Statistik Statistik Galerie Sitemap
XICóATL: Número 58
CONTENIDO:
>> Download XICóATL No 58
Puente Cultural Salzburgo - Antioquia
Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra, deja que aspiren mis hijos tus olorosas esencias Oh libertad, Oh libertad.
Coro del Himno de Antioquia
Apreciados socios y amigos de YAGE y XICóATL,
el Departamento de Antioquia, en Colombia tiene una extensión equivalente a más de las tres cuartas partes del territorio austriaco. Su capital es Medellín, ciudad antiguamente llamada "La tacita de plata" por la ejemplar limpieza de sus calles y plazas, nombre que desafortunadamente no pudo conservar. Medellín tiene una característica propia de esas grandes concentraciones (in)humanas llamadas metrópolis que propicia el capitalismo: de ella se puede decir lo mejor pero también lo peor. De cualquier modo un hecho es bien cierto: al pueblo antioqueño le debe Colombia la más grande colonización emprendida en su territorio, y la creación y mantenimiento de los asentamientos productivos más importantes del país. Porque "el paisa", nombre con el cual suele llamarse al antioqueño, es el prototipo de hombre trabajador, honrado y visionario que necesita cada nación para poder nacer, crecer y madurar como tal. Fue el antioqueño quien abrió a golpe de hacha y siembra - no de saqueos, compo-nendas políticas o especulaciones en la bolsa - las sendas del llamado progreso de Colombia, sobre bases ciertas y duraderas. Medellín ha sido el eje económico más importante de aquel país - especialmente en el sector industrial - mucho antes de ser convertida también en el hogar del famoso cartel de la cocaína. A través de este Puente Cultural que establecemos entre Salzburgo y Antioquia mostraremos las facetas que nos interesan de las dos sociedades que pretendemos ligar: las del arte, la ciencia y la cultura. Y en ese desarrollo esperamos la integración de personas y entidades de las dos regiones que colaboren en la realización de las metas propuestas. YAGE, Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoameri-canos de Austria y la Revista Cultural RAMPA colocamos hoy, en los respectivos territorios, la primera piedra.
Dr. Luis Alfredo Duarte Herrera Leiter von YAGE
Es muy grato establecer un puente cultural entre el Estado de Salzburgo y el departamento de Antioquia, en Colombia, guiados por la meta eliminar fronteras, rescatar la identidad de los pueblos y presentarla en sus manifestaciones culturales más actuales. La imagen que tiene Antioquia ante el mundo, y más exactamente la ciudad de Medellín, es la de un foco de violencia, narcotrafico, junto a un abanico más de problemáticas. Colombia ha sido estremecida e incluso paralizada por un espiral incontenible de desafortunados sucesos que en el exterior le han proyectado la imagen de ser el país más violento del mundo. En tal percepción prevalece lo imaginario sobre lo real. Las naciones se relacionan entre sí mediante la imagen que tienen unas de otras. ¿Pero hasta qué punto esa imagen que proyectamos ante el mundo corresponde a la realidad? En este intercambio que se inicia con los países de habla alemana y el resto de países hispanoamericanos nos proponemos mostrar un notable potencial de imaginación y creatividad antioqueño, fundamento real de nuestra esencia, que día a día hace su despliegue, en ocasiones a escondidas de las diversas inquisiciones.
Rubén López Herausgeber der Kulturzeitschrift RAMPA
Manuel Mejía Vallejo en el taller de La Piloto - Rubén Dario López
Rubén López nació en Santa Rosa de Cabal (Colombia), en 1956. Es editor de la revista cultural RAMPA y trabaja en una distribuidora de libros. Estudioso del psicoanálisis, ha publicado La concepción freudiana sobre el mundo exterior, Momentos del psicoanálisis en Colombia, La luciérnaga psicoanalítica, y Hacia una estética psicoanalítica.
