielo, si aquel lugar era el cielo de los músicos. De pronto nos detuvimos y cuando levante la vista vi que mi padre estaba extasiado: la tumba de Beethoven. Sí, Beethoven, el grande entre los grandes, genio entre los genios, maestro de músicos. El arrobamiento de mi progenitor no fue en ningún momento a menos, sino todo lo contrario, puesto que señalando con un dedo tembloroso hacia algún punto cercano parecía querer decirnos algo a mi madre y a mí, pero no le salían las palabras. Cogió a mi madre del brazo y mi mano y nos llevó al punto de sus inquietudes. Sin preámbulos y con voz entrecortada pudo por fin pronunciar una pequeña frase: "el cenotafio de Mozart." Mi madre le miró sonriendo por lo que parecía la alegría inmensa, diría incluso el placer, de mi padre al hacer tal presentación. Yo me quedé con cara de aleluya, pretendiendo demostrar que compartía su júbilo, pero en realidad aquella revelación tan sólo había hecho que tuviera otra quisicosa. Sobre mi conocimiento de Mozart no cabía duda, porque era el compositor más repetido e interpretado en el conservatorio. Con todo no tenía ni la más mínima idea de lo que era un cenotafio. Pensé que era una palabra rebuscada para decir 'tumba', pero mi padre no era muy dado a utilizar un lenguaje ampuloso cuando nos explicaba algo a mi madre o a mí, así que terminé por preguntárselo.
- "¿Qué es un cenotafio, papa?"
- "¿Un cenotafio? Bueno, hay dos o tres clases de cenotafios, pero se puede decir que un cenotafio es una tumba sin ..., sin nadie dentro."
La respuesta simplemente me sumió en más duda, pues no llegaba a comprender la utilidad de una tumba sin ..., sin lo que mi padre no se había atrevido a decir, un difunto. Me miró fijamente y de nuevo pareció adivinar mis pensamientos.
- "No te preocupes. Ahora vamos a ir a otro cementerio y allí veremos la otra tumba de Mozart."
Antes hecho que dicho porque, aunque estaba bastante apartado de la ciudad, en un santiamén llegamos a otro cementerio en cuya puerta se podía leer Heilig Marxer Friedhof. En esta ocasión mi padre no se detuvo a traducir el nombre, puesto que parecía tener mucha prisa en enseñarme la otra tumba de Mozart. Mientras caminábamos, ¡no!, mejor dicho, corríamos hacia la tumba, pude ver que aquel cementerio era más pequeño, lo que le daba una atmósfera más íntima. Por fin llegamos nuestro destino y allí estaba, no muy grande, pero para mí más hermosa. Una columna truncada y un diminuto y marmóreo ángel eran sus únicos adornos, aunque había algo aún más bello, porque la lápida estaba totalmente cubierta por flores recién cortadas. Era un tanto extraño que en la tumba de alguien que había fallecido hacía mucho tiempo hubiese tantas flores y tan bien dispuestas, como si alguien hubiese dedicado tiempo y cariño a colocarlas. La imagen que tenía ante mí me alegró, y más si cabe tras haber sabido qué era un cenotafio. Pero la alegría no duró mucho, porque cuando mi madre por fin llegó, jadeante por intentar correr a la par nuestra, mi padre le comentó los pormenores de aquella tumba y entre ellos pude oír que estaba la especulación de que el cuerpo de Mozart tampoco se encontrase allí. Le susurró, para evitar que le oyese, que al genial músico le habían enterrado como a un indigente y que no se sabía a ciencia cierta si alguna vez recuperaron su cuerpo.
De nuevo lo inexplicable. Primero una tumba que está vacía y después otra con la leyenda 'Wolfgang Amadeus Mozart', un nombre que se desconocía si pertenecía a su ocupante. Acaso mi incomprensión se debiera a mi inocencia, al hecho de que con apenas doce años no se alcancen a comprender ciertas cosas que más tarde, conforme una persona se hace mayor, llegan a tener su explicación. No era simplemente eso, sin embargo. Alguien mantenía la tumba siempre cubierta de flores frescas, tan lozanas que las gotas del aljófar del rocío aún brillaban sobre sus pétalos, unas flores que demostraban no sólo respeto sino máxima veneración, pero, ¿cómo se puede venerar lo inexistente?
