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XICóATL: Número 60
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Puente Cultural Austria - Costa Rica
Queridos amigos,
Iztarú, hija del cacique Coo, hizo sentir su gran furia entre todos pueblos que habitaban los confines de Nolpopocayán (Centroamérica), haciendo estallar toda la tierra, y con ella, la gran montaña donde fuera ofrendada ante su dios en la cima del volcán, para detener así la furia del cacique Guarco, Gran Señor de Purrupura. Guarco - el Gran Guarco - lloró con amargura, al ver sus hermosas tierras cubiertas de ceniza y la gente de su imperio anegada en el lodo. Entonces Guarco prometió la paz y así lo cumplió. Desde entonces la vida, la belleza y el amor siempre florecieron en Nicoya, Guanacaste, Chicagres, Burica, Churruca, Diriá, Tempisqué, Aquitiva, Caiay, Quiribrí, y Chumazara en Tatiscú.
Y para YAGE es naturalmente una inmensa alegría poder tender este Puente de perspectivas y consecuencias intercontinentales entre Austria y aquella hermosa región, hoy llamada Costa Rica, con la colaboración principal de nuestros amigos que producen la Revista COMUNICACIÓN (en internet bajo www.itcr.ac.cr/revistacomunicacion), desde el Instituto Tecnológico de Costa Rica, en Cartago, la antigua capital costarricense.
Es de anotar que nuestro vínculo con Costa Rica no es nada nuevo: ya desde 1993 nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL está en los anaqueles de la Biblioteca de la Universidad Central de Costa Rica y poseemos un vínculo de amistad con la Revista Repertorio Americano, fundada en 1919, una de las publicaciones culturales más antiguas de América, consultable en nuestra biblioteca León de Greiff de YAGE, al igual que COMUNICACIÓN y otras publicaciones como Revista Herencia y Revista Escena de la Universidad Central. Estoy seguro que con este Puente, que funda un nuevo estilo de intercambio cultural, los lazos de amistad con aquellas entidades y otras más se revitalizarán adquiriendo una nueva dimensión, en provecho de todos los artistas y creadores de las dos regiones comprometidas.
Dr. Luis Alfredo Duarte Herrera Director de YAGE y XICóATL
Con alegría y regocijo iniciamos el Puente cultural entre Costa Rica y Austria. La idea es hermanar estos pueblos a través de la cultura. Por ello nada mejor que intentarlo con sus artistas y sus obras; ellos son, sin duda, el alma genuina de nuestras nacionalidades.
Costa Rica es un país ubicado en América Central con escasos 54.000 Km2 y una población que apenas se acerca a los cuatro millones de habitantes. Se trata de una nación que vive en democracia, que voluntariamente abolió el ejército desde hace cincuenta años, lo cual le ha garantizado una paz duradera. Somos en el concierto de América un oasis de paz y debido a ello hemos logrado índices de desarrollo humano que se asemejan en mucho al de países ricos.
Enhorabuena este intercambio cultural Costa Rica - Austria que sin duda será de gran provecho para nuestros pueblos.
Lic. José Jacinto Brenes Molina Director Revista Comunicación dirección electrónica: jacbrenes@itcr.ac.cr
Dos viejos de paseo- Jorge Luis Ramírez Caro
Jorge Luis Ramírez Caro. Poeta, cuentista y crí-tico de origen colombiano, radicado desde 1983 en Costa Rica. Profesor en la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional de Costa Rica. Entre sus obras se cuentan: Las sombras de la noche (1983), La máquina de los recuerdos (Premio UNA-Palabra, 1992), Sombras de antes (Premio UNA-Palabra, 1997), Las cenizas del sentido (Premio Editorial Costa Rica, 1999). Los rituales del poder (1997), Guía de razonamiento verbal (2000), Los juegos del duende (2002) y numerosos artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras.
Dos viejos de paseo
Esos viejos que van ahí son el niño que vamos a ser cuando estemos como ellos. Si los sigues, verás que van como si no fueran a ninguna parte. Levantan los pies como con miedo a desprenderlo del suelo y lo colocan con otro miedo de no encontrarlo. Pero ahí van. Frotándose las manos de felicidad, como si hubieran planeado de antemano alguna maldad y todo les fuera saliendo punto por punto. Dicen adiós a casi todo mundo y entre sí se preguntan y ese quién es, lo conoces, no sé, dice el otro. Pero saludan con hambre de una voz distinta, una sonrisa, un gesto de mano que se mueva. Voltean a ver la espalda de quien se aleja diciendo par de viejos en la calle, quién sabe a dónde se van a perder.