Manuel Mejía Vallejo en el taller de La Piloto
A pesar de venir desde su finca llamada "Ziruma", que en guajiro significa "cerca del cielo", Manuel Mejía Vallejo llegaba los miércoles al taller de la Biblioteca Pública Piloto, bien trajeado, con su aire campechano y su porte de patriarca (al igual que Carrasquilla era un maestro montañero y oloroso a enjalma) y compartía con nosotros los talleristas su experiencia literaria. En esas tardes, de cuatro y media a seis, nos regalaba su visión sobre la literatura: «Si no se conocen las reglas de la literatura es difícil escribir bien»... «Las frases bonitas no hacen literatura»... «No hay nada nuevo bajo el sol, casi todo ha sido dicho y lo que hay que encontrar es una nueva manera de decir»... «La literatura es irresponsable: todo lo puede decir, no hay temas prohibidos»... Y aconsejaba ponerse en guardia contra el adoptar una pos-tura moralista hacia la literatura. Los talleristas nos reuníamos en su generosidad y su vocación literaria absoluta. Pero atención que el camino sin espinas ni abrojos de su generosidad tenía unas fronteras delimitadas por su implacable sentido crítico. Escoltado con sentencias como las de que «nadie tiene derecho a molestar al lector con chambonadas», «no hay que tomarse muy en serio», o «hay que desconfiar siempre de lo que uno escribe», a quienes le llevaban al taller escritos sin mayor valor les decía que mejor se dedicaran a vender empanadas y morcilla, a sembrar yuca y papa o a otra cosa que no fuera la literatura. Héroe de mil batallas, afrontaba cualquier discusión por bochornosa que fue-ra armado con una crítica con peso de aplanadora y a veces un tanto desbocada por la desinhibición provocada por el vaso de ron con Coca-Cola que ingería en la hora y media que duraba el taller. Ante los petulantes pavos reales que aparecían por la Piloto ocasionalmente y le lanzaban dardos envenenados a su persona o a su escritura, ~ y que de inmediato se marchaban para seguir su camino tapizado de hojarasca ~ tenía una posición reflexiva y suficientemente curtida por los muchos años de experiencia, como la de decir que la rebeldía viene desde lejos y no por la vanidad del decir siempre "no", del rechazarlo todo. Ironizaba sobre quienes se creían unos genios incomprendidos o sobre quienes pensaban que «Yo no fui genio porque mi tía no me dejó», pues no eran más que unos globos inflados como los oradores de nuestro pueblo (no de nuestra nación porque no tenemos). Y cuando uno de esos rebeldes sin causa reaccionaba bruscamente ante su dura crítica, él apaciguaba los ánimos levantando la palma de la mano a la par que decía: "¡Calma pueblo!". Tampoco faltaban quienes querían disfrutar bien pronto del flash de la fama. A ellos les sostenía que querer sobresalir de inmediato era la mejor manera de no sobresalir. Había que saber esperar, ahondar en las cosas. Y recomendaba dejar reposar un escrito durante un tiempo para que madure y luego volver sobre él a decantarlo, a eliminarle el ripio: «El tiempo decanta mucho más que la impaciencia», decía. Muchos de los que eran o fueron integrantes del taller habían ganado concursos literarios. Pero él, que hizo parte del jurado de muchos de ellos, era tan escéptico con tales concursos como ante un camino tan trillado como el amor en la poesía. Opinaba que los concursos literarios eran una lotería y no garantizaban la calidad del ganador. Además podían hacer mucho daño pues el incienso se subía a la cabeza de muchos ganadores y eso los mareaba, mejor dicho, los embobaba. En el taller literario cuestionaba donde tenía que cuestionar y reconocía donde tenía que reconocer. Un «trabájelo más», traducía que siempre era menester caminar un kilómetro más. Un «está bien escrito», significaba que redactar bien era un deber. Un «tiene cosas buenas», comportaba el sentido de que existía la posibilidad de que el escrito llegara a ser bueno. Un «¡eso está muy bonito!», significaba la poesía en vuelo. Y ello con ciertos rasgos academicistas por la calificación de uno a cinco que le ponía a los escritos que desde semanas atrás le habían entregado los talleristas y él los leía en su finca "Ziruma". Con todo, su sencillez daba clara cuenta de que no era de esos profesores académicos vanagloriados por un saber sordo, muerto, disecado en una urna de cristal, como una crisálida en su capullo y divorciado de la muy crítica realidad