Nuestro guía particular me tocó suavemente el hombro para decirme que nos marchábamos. Les seguí unos pasos atrás, rumiando posibles explicaciones a lo que había aprendido esa mañana. De vez en cuando mi padre volvía la cabeza no sé muy bien si para cerciorarse de que iba tras ellos o para comprobar, intuyendo mis pensamientos como había hecho varias veces esa mañana, si había encontrado una respuesta a mis dudas. Volvimos al hotel y, supuestamente, no debería haber tenido mucho tiempo para pensar, porque desde el momento de nuestra llegada todo lo tuvimos que hacer de prisa y corriendo. Mi padre no se había dado cuenta de que habíamos pasado más tiempo del que disponíamos en nuestra visita a los cementerios y sólo faltaban tres horas para tomar nuestro avión. Aún haciendo mi maleta y procurando que nada se olvidase, seguía estando meditabundo, dándole vueltas y más vueltas en la cabeza a lo que había ocurrido esa mañana. Por suerte mi madre siempre ha sido prevenida y organizada, y fue fácil encontrarlo todo, tan fácil que hasta nos sobró algo de tiempo en el aeropuerto. Ya en el avión mi talante taciturno de por la mañana no varió mucho y sólo aparté la vista de la ventanilla para escuchar la única frase que mi padre me dijo durante el viaje.
- "No te preocupes, ya lo entenderás."
Con el tiempo lo entendí y no sólo aquello. Al pasar los años comprendí la razón de que mi padre me hiciera ingresar en el conservatorio, pues era un melómano y yo a la postre también lo fui y quizás en mayor grado, puesto que llegué a ser director de orquesta. No voy a afirmar que aquella mañana en los cementerios fuese el fulcro de mi nueva vocación, pero a buen seguro que tuvo bastante que ver. De hecho fue el día de la dirección de mi primer concierto el que me dio la clave para que aquellas dudas infantiles se disipasen. El azar quiso que tomase la batuta profesionalmente por vez primera en Viena y lo que es más, la obra a interpretar era de Mozart, concretamente la Misa de Réquiem en Re menor K. 626. Aquellas lúgubres notas que al mismo tiempo eran como un soplo de vida para quienes las escuchaban; la pasión de los cornos y fagotes junto con la desazón inspirada por las voces del coro que se simultaneaba con la delicadeza de los violines y el etéreo canto de la soprano. Todo, absolutamente todo vino como una revelación. Mozart, su cuerpo, su presencia no tenían porqué estar en una sepultura para que se le honrase, para que se le venerase. Él estaba allí, flotando en el aire, en el sonido de aquellas notas, de aquellos acordes que un céfiro llevaba en volandas al lado de la trunca columna, del ángel alabastrino, y los depositaba allí en forma de flores y de cristalinas gotas de rocío.
El concierto fue un éxito. Se podían ver lágrimas de emoción en las mejillas de del público, lágrimas no de dolor, como las que se pueden ver en los funerales, sino de inmensa devoción, porque Mozart había estado allí. Recibí en mi camerino una veintena de ramos de flores, cada cual más hermoso que el anterior. Pero aquellas flores no me pertenecían, no podían ser de un mero instrumento que se había limitado a propagar la grandeza del compositor. Cogí todos los ramos y los metí en mi coche. Hice el mismo recorrido que aquella mañana había hecho con mis padres y coloqué la mitad de los ramos en el cenotafio y la otra mitad en la tumba del otro cementerio. Allá, en este último camposanto y ante la tumba del maestro, incliné la cabeza en señal de respeto y veneración, y pronuncié las frases donde su cálamo paró de componer su obra póstuma: "memoriam facimus: fac eas, Domine, de morte transire ad vitam."