Si se encuentran con una muchacha se quitan el sombrero y agachan la cabeza como en una ceremonia. Todo con el más completo respeto. "Es una reina", dicen. "¿Sabes de quién es?", pregunta uno al otro. "Ni idea. Pero es hermosa". Se detienen a ver alejarse a la muchacha que se va diciendo par de viejos verdes y alborotados. Pero a ellos no los rozan estas palabras. Son felices de haber salido de sus cuevas, del rincón donde acostumbran sentarse toda la semana. Esperando un feriado, un domingo, una fiesta. Pero sobre todo, a la espera de quien les recuerde qué día es hoy.
Se detienen en las puertas de las casas como si buscaran a alguien, como a preguntar por algún conocido. Nadie sale a atenderlos porque saben que ellos bajan todos los domingos a la plaza o se pasean simplemente para reconocer el barrio, como si esperaran que algo nuevo sucediera o hubiera sucedido para volver a casa y contárselo a sus nietos, como si éstos nunca lo hubieran visto o no estuvieran acostumbrados a esa nueva casa, a esa nueva vecina, a esa nueva palabra que alguien deja caer en el oído sordo y sin fondo de los abuelos.
Van despacio. No tienen prisa por llegar porque saben que el mundo sigue allí y que allí seguirá para sus tataranietos. Saben que llegarán porque ya tienen el camino hecho de tantos otros domingos, de tantas otras veces de salir del barrio un día y regresar otro, a la hora que fuera, nojoda, viva la mondá, escandalizando a las damas dormidas y o a las despertadas por los ladridos de los perros asustados por aquellas dos sombras abrazadas que regresan borrachas a sus casas por la madrugada, preguntándose compa, será por aquí por donde bajamos. "Por aquí debe ser, porque la luna está escondiéndose por allá". Y llegan a sus casas al tanteo, mientras los perros los lamen y los gatos se les meten entre las piernas. "Si fueran un gallo nos los comeríamos en un sancocho", dicen.
Tiempos aquellos de los abuelos, ahora más mansos que unos corderos que por los años no les sale pelo. Mejor no recordemos aquí lo que se cuenta de ese par de viejos limpios y serenos por los golpes de la vida. Que otros se encarguen de desempolvar esos otros años que también son dulces para la memoria de los que nunca han estado en esos zapatos. Ahora van ahí como un par de sabuesos, siguiendo quién sabe qué huellas, buscando quién sabe qué rastro. La memoria se los lleva solitos. De alguna parte de ella les salen esos caminos que abordan, esos recuerdos que persiguen. Van por esa calle que ellos mismos hicieron en la dirección que ellos quisieron, para que nosotros los siguiéramos.
Si uno los ve de frente, directamente a la cara, los dos ancianos se detienen y se puede oír su jadeo de hombres cansados y se les puede ver en los ojos una eterna procesión de soles y de lunas que ya se van para otra vida. El alma los lleva de paseo para que no olviden estos caminos polvorientos, para que no olviden los rostros, las casas, los árboles de esta tierra cuando se encuentren en la otra orilla. Si uno los quiere oír tiene que aguzar bien los oídos y tratar de leer el movimiento gelatinoso de sus labios que no pueden controlar los sonidos: la guitarra de su voz se les ha quebrado y apenas entre ellos sí se entienden, ayudados por los gestos. Son seres más de gestos que de palabras. Uno los ve sentados en sus casas y están en un largo discurso en la soledad. Y ya uno no puede tomar aquella sabiduría y echársela por el oído, porque las palabras se les han perdido y los abuelos no lo reconocen a uno, sino que ven una sombra borrosa que anda de aquí para allá, como mariposa queriéndose pegar a una flor custodiada por los vientos de la muerte.
Si uno quiere ir con ellos tendrá que tener mucha paciencia porque ellos han sacado el día para darse el gusto de ir al parque, sentarse bajo un laurel, pedir un batido de guayaba y otro de níspero y un par de empanadas y quedarse a la sombra para conversar con todo aquel que se les aproxime en son de cualquier cosa. Ellos recuerdan cómo fueron estos pueblos antes de llegar la luz, antes de la bicicleta, antes del automóvil, antes del avión, antes de la anomia. Ellos te cuentan quién sembró la primera casa, quién abrió el primer negocio, cómo se llamaba la señora que hacía las mejores empanadas, los mejores pasteles, los mejores chicharrones. Ellos te cuentan cómo se vino rodando la vida hasta aquí. "Nosotros la veníamos empujando", te dicen. "Porque por aquí nadie se atrevía con tanto tigre que había". Muchos se ríen como si aquello fuera una pendejada. Pero los abuelos te pasean por esos otros días que tuvo la vida.