nacional. Aunque escribir sobre la violencia colombiana no es una obligación para el escritor. Una noche después del taller compartí con él unos tragos en Bolero Bar, en compañía de otras personas. Me llamó la atención su silencio permanente que nada tenía que ver con la indiferencia ante los cantantes de tango que intervenían esa noche en el lugar. Y pensé que efectivamente, como dice Sábato, los escritores deberían practicar el idioma de las nubes: mantener un enigmático silencio y al escribir tronar. La suya era, por cierto, una actitud contraria a la tertulia de la tarde en el taller, en la que relataba anécdotas de su vida familiar y personal, como su amistad con Miguel Ángel Asturias cuando Manuel vivió en Guatemala. Los trucos y técnicas literarias algunas veces los anunciaba en clave y siempre a cuentagotas, o diríase que estratégicamente para quien los agarrara al vuelo en el momento de dar su apreciación sobre el escrito de un tallerista. Podía ser, y era lo más frecuente, que lo presentado por el tallerista aún estuviera muy crudo y entonces él le preguntaba a quiénes había leído y lo remitía a las fuentes universales de los grandes escritores según el género de que se tratase: novela, cuento, ensayo, relato, poesía. Era impresionante el conocimiento que tenía sobre escritores y corrientes li-terarias. Recalcaba en leer mucho a los poetas para mejorar en la prosa y darle una mayor belleza literaria. Y a propósito de los poetas, leía en el camino de su memoria poemas enteros de José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Gabriela Mistral, Aurelio Arturo, Carlos Castro Saavedra, Barba Jacob (a quien más admiraba de todos ellos) o León de Greiff, del que mostraba una gran preferencia por un fragmento de unos de sus poemas: Juego mi vida, cambio mi vida, De todos modos la llevo perdida. Así demostraba su reconocimiento por las calidades de algunos de nuestros poetas. Pero ningún poeta lo sacudía tanto como el peruano Cesar Vallejo. Iba de lo más profundo (ejemplo: «Yo no creo en la verdad literaria») hasta la más elemental, como el deber de ser más original con los títulos de los escritos, o que siempre había que evitar el verso o la prosa rimada a la manera de los trovadores. Así se mostraba radicalmente contrario al adjetivo, pues califica al sustantivo, y este trabajo debía hacerlo el lector. No creía en la inspiración o, para mejor decir, no creía en el cuento de la inspiración poética, en "el alma visitada por lo divino", según Platón. Y era natural que no creyera en ella, ajeno como era al camino facilista de esperar que llegue la musa para poder escribir. Porque el hecho de esperar las musas servía de pretexto para no trabajar con constancia. Y un escritor debía escribir a diario. Por otra parte, había que evitar el tono lastimero, melcochudo, que confunde la ternura con la sensiblería, especialmente en el caso de los diminutivos utilizados en cuentos para niños. Mejía Vallejo recomendaba la naturalidad en la escritura, contrario como era a la forma artificiosa, azucarada, forzada, que se le escucha hasta el pujido, de quienes se mueven en el camino oscuro de lo no vivenciado. Eran sentencias sencillas donde estaba implícito el caminar al paso del otro, sentir con el otro, y sin perder de vista que la literatura es una cuestión de detalles. Pues sus indicaciones, al igual que los manuales de redacción y ortografía, ayudaban pero no eran suficientes. Además, eran bien difícil dar normas para escribir bien. «Lo que sí hay que evitar es que lo propio se parezca mucho a lo de los demás», dijo una tarde invadida por el esplendor mitigado y agradable de la luz. Sabía muy bien que para captar la realidad se requiere de una buena imaginación, como lo decía Rulfo, a quien conoció personalmente en Centroamérica. A menudo comenzaba el taller con la pregunta de si teníamos una idea nueva y siendo consciente de lo difícil de ello: «El que cree una idea nueva en literatura está salvado. Desarrollarla es fácil». El arte de escribir consistía en reducir, como el escultor talla la piedra. Corregir un texto cuantas veces fuera necesario se constituía en una obligatoriedad, máxime cuando había escritores como Shakespeare que corregían interiormente antes de escribir. Con la consciencia de que entre lo correctamente escrito y lo muy bien escrito existía una gran diferencia. Un aspecto interesante del