Dirección: Avda. Juan XXIII, 39, 41710 Utrera (Sevilla) - ESPAÑA
E-Mail
: jmcalle@us.es

Narrativa 
Óscar Colchado Lucio

Rosa Cuchillo - Óscar Colchado Lucio

Óscar Colchado Lucio (Ancash - Perú, 1947): Poeta, cuentista y nove-lista. Fundó el Grupo Literario Isla Blanca y dirigió la revista Alborada/ Creación y análisis. Entre sus obras más importantes en narrativa figuran: en cuento: Del mar a la ciudad (1981), Cordillera Negra (1985), Camino de Zorro (1987), Hacia el Hanaq Pacha (1989) y La casa del cerro El Pino (2003). Ha publicado asimismo, las novelas La tarde de toros (1974) y Ro-sa cuchillo (1997). Autor también de tres poemarios y de muchos libros de literatura infantil. Ha recibido entre otros premios, el "José María Arguedas" de cuento (1978), el "José María Eguren" de poesía (1980), el Premio Copé (1983), el Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil (1985), el Premio Latinoamericano de cuento (CICLA 87), el Premio Nacional de Educación (1995), el Premio Nacional de Novela "Federico Villarreal" (1996) y el Premio Internacional de Cuentos "Juan Rulfo" (2002). En 1992 fue jurado del Premio Casa de las Américas (Cuba). Su obra Cholito en los Andes mágicos ha sido llevada a la televisión para los países del Grupo Andino.

Rosa Cuchillo (de la novela "Rosa Cuchillo"; Colchado Lucio, Óscar; Editorial San Marcos, Lima, Peru, 1997)

Págs. 7 y 8:

¿La muerte?
¿La muerte sería también como la vida?
"Es más liviana, hija."
¿Habría sirguillitos cantando en las hojas gordas de agosto?
Había. "Y vacas pastando en inmensas llanuras."
Ahora subía yo la cuesta de Changa, ligera ligera como el viento.
¿Por aquí? ¿Por estos lugares se irían los muertos?
"Por allí, hija, por donde se despide uno para siempre de la vida."

Abajo, en la margen izquierda del río Pampas, bañado con las últimas luces del atardecer, quedaba Illaurocancha, mi pueblo, con sus casitas entejadas, sus paredes blancas, incendiadas por la luz roja del sol.
Aún traía impregnado en las narices el aroma tibio, dulzón de los habales ondeando en la bajada de los cerros, con sus florecitas blanquinegras acariciadas por el viento. Y llevaba en la mirada el vuelo apresurado de las perdices, rastreando, piando, en busca del nido oculto entre las frondas.

Pobre mi pueblo, dije, pobre mi tierra. Ahí te dejo (¿para siempre?). Y miré los molles de las lomas, las piedras de alaymosca rodando por la quebrada, los altos eucaliptos que bordeaban las huertas, los tunales con sus espinas erizadas y los magueyes estirándose sobre las cabuyas.