Uno que los está viendo pasar y que dice ahí van los abuelos, uno ve que se van doblando como espigas, menguando como rosas que no tendrán otro día. Casi jorobados, como si se agacharan para ver cómo un pie le pide permiso a otro para que se mueva. Los brazos temblorosos. Las ropas remendadas, pero limpias y aplanchadas como si fueran para misa. Van apoyándose en sus sombras de más de ochenta años. A veces se pierden en el polvazal que deja un carro.
Agarran el sombrero para que no se los tumbe el viento y se van tropezando hasta que el camino se aclare. "Cómo son las cosas ahora, Cristóbal", dice uno. "Ya casi no se puede andar en la calle", le responde el otro.
Sabe uno que esos dos viejos volverán cuando el sol haya buscado otro horizonte y la luna y las estrellas comiencen a chispear en el cielo. Volverán jadeantes como potros de un largo viaje, con los mismos gestos, levantando el sombrero frente a una muchacha, reparando en las casas, volteando a ver las sombras que son aquellos que pasan y los saludan con el adiós abuelos. Se pararán frente a la misma casa, como si recordaran que allí antes vivía la mujer que los inició y quisieran pasar adelante. Se quedan reparando para adentro, pero sólo ven sombras, y siguen su camino de regreso. Casi por olfato, casi por instinto.
Ellos volverán para sentarse en la puerta de su casa o allá en algún rincón donde los vuelva a golpear la tristeza de los días que no se van rápido para que sus nietos les den unos pesos y les digan hoy es domingo, ahí lo busca el abuelo Chema. Váyanse a tomar un fresco por ahí. Respiren otro aire. Entonces volverán a ser los mismos niños que nosotros llegaremos a ser cuando estemos viejos.
(de Deudas de olvido, inédito)
E-Mail: caronauta@hotmail.com
El pájaro azul - Vicente Alvarenga
Vicente Alvarenga, poeta y narrador salvadoreño, dirige la revista literaria "Círculo", editada en Vallejo, California.
El pájaro azul
Tendríamos seis años de edad, algunos quizás menos, cuando las luces que todas las noches se deslizaban desde la cima del cerro nos distraían de nuestras apasionadas conversaciones infantiles. Como brillantes luceros, todas las noches las extrañas luces empezaban su descenso sobre la silueta oscura del imponente cerro. Nosotros, con los ojos bien abiertos, les seguíamos su descendiente culebreo hasta perderlas de vista sobre el techo de mi casa. Todas las tardes, momentos antes de que el sol se ocultara, mis amigos y yo nos reuníamos en la acera de enfrente de mi casa -siempre me pregunté por qué nos reuníamos en la acera de enfrente y no en la de mi casa; aunque no le atribuía mayor importancia, me parecía extraño ese comportamiento pero creo que a los demás no les importaba tal cosa- y nos sentábamos a hablar de nuestro tema favorito: el miedo. Ya entrada la oscuridad y después de corretear y jugar hasta quedar exhaustos y sudorosos, nos sentábamos, cada uno en su lugar preferido y a la par de su mejor amigo, a contemplar las misteriosas luces que empezaban a descender en la oscuridad. Un día decidimos ir a investigar qué eran aquellas luces y de dónde procedían. Formamos un grupo de seis chicos y señalamos el día que emprenderíamos esa temeraria empresa. Mientras ese día llegaba, todas las tardes inventábamos historias sobre lo que las luces podían ser y de lo que haríamos en caso de que nuestras historias fueran realidad. Yo fui nombrado guía de la exploración por la sencilla razón de que era el único que había ascendido el cerro más allá de donde usualmente nuestras caminatas de fin de semana nos llevaban y, además, conocía la ruta como la palma de mi mano. El día de nuestra exploración llegó presto. A las seis de la mañana ya estábamos revisando nuestro equipo: brújula, reloj, lazos, lámparas de mano, cantimploras con agua, mochilas con comida y dulces, alcohol, azogue, curitas y pastillas para el dolor de cabeza. Los bastones los recogeríamos e improvisaríamos en el camino. Cuando nos aseguramos de que teníamos todo lo que necesitaríamos, emprendimos la marcha. Un grupo de amigos vinieron a des-pedirnos y nos confortaron con sus planes de rescate en caso de que no regresáramos a la hora señalada. Nos desearon buena suerte y a la vez dieron efusivas muestras de la gran admiración que sentían por nuestra valentía. Habíamos trazado un mapa que for-maba una especie de escalera al cielo. Salimos con rumbo al oeste; a media cuadra doblamos hacia el sur, después caminamos medio kilometro hacia el este, torcimos nuevamente hacia el sur y desde allí comenzamos a andar en una forma ondulada: doblábamos, subíamos y bajábamos. Jugábamos y reíamos por el sendero. Llegamos a la línea férrea y nos quedamos contemplando los brillantes rieles que, iluminados por el sol tempranero, se extendían hacia el horizonte hasta perderse en la distancia. Los rieles partían los cañaverales en dos y éstos bailaban suavemente al compás de la brisa mañanera que acariciaba sus puntiagudas espigas y columpiaba sus flores en una sola dirección. Caminamos unos minutos sobre los rieles, haciendo equilibrio, y luego continuamos nuestra marcha. Ya estábamos cerca de las faldas del cerro. Teníamos una ventaja a nuestro favor; y era que si decidíamos retornar, nos regresaríamos de cualquier punto que quisiéramos. Pero la curiosidad, y la aventura más que todo, nos impulsaban a llevar adelante nuestro audaz y hasta irreflexivo plan. Llegamos así a las faldas del cerro, donde la maleza empezaba a engrosar. Ya los caseríos quedaban muy atrás y, además, era tan oscuro que tuvimos que hacer uso de las lámparas, pues, los rayos del sol prácticamente no penetraban hasta allí. La maraña nos causaba un frío que calaba nuestros huesos; pero sabíamos que más arriba, al llegar a una pocita de agua natural, ese embrollo terminaba, y que estaríamos sin protección. Entonces comenzaríamos a sudar a chorros. Así es que nos aguantamos. Avanzábamos rápidamente, pues estábamos obsesionados por descubrir el origen de las misteriosas luces que nos habían impulsado a realizar nuestra audaz aventura. La maleza iba desapareciendo poco a poco y empezábamos a sentir los calientes rayos del sol. A las nueve de la mañana llegamos a la primera loma; allí el zacate era amarillo y los árboles parecían esqueletos asfixiados por las enredaderas de los comepalos. Nos detuvimos brevemente a descansar y a contemplar el trecho que habíamos ascendido. Tratábamos de ubicar en la distancia el lugar de donde habíamos partido, y discutíamos acaloradamente sobre la posición exacta. Continuamos nuestro camino con la mirada fija en la próxima loma. El sudor nos chorreaba por todo el cuerpo, tomábamos agua para mitigar el calor, caminábamos por las veredas formadas por los pasos del hombre-montaña que todos los días bajaba con su cargamento hacia la ciudad. Cada uno de nosotros había improvisado un bastón para apoyarse o simplemente para llevar algo en la mano y sentir a través de él la compañía de la naturaleza. El sol se encontraba casi sobre nosotros cuando alcanzamos la cima de la segunda loma con la que todos nosotros estábamos familiarizados, y llegamos luego a un punto en donde una carretera polvosa cortaba el camino; de allí en adelante sólo yo conocía la región. Me sentía orgulloso de que mis compañeros de aventura dependieran de mis conocimientos topográficos. Pasábamos a través de milpas, ayotales y otros sembradíos que jamás habíamos visto. Los caminos eran interminables, mis piernas estaban cansadas, el corazón me palpitaba aceleradamente, mi cabeza pulsaba incesantemente; estaba agotado. Habíamos llegado al lugar donde la mayoría de las plantaciones era cafetales y distinguí el camino que conducía a la finca de mi tío, punto éste hasta donde yo conocía. Yo sabía que ya estábamos próximos a nuestro objetivo y que de allí en adelante seguiríamos por la carretera polvosa que habíamos cruzado varias veces durante nuestro extenuante ascenso. El sol estaba ya sobre nosotros; era la hora del diablo. Nos sentamos a merendar en la entrada de la propiedad de mi tío. Don Evaristo, el caporal de la finca, regresaba de la ciudad en ese momento, montado en un caballo cargado de matates a los costados. Al vernos sentados al otro lado del portón se nos acercó y al reconocerme me preguntó qué hacía yo por esos parajes. Le contesté que andábamos paseando. Escuchó mi respuesta y, con un "tengan cuidado", prosiguió su camino. Después de merendar descansamos por largo rato. Contemplábamos el lago entre las montañas, el aeropuerto y la ciudad en lontananza. Jactándome de un conocimiento falso, les hice creer a mis amigos que estábamos sólo a media hora de distancia de nuestra meta y les pregunté si querían continuar. La respuesta fue un "sí" rotundo. Llegamos a la cima del cerro, donde el viento hacía silbar los pinares y la brisa era fresca y acariciadora. Un portón de hierro, con sus plateadas alas abiertas de par en par, nos invitaba a seguir adelante. Caminamos por una calle empedrada. Nunca antes habíamos visto un adoquinado como ése, con las piedras bien labradas y tupidas; era difícil distinguir una grieta entre ellas. Cuando elevé la vista me percaté de que estábamos frente a una inmensa casa, rodeada de grama verde y jardines de rosas amarillas. Un pequeño redondel, con una fuente al centro le daba a la casa una majestuosidad imponente. Sentí entonces una pesada mano sobre mi hombro y al voltearme reconocí a Don Apolonio, el antiguo caporal de la finca de mi tío y padre de Don Evaristo. Me preguntó lo que hacíamos en la casona y le contesté que queríamos saber qué había allí. Se sonrió y me dijo que entráramos y que estábamos con suerte porque la patrona se encontraba de viaje por la ciudad. Agregó que sólo estaba él con las niñas. Le pregunté cómo se llamaba el lugar y me contestó: "El Pájaro Azul". No entramos a la casa sino que preferimos irnos alrededor de ella. En el patio trasero de la casa, había una piscina con agua azul como el cielo sin nubes. En la periferia de la piscina habían mesas con sombrillas en el centro y sillas sobre las cuales se hallaban sentadas unas mujeres desnudas y otras semidesnudas, quienes conversaban muy amenamente, exhibiendo sus encantos naturales. En los engramados habían algunas sillas haraganas sobre las que reposaban otras mujeres desnudas: unas boca arriba, otras boca abajo, también exhibiendo su ilícita mercancía. En la piscina nadaban más mujeres desnudas; y de la casa salían otras mujeres semivestidas y risueñas que cargaban bebidas y platos con bocadillos. Se notaba que eran muy felices en aquel paraíso ubicado en la cima del cerro. Nos miraban indiferentemente, y nosotros hacíamos enormes esfuerzos para disimular nuestro aturdimiento. No sé cuantas mujeres había; no las podía contar. A todos nos sorprendió no encontrar lo que buscábamos o lo que esperábamos encontrar. A las dos de la tarde empezamos el descenso. Decepcionados comentábamos lo que habíamos visto y pensábamos en lo que les diríamos a los demás. Sentí que bajábamos rápidamente. Eran las seis de la tarde cuando regresamos a nuestro punto de partida. Ya nuestros amigos se hallaban reunidos en la acera de enfrente de mi casa e incluso ya habían jugado y correteado; estaban sudorosos. Al vernos llegar corrieron hacia nosotros y, llenos de curiosidad, nos pidieron que les relatáramos todo lo relacionado con la proeza que acabábamos de realizar. Acto seguido se sentaron alrededor nuestro y yo empecé a contarles lo que habíamos visto: "Exactamente en la puntita del cerro hay una cueva que llega hasta el mero infierno, en donde el diablo todas las noches se pone a fumar un enorme puro perforado por alfileres. El humo azufrado se transforma en nubes que son visibles durante el día y las chispas que saltan de los puros que fuma el demonio se convierten en luces que durante la noche se deslizan hacia abajo, por las aristas del cerro. Las chispas nunca cesan de salir; no se ven durante el día, pero se siente el calor que producen cuando salen de la caverna."
E-Mail: sfcirculo@yahoo.com
Poemas - Gerardo Contreras
Gerardo Contreras, (25. 8. 1954) es Profesor Asociado de la Universidad de Costa Rica. Fue director del Programa de Cursos Libres de esta universidad. Enseña Historia de la Cultura en la Escuela de Estudios Generales. Ha escrito diversos textos sobre historia de Costa Rica, sindicalismo, realidad nacional, escritores costarricenses y educación superior.
¿Y el amor?
El amor es emocionante y nostálgico pasión y misterio racional irracional
¿Qué pensarán del amor quienes violan los derechos humanos?
¿Con cuál argumento hablarán de amor quienes destruyen la naturaleza?
¿Qué diálogos sobre el amor pueden tener los racistas, xenófobos y homofóbicos?
¿Cuál amor predican los que en nombre de la libertad de mercado ultrajan a niñas y niños en la vorágine sexual?
¿De qué amor puede persuadirnos el acusador, el violador, el asesino?
A pesar de lo humano y lo divino el amor está siempre ahí dispuesto a enseñarlo todo
nos dicen que hay amores que matan que hay amores justicieros que hay amores imposibles
Tenemos que auscultar cual amor está dentro de cada uno de nosotros y hacerlo que deambule, sí, que se extienda a pasos agigantados para no desperdiciarlo ni que desaparezca como los duendes del jardín.
Puntos cardinales
No sé si ir hacia el norte de tu destino o encaminarme al sur de mis presagios
A veces creo que en el este podría encontrar el horizonte de mis inquietantes sueños y en el oeste dormitar la calma de mi espíritu rebosante de pletóricos augurios.
Humus
En la bruma del bosque ascendiendo por los estambres de las orquídeas me encontré tu alma era tan pura como la tierra que las germinó
¡Qué tierra más generosa!
E-Mail: gcontreras25@yahoo.com
Poemas - Brauny Bogantes Arias
Brauny Bogantes Arias, nació en 1948 en Costa Rica, es casado y padre de 3 hijos. Es licenciado en Trabajo Social, máster en Desarrollo Humano y especializado en Políticas Culturales. Desde hace 26 años trabaja en el Instituto Tecnológico de Costa Rica donde es profesor y ha ocupado diversos cargos en la dirección de dicha institución.
A aquel indígena de Kachabli
Aquel día visitamos otros espacios indígenas estaban allí los encontramos Su percepción en armonía siempre con la naturaleza consigo mismos
Quiénes somos nosotros descubridores de su pasado, presente y futuro? el de nosotros sólo el de nosotros para romper cadenas que no nos pertenecen que ni siquiera entendemos
Hoy en medio de la barbarie humana les podemos hablar con orgullo del poder que tenemos para destruirnos a nosotros mismos
Ellos entenderán sí, entenderán que la barbarie siempre ha estado en otra parte afuera de ellos
Aviones que chocan con moles de cemento por pura casualidad, imprecisión, juego o placer para dejar la vida colgando en el aire y volando donde no estoy Porque nunca quise ser otro diferente a la guerra
Vé al encuentro con seres humanos que respetan y valoran la vida más allá de su cuerpo para tocarse y así darse cuenta del significado profundo que existe
Oh! Indígena qué te puedo explicar cómo lo haré de lo que hacen otros hombres amasando orgullo abrazando la venganza y el odio para inspirarse y extirpar el amor!
Dirección: 300 mts. este, 100 norte, 75 oeste de la Municipalidad de Oreamuno, Cartago - COSTA RICA E-Mail: bbogantes@itcr.ac.cr
Borges y el testimonio - Rafael Lara-Martínez
Rafael Lara-Martínez nació en El Salvador. Estudió linguística en México y Francia, país en el cual completó su doctorado. Realizó estudios de posdoctorado en literatura latinoamericana en Carolina del Norte. Ha publicado numerosos artículos y libros sobre literatura centroamericana y sobre lenguas indígenas en varios países, Actualmente se desempeña como Profesor Asociado de Lenguas Extranjeras en el Instituto Tecnológico y de Minas de Nuevo Mexico.
Borges y el testimonio
"Mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre" Jorge Luis Borges
Sólo los desmemoriados no recuerdan a Ireneo Funes. Pero más desmemoriados aún lo son aquellos que le niegan a ese corto relato el carácter de testimonio. Dos escuelas se debaten aquí. Por una parte, se hallan los que defendemos el legado testimonial del escritor argentino Jorge Luis Borges; por la otra, los que lo detractan, pretenden corregirlo y condenar sus escritos por el pésimo uso de un término.
Estos últimos han entablado un juicio de apelación ante la Real Academia de la Lengua y ante la Corte Suprema de Justicia. Argumentan que el porteño nunca transcribió un solo testimonio. Por tanto, proponen una minuciosa revisión de la obra. Cada vez que aparece ese concepto, o uno de sus sinónimos (atestiguar, por ejemplo), el relato o el poema será mutilado, si no proscrito. Más grave, juzgan, es el espejismo al que nos enfrentan los escritos que imitan el formato testimonial en la primera persona.
Tan encarnizados están en su posición que, en muchas grandes bibliotecas universitarias de los EEUU, ya no se encuentra un solo ejemplar que refiera el término en cuestión. Meticulosamente, han tachado la palabra o bien la han cortado con una aguda navaja. Hay libros que exhiben páginas enteras pintadas en blanco, e incluso se habla de anaqueles vacíos.
Yo he podido reconstruir las omisiones; por fortuna, cuento quizás con la única obra completa que ha sobrevivido el desastre. Esta la guardo con celo, a pesar de los conflictos que me ha ocasionado con mis colegas, entre otros, el obligarme a vivir en el más recóndito y solitario desierto. Desde años inmemoriales, por esa repulsión, me volví del gremio de la arena y del polvo: el del internet. Casi no converso con nadie, salvo por correo electrónico.
En ciertos lugares, el boicot ha alcanzado tal extremo que todo estudiante deseoso de revisar la obra, es expulsado de inmediato por revisionista. La misión política es implacable. Quieren imponer la idea de que sólo la denuncia novelesca de una comunidad oprimida tiene el derecho a reclamarse como testimonio. Todos los demás, Borges incluido, han usurpado ese derecho y merecen un castigo inclemente. Indaguen los incrédulos el más moderno instrumento de búsqueda, FirstSearch/WorldCat; no hay un solo comentario dedicado al testimonio borgeano.
Pocos son los que seguimos en pie, en el riguroso desierto. Sin desertar, seguimos en pie conversando, abrazando los cactos; ellos nos han sugerido escribir una crítica más punzante, más apegada al medio ambiente que nos envuelve. Seguimos en pie confirmando la naturaleza testimonial de la magna obra borgeana. De ese vasto testimonio, rescatamos ahora el de un hijo de una humilde planchadora: Ireneo Funes. Muchos aprendimos de él lo que significa el arte de la poesía.
El proyecto callado de Ireneo es el del balance. Hay que buscar el punto medio entre los opuestos. Ni memoria absoluta ni total olvido; ambos extremos son sinónimos de demencia. El medio. Pero el medio es ambiguo; es a la vez la división (entre/between) y lo que ambos términos comparten (mileu/midst). Lo que une y separa a las extremidades, es la poesía, origen y destino de la lengua. Recuerdo y amnesia repartiéndose una materia en común en la disonancia: la palabra.
Una palabra hueca y llena de igual manera. Mantiene una parte oscura en su lucidez; aconseja que la plenitud se apoye en el vacío. Está hueca, porque todo nuevo descubrimiento procede de una pérdida; llena, porque abraza el acuerdo sin desechar el desacuerdo. Resolvemos la memoria desde lo inmediato; desde la más concreta vivencia, recibimos el retorno del destino. Aunque nuestra morada sea potencia sin acción, el estudio, sabemos que también transmitimos el olvido. Hay algo no dicho en toda palabra; algo sin vivir, en toda vida.
Algunos que polvosos me han visitado del extranjero -reconozco que ya no sé si subsiste un territorio ajeno a este inmenso desierto- me refieren que la poesía imita la tarea del arado. Es verso y reverso. Agricultura y poesía, sostienen, poseen un igual doble sentido. Cruce, les repito yo, pero los peritos en la materia lo llaman encabalgamiento. Otros prefieren el uso de un término extranjero: versura. Aseguran que el giro del arado, del final de un surco hacia otro nuevo, le concede una nota de discordancia a la poesía.
El verso y su reverso se entrelazan también en un punto medio. Medio que expresa la infinita tensión entre medida métrica y sintaxis, entre sonido rítmico y sentido. Sólo quien mantiene esa tesura ha asimilado las enseñanzas de Ireneo. Ese fue su humilde testimonio. Si la vocación abarca memoria y olvido, la inspiración ciñe lo oculto y la revelación, la plenitud y la nada.
Sirva este corto escrito para dar noticia de lo inverosímil. Todavía tengo en mis manos la obra completa del porteño. Tal vez alguno de mis lectores, aventurero y poco dado al temor, se atreva a visitarme en estos confines de Aztlán; tal vez se arriesgue a hacer una transcripción exacta y sin mutilaciones de la misma; sólo los muy osados la darán a conocer al resto del mundo, a todos aquellos que sólo recibieron (Kabbalah) una sección censurada y sin testimonio. "He atestiguado el mundo; he confesado la rareza del mundo/he dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre".
Yo solo, sinceramente, ya no puedo; mis manos están demasiado agrietadas de palpar los consejos del nopal…
Dirección: Humanities, New Mexico Tech, Socorro NM 87802 - USA E-Mail: soter@nmt.edu
A propósito de la actual crisis argentina - Juan María Solare
Juan María Solare -nació en Buenos Aires en 1966. Es compositor y pianista; vive en Alemania desde 1993.
A propósito de la actual crisis argentina
¿Cómo explicar la actual crisis en la Argentina? Habitualmente, la bancarrota no tiene sentido en un país rico. Las graves deficiencias de administración no resultan una explicación convincente; ni siquiera es suficiente la galopante corrupción, porque -a pesar de todo- nadie serrucha totalmente la rama del árbol donde está sentado. El clisé (bastante difundido a nivel popular) según el cual "los latinos no saben gobernarse, son vagos y un desastre como sociedad" sería solamente ridículo si no fuera ofensivo y peligrosamente pro-nazi, pues justifica golpes de estado e intervenciones "salvíficas" de gobiernos externos. Por cierto, este pensamiento tiene un propulsor concreto, Mr. Paul O'Neill (el secretario del Tesoro de EEUU), quien entre otras maravillas afirmó que "los argentinos constituyen una sociedad desorganizada". (Reemplace la palabra "argentinos" por "judíos" o "negros" o cualquier otro grupo, y verá por qué lo considero un pensamiento intrínsecamente neo-nazi.)
Como es sabido, los medicamentos nuevos se experimentan primero en los países pobres. Co-mo es sabido, los experimentos nucleares tienen lugar en "zonas alejadas" (es decir, no habitadas por "gente como nosotros"). Y -tal como la actual crisis argentina muestra- las recetas económicas se testean primero en países de menor importancia.
Pues bien, el "medicamento" que se probó en la Argentina es la doctrina neoliberal. Así como en un laboratorio se experimenta con ratas, aquí se ha experimentado con latinoamericanos, para ver qué ocurre cuando se aplican sistemáticamente y sin freno las fórmulas económicas del neoliberalismo y la doctrina social de la globalización. Lo uno se refiere al ámbito financiero, lo otro al ideológico. Se trata de un "experimento científico" para comprobar hasta dónde aguanta el ser humano; las experiencias de Mengele & Company nos recuerdan que la idea en sí no es nueva, sólo su campo de aplicación. Antiguamente se consideraba que en el área de la investigación sociológica no es posible planificar experimentos de laboratorio porque se trata de seres humanos, pero la experiencia tercermundista contradice esta ingenua hipótesis.
Lo que ocurre en la Argentina no es -no debería ser- una mera glosa marginal para los diarios europeos (contrariamente a lo que me escribió el director de Musiktexte, una prestigiosa revista musical de Colonia: "Mire, desde la óptica centroeuropea el tema merece más bien una glosa que un informe"; "Sie sehen, das Thema ist aus mitteleuropäischer Sicht eher eine Glosse wert als einen Bericht."). Entre otras cosas, y aun sin apelar a indemostrables argumentos éticos, la debacle argentina no es sólo una anécdota periférica porque fórmulas e ideologías similares comienzan a desmontar el sistema social europeo y anular las conquistas sociales que se lograron mediante décadas de trabajo. Derechos del trabajador, sindicatos, seguro de desempleo, jubilación; recuerde bien estas palabras porque pronto serán historia. Serán reemplazadas por flexibilidad laboral, contratos temporales y otras expresiones que ya oye usted a su alrededor.
¿Se acuerda de ese poemita de Bertolt Brecht?: "primero se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista no me importó", etc, etc, "Ahora vienen por mí, pero ya es tarde." Así que tenga cuidado, señor, con los modelos que acepta, porque hoy le toca a la Argentina, a mi país, pero mañana al suyo.
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Poemas - Angelika Moser
Angelika Moser nació el 5 de diciembre de 1968 en Innsbruck. Estudió en la Universidad de Innsbruck y es Magister en español e italiano. Ha escrito la novela aún inédita "beinahe ein Roman" ("casi una novela"), la colección de poemas titulada "Zeitgeister" ("Espiritus del Tiempo") publicada en 1998 y numerosos cuentos. La radio del Tirol ha hecho una extensa audición dedicada a presentar su obra literaria, en especial sus poemas y cuentos. Es también amante de la fotografía y sus trabajos en este campo han aparecido en el principal diario del Tirol y una exposición. Se dedica también profesionalmente al diseño web (ver su página www.pepperweb.net). Es muy destacado su trabajo en cuanto a la traducción al alemán de literatura corta italiana y muy especialmente latinoamericana. Desde 1996 es una de las más preciadas colaboradoras de YAGE y el Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL.
I
Me quieres Cercana, melosa, sumisa, acaso servil, muy suave, reutilizable.
Me quieres, atrevida, virtuosa lavable, autodepurable, sin hilachas, sin palabras
Me quieres, exclusive, inclusive abatida, brillante, lozana, formada
No me quieres a mí
II
Del pastar del tiempo está mi recuerdo enteramente vacío. En alguna parte en algún rincón has encontrado abrigo. Cómo pudiste sobrevivir allí, cuando mis recuerdos sobre tí ha tiempo fenecieron O por lo menos lo parecieron.
III
En la tarde a las cuatro y media en la espesura del acelere citadino encuentro un rayo de sol que recojo como un nomeolvides abandonado al borde de la carretera entre empolvados adoquines. En mi bolso hay espacio todavía para un puñado de felicidad.
IV
No elegible es la forma de tus palabras, que gotean desde tí como lluvia sobre un canalón oxidado. Se estrellan contra el suelo de tu verdad y se hacen humo en el calor de mis momentos.
V
Si no estuvieras distante, no tendría que escribirte poemas. Ninguna palabra saldría como por encanto del cilindro que alberga mis noches insomnes.
Estuvieras aquí, a mi lado, bastaría una mirada. Empero confío que mis palabras te alcancen y no se ahoguen bajo el peso del matasellos.
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