carácter de Manuel Mejía Vallejo era el estar desprovisto del irresistible orgullo intelectual. No obstante su importancia como escritor, no vacilaba en extender su mano generosa a cualquiera. Incluso personas que llegaban por vez primera (no existía requisito alguno para ser admitido en el taller) podían ser escuchadas y opinadas. Todo esto constituía un enorme estímulo para quienes ingresábamos en el bosque de la creación literaria. Su refinada cultura no excluía el creer que tenía que haber un orden superior que dirigía toda la navegación celeste (se entendía que un Dios). Mas no concebía la existencia de un "Más allá" y afirmaba con su humor fino que el Cielo o el Paraíso le parecía muy aburridor, mientras que en el infierno estaría feliz tomando ron con Brigitte Bardot, Sofía Loren y Marylin. Su narcisismo (condición ineludible para que exista un artista) se dejaba seducir al recibir la copa rebosante de adulación. Asimismo era palpable su idealización hacia la mujer ~ tan común en los escritores ~ cuando en forma reiterada se refería a las novias que había tenido en Centroamérica laborando como periodista. Sin duda, el escribir implica una fase previa: la subjetivación, es decir, haber experimentado o hecho parte de sí lo que se escribe. Y en efecto, ¿cómo podré escribir sobre París, Londres o Madrid si no he conocido ninguna de esas ciudades? Para dar un ejemplo, en Centroamérica Mejía Vallejo enfermó y le diagnosticaron cáncer. De regreso a Colombia, y al pasar por Panamá, escribió un cuento con un título adolorido: "Miedo". O este otro ejemplo que se ciñe a su personalidad: «Es imposible pintar a un rebelde si no hay una inmensa rebeldía dentro de uno mismo». De unas cuarenta personas que asistíamos constantemente al taller (otros iban y venían como aves migratorias) por lo menos la mitad eran gomosos de la literatura que leían con fruición. Los demás trataban de escribir y escasamente dos o tres se perfilaban como verdaderos escritores, ya que poseían pies para caminar cualificados kilómetros. Por ello afirmó que el taller de escritores era (es porque todavía continúa, ahora dirigido por Jairo Morales) en realidad un taller de literatura. Y todo porque cuando alguien se siente escritor alza vuelo para comenzar a definir su propio estilo y si quiere ser un ave de alto vuelo renuncia a los talleres definitivamente, evitando así identificarse con los vicios y manías de quienes los coordinan. (La gran mayoría de quienes asistían al taller de Mejía Vallejo, al menos en los años en que estuve, se quedaban simplemente admirándolo). Y sobre todo porque, como él decía para no crear falsas ilusiones: «Aquí no se le enseña a escribir a nadie». Y en verdad nadie puede señalarnos el camino que debemos recorrer ya que cada cual es único, distinto, diferente, tiene su propio mundo, y esto lo hago extensivo a todos los aspectos de la vida. Ese aire sosegado y campechano suyo mezclado con el bullicio citadino, pero so-bre todo su amor por el campo y su paisaje complejo, lo llevaron una tarde de taller a que se leyera "Que pase el aserrador", del escritor antioqueño Jesús del Corral, y a afirmar que era el mejor cuento de América, criterio que no comparto y que a lo mejor estuvo influenciado por el regionalismo. Y anotaba que entre más sentidos intervengan mucho mejor, que una producción literaria debía tener olor, sabor, color, mú-sica y tacto. Leí los maravillosos Cuentos de zona tórrida ~ varios de ellos confeccionados magníficamente en Centroamérica ~ y Otras historias de Balandú, y me percaté que Mejía Vallejo era preciso como una balanza y aplicaba a carta cabal aquello que siempre pregonó en el taller literario: «El cuento es como un puño cerrado», «una serpiente mordiéndose la cola», «no le falta ni le sobra nada» y «como su nombre lo dice, hay que contar algo». Pero contar algo que interese y no aceptaba los regueros de tinta en los que nada pasaba, como ocurría cuando se trataba de un anecdotario. Evoqué todos estos recuerdos apilados sin pretender convertirlos en la concepción amplia y universal que el maestro antioqueño Manuel Mejía Vallejo tenía sobre la literatura. Quienes nos reuníamos en el taller fuimos privilegiados y mucho más si podemos dar testimonio de ello. Es un privilegio que compartiremos en lo que resta por venir y que el camino de la vida con sus piedras incrustadas ya no podrá quitarnos.
Dirección: Apartado: 52783 Medellín - COLOMBIA E-Mail: rdlr@epm.net.co
Um morto coberto de razão - Cyl Gallindo
Cyl Gallindo é jornalista filiado ao Sindicado dos Jornalistas Profissionais do Distrito Federal / Brasília, e escritor, membro da Academia de Letras do Brasil, sediada em Brasília, do Instituto Histórico e Geográfico do DF, da ANE - Associação Nacional de Escritores e da União Brasileira de Escritores - seção de Pernambuco.Trabalhou para o Jornal do Commercio, Diário de Pernambuco, Jornal da Cidade e TV-Universitária (Recife), foicorrespondente do Jornal de Letras (RJ), colaborador da Gazeta do Povo (PR) e membro (fundador) do Conselho Municipal de Cultura do Recife. Publicou onze livros de prosa e poesia,
Um morto coberto de razão
Estou morto. Afirmo isto baseado no esforço que fiz, além de tudo que se possa imaginar, para saber se estou vivo ou morto. Necessitava ter certeza. Senti, contudo, que havia sido um esforço fluido. Estou certo de não haver movido um fio de cabelo do meu corpo, nem uma célula, falando mais apropriadamente. Meu corpo está inerte, estático. Colado sobre uma mesa de mármore ou ferro - não posso precisar. Aliás, devo logo aceitar a realidade de que par os mortos já não existem detalhes. Tudo se converte numa unidade absoluta. Indizível também. Mas isso são palavras. As palavras, diante da morte, também são detalhes. Não é que eu houvesse pensado assim, em vida. Algumas vezes, que não foram tantas, nos meus vinte e cinco anos de existência, pensei na morte. Sem morrer, claro. Pensei como todos os vivos pensam. Só que as minhas possibilidades de morrer não foram cogitadas: sempre achei que não morreria. Julgava que a morte incluía a vida, mas nunca que a vida fosse um todo, incluindo a própria morte. Isso sem acreditar nessas coisas da Divina Comédia. Acreditava que essa encenação de vida eterna, céu, inferno, não passava de um comédia. E distinguia alma de espírito, de modo didático, para o consumo próprio. Afinal o homem necessita crer em alguma coisa, ainda que seja crer que crê ou que não crê. Nas minhas teorias, a alma motiva as religiões. A alma permitiu a invenção da vida eterna e do mistério e da sua própria imortalidade. Alma é medo. Medo. Já o espírito é dinâmico, como uma centelha que o fogo cria. Esfregar um fósforo - um simples palito provido de uma cabeça composta de materiais inflamáveis - contra a superfície áspera e ver acontecer a materialização do milagre do fogo. Só que esse espírito, diferente da alma, não está predestinado a ser salvo ou condenado pelas próprias ações. Existe, simplesmente existe. Como existe uma essência em potencial entre a cabeça do fósforo e a superfície, e que se manifesta ao atrito de um com o outro. Mas, ninguém pode afirmar que existe algum deus, lá no céu, esperando o fogo apagar para julgá-lo pelas suas ações e condená-lo ou salvá-lo. Nenhum deus se interessa pela alma do fogo. Imaginei, ainda, o homem extraindo o minério de ferro da terra, forjando peça por peça e chegando a fabricar um objeto que, ingerindo e assimilando combustível, tenha vida, individualizada, autônoma, só que em escala diferente da nossa, da dos animais e plantas. É um objeto automóvel. Não existe, porém, nenhum deus esperando que o automóvel chegue ao fim de sua vida metálica para julgá-lo e, igualmente, salvá-lo ou condená-lo pela suas ações. Estou aqui, agora, nesta mesa, certo de que pouco a pouco me incorporo à sua frieza. Quero gritar. Quero, pelo menos, dizer alguma coisa, mas não posso. Ouço vozes. Algumas muito nítidas. Choro e lamentações: Como pode? Tão novo, tão cheio de vida, fazer uma bobagem dessa?