Y me despedí poniendo mi mano en mi corazón, besando, amorosa, la tierra. ¡Adiós alegrías y penas, consuelos y pesares, adiós!
Suspiré hondo antes de alejarme, recordando mi mocedad, cuando alegre correteaba entre los maizales jugando con mi perro Wayra, haciéndolos espantar a los sirguillitos, esas menudas avecitas amarillas que entre una alborozada chillería venían a banquetearse con los choclos. Me llegó también el recuerdo lejano de las cosechas de junio, de mis juegos en las parvas alumbradas por la luna, de mis años de pastora tras el ganado, soportando a veces el ardiente sol de la cordillera o mojadita por las lluvias suaves o las mangadas.
¿Y ahora? ¿Por dónde nomás tendría que seguir?, pensé llegando a la pampa llena de ichu de Kuriayvina.
"A Auquimarca, hija, la montaña nevada donde moran nuestros antepasados".
Volviéndome, miré por última vez mi pueblo; pero sólo pude ver borrosamente la sombra de sus eucaliptos emergiendo en la oscuridad.
- ¿Rosa? ¿Rosa Cuchillo?
Un perrito negro, con manchas blancas alrededor de su vista, como anteojos, era quien me hablaba. Sus palabras parecían ladridos, pero se entendían.
Un instante me quedé silenciosa, como pasmada, sin saber quién era ni qué hacía allí ese animalito.
-¿No me reconoces?
Me quedé observando el arco sobresalido de sus dientes superiores, propio de los perritos cashmis; sus ojos muy vivos, sus orejas gachas.
- ¡Wayra! -dije de pronto, inclinándome a abrazarlo con harta alegría en mi corazón al haberlo reconocido. Él empezó a menear también su cola, alegroso.
- Hacía tantos años que se había muerto, de un zarpazo que le dio un puma, me acuerdo, cuando defendía a ladridos el corral de ovejas. Y ve, pues, ahora lo encontraba a orillas de ese río torrentoso, de aguas negras, el Wañuy Mayu, que separaba a los vivos de los muertos.
- A la sombra de un chachacomo, que retemblaba al paso de las aguas furiosas, encontré a Wayra descansando.
- Wayra, ¿qué haces acá? ¿Cómo me has reconocido?
- Bajo el blanco reslandor de la luna, observé mis ropas desgarradas por las zarzas de los montes, por los riscos, luego de avanzar penosamente por feas laderas y encañadas.
- Te esperaba, Rosa. Sabía que vendrías.
- ¿Te lo dijo alguien?
- Liborio, tu hijo.
- ¿Liborio?
Mi corazón saltó alborozado.
- Dímelo- dije abrazando nuevamente al perrito, acariciando su pelo crespo, lanoso-. ¿Dónde?, ¿dónde viste a mi hijo?
- Cálmate -me respondió lamiendo mi mano-, por ahora no lo verás todavía. Él está arriba, en el cielo, allí donde están guiñando las estrellas.
-¡En el Janaq Pacha! -dije alegrosa, doblando mis manos-. ¡Gracias, Dios mío! -me arrodillé-, gracias por tenerlo en tu gracia infinita.
Y me encomendé al dios Wari Wirakocha nuestro creador.
- ¿Y yo también podré ir hasta allí, Wayra? -le pregunté después, observando el gran río blanco, el Koyllur Mayu, que extendía su lechoso cauce entre estrellas y luceros.
-No lo sé -respondió. Yo sólo he venido a acompañarte hasta Auquimarca, según el mandato de los dioses.

Págs. 70, 71:

Pero no caes.
Herido en la pierna, aguantando el dolor, sigues corriendo unas cuantas cuadras en medio de la oscuridad de la calle. Un dolor intenso, como una punzada, te hace encoger y llevarte la mano al lugar de la herida. Sientes la sangre caliente, pegajosa, bajando por tu pierna. El agua de lluvia que está mojando los tejados, empapa tus ropas y hace brillar la pista. Ese momento los de la contención que ya escapan, tropiezan contigo, ¿Estabas herido, compañero? Te ayudaban. Y cuando dos intentan cargarte, se oye la sirena de un carro de policía, al tiempo que la luz de los faros ilumina el muro de la esquina. En seguida, el carro entra en la calle empedrada donde ustedes se hallan. ¡Huyan! ¡Corran, compañeros!, les dices. Y ellos de un salto se desparraman, dejándote, A las justas logras arrimarte al pilar saliente de un muro. Bien estirado tu cuerpo, sin respirar, la mirada fija, invocando a todos los dioses, ves pasar por tu delante, a toda velocidad, el carro policía, que unas cuadras más allá, es recibido de frente, con bombas y granadas, por los de la contención. Intentas avanzar, mas tu cuerpo se amontona. En eso, al alzar el rostro, ves de pronto a un hombre parado delante de ti, un desconocido vestido de extraña manera: con chamarra y pantalón de vicuña, larga barba y caballera, sin armamento ni nada, quien te dice, ofreciéndote su espalda, ¡Vamos, cógete de mi cuello! Obedeces. Y en tanto avanza cargándote por una callecita oscura y desierta, la misma por donde unos días antes había abortado un intento de fuga de los guerrilleros presos, te parece que vas sobre un hombre que crece y crece y sus espaldas se ensanchan. El hombre sigue corriendo como si no llevara peso encima. Por fin, sale al lugra donde ya arranca el último de los camiones dispuestos para la fuga. En medio de las detonaciones que aún se escuchan, apuradamente los compañeros te ayudan a subir, entre ellos Angicha. Sientes un gran alivio cuando tu cuerpo rueda sobre el piso de la carrocería. Sólo que el hombre que trajo no ha subido. Se queda parado, con los brazos en jarras, viéndote alejarte. Tú te inclinas sobre la compuerta diciéndole que corra, que suba. Él hace un gesto que no entiendes. Y ya cuando el carro empieza a tomar velocidad, le preguntas a gritos su nombre. "Pedro", te responde antes de darse la vuelta y alejarse a paso lento entre la oscuridad de una calle. ¿Pedro?, te quedas pensativo. Unas cuadras más abajo el carro se detiene unos instantes. Trepa un grupo como de diez, entre los que reconoces a Santos y Edith.
El carro enrumba a toda velocidad en medio de la lluvia. Sale de la ciudad entre los disparos cada vez más aislados que se escuchan. Intrigado aún, tú le preguntas a Angicha, en tanto te venda la herida, ¿por qué el compañero Pedro que te trajo no había subido? ¿Pedro?, frunce la nariz ella, sorprendida, no conocía a ningún Pedro entre los compañeros, y tú llegaste solo, casi arrastrándote, nadie te trajo. Entonces, algo como un temblor te sacude: ¿sería Pedro Orcco?, ¿el taita dios montaña? Los demás van entonando una canción revolucionaria.

Dirección: Jr. Bartolomé Herrera 132, San Martín de Porres, Lima - PERU
E-Mail: oscarcolchadolucio@yahoo.com

Poemario 
Eva del Pilar Durán

Poemas - Eva del Pilar Durán

Eva del Pilar DURÁN (3. 3. 1976, Cartagena, Colombia). Estudió Producción de televisión en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, Gestión Cultural en la Universidad del Atlántico, Computación en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y Redacción en la Universidad de Cartagena, además de haber participado en numerosos seminarios y talleres, especialmente de periodismo y literatura. Ha realizado diversos programas radiales y producciones para la televisión colombiana. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas, antologías, periódicos y medios virtuales nacionales e internacionales. Ha ganado diversas becas y premios entre ellos el premio de poesía Alcaldía de Cartagena, 2003. De sus poemas a realizado numerosas lecturas en variados escenarios.

El jardín donde vuelan los mares

la pervertida
la niña buena de habitación celeste
la silenciosa amante de raíces hondas
la noche encendida que se vuelve piel
La obicua irremediable
que se marcha siempre sin dar un beso
sin confesar que es feliz
que le gusta estar viva
que haber nacido le basta
Y que aprendió a perdonar
por sobre todas las cosas
Y que por eso precisamente
tiene las manos llenas
por eso canta en la madrugada
por eso sonríe cuando le llaman loca
Que llegó desnuda al corazón del mango
sin tenedor ni cuchillo
cerrando los ojos
masticando despacio
Y que amanece contigo por puro despiste
Porque no quiere nada
Porque le gusta comerte
Porque lee a Fallaci
Porque te ama

------- & -------

intensidad

hay crímenes ocultos
que nunca saldrán en la prensa
o en el chismero de la calle desesperada
son muertos que mueren de rabia
apretando en sus mandíbulas el nombre del asesino
está por ejemplo
el bebé descuartizado por su madre solitaria
el estudiante que murió en la requisa
o desapareció en la celda
la anciana envenenada
la niña muda
o el nn de ojos entornados
que nos hace pensar en una ventana
un beso amargo
o un coro de niños bajo la lluvia

está el indio apaleado
el enfermo terminal
que decide que ya es bastante
y el médico que piensa que no
que no ha sufrido suficiente

hay crímenes ocultos
de rara, exquisita perfección
en los que el verdugo se aplaude a sí mismo
a falta de público

------- & -------

necesito existir
para demostrarle a la hormiga
que husmea en mi cocina
que encontraré primero que ella
el tarro de las galletas

------- & -------

mi vida
es un espacio compacto
entre dos orgasmos
el orgasmo es un puente de luz
entre dos ciudades de fuego

------- & -------

palabras finales
(Si quieren tomarlo como epitafio son libres de
hacerlo)

eva del pilar durán
no conoció el arrepentimiento
ni por la humedad de su cuerpo
ni por el fuego de sus lágrimas
buscó la verdad suprema en las revistas
deshojó planetas
construyó imperios de caramelo
cosechó en las nubes
violó normas
mordió el polvo
y fue inferior a sí misma
el mundo no demorará
mucho tiempo en olvidarla

------- & -------

Deseo ocupar
un lugar en el armario
donde se ocultan las palabras
que nadie se atreve a pronunciar

------- & -------

Pegarle una patada
con los pies desnudos
a la jeta del poeta
a su talento impúdico
a su dolor exhibido
a su pene autografiado
a su inútil afán
de abrirse de culo ante el mundo
para mostrar su tormento
anhelando una gloria inservible

E-Mail: evadelpilarduran@yahoo.com

Austria 
Fritz Huber

Poemas - Fritz Huber

Friedrich Huber nació en 1942 en Salzburgo y después de su formación en administración empresarial fue durante 30 años director del departamento de procesamiento electrónico de datos de un consorcio eléctrico austriaco. Las crecientes labores profesionales, impregnadas fuertemente de exigencias analíticas, lo impulsaron a buscar un contrapeso en la escritura. Hasta ahora ha publicado 2 libros de poesía: Ein Segel aus gegerbter Luft (2000) y Ein brennender Fisch (2003), ambos en la editorial AROVELL Gosau-Wien-Salzburg; también contribuyó en la antología Stadtlandschaften von Innsbruck bis Irkutsk (Turmbund-Gesellschaft für Literatur und Kunst, Innsbruck), en revistas literarias y ha realizado lecturas, entre otras para la radiotelevisión austriaca. En los primeros meses del 2006 aparece un libro suyo de poesía en alemán y francés con el título Zwillinge-Jumeaux délivrés im AROVELL-Verlag Gosau-Wien-Salzburg, con el apoyo financiero de la Oficina de la Cancillería austriaca.

Del poemario "Un pez ardiente" ( HUBER, Friedrich, AROVELL Verlag, Gosau - Wien - Salzburg, 2003)

cada cual
en tierra de nadie

la intranquilidad
suspira por el
pabellón de la oreja de los sordos

plumas
tensadas en rosas del viento
memorizan el día
en espirales
manecillas contratadas
mondan el insomne
tiempo

las lanzas de las sombras
raspan un relieve de horas
en el junco endurecido

la orilla de la luna nueva
evoca
el tardío mar

-0-

llueven líquenes
de las cortezas
en barbas de corales
velos cegados por la nieve

una vez por año
para la época del apareamiento
figaro vagabundea
por los bosques

-0-

cortad el cabello
manicurad las uñas
antes de que debajo de los miradores
cambien los anillos del tiempo

sus cimas
solo en tormenta se abrazan
sus esporas
cual hostias diseminan

-0-

allí están acurrucados
en las tonsuras
de las coronas de los árboles
pordioseros de la luz
para capturar
gotita por gotita
sus alas
con ello refundir

grabador de manzanas sin mangas
que en slalom
mendigo de los golpes
pesadamente cae a través
del ramaje de las baquetas

cuando de la cera
de la luz sepulcral a los
mendigos del aire
en las sombras de la raíz
nuevas quillas les crecen

-0-

el sol
marca un medio círculo
sobre la figura de piedra
inclinada en la roca
le crece la cabeza
sobre los hombros
el niño dice
mira
una tortuga

-0-

a lo largo de la cresta
una cerca en el horizonte
asegurada con estacas

un par de estacas
oblicuas
en la porosa mandíbula

en el prendedero se balancean
quemados por el óxido
los ojales

en contradentellada el sol
atragantado
por la jaula de la lluvia

Traducción: Walkala

E-Mail: Friedrich.Huber@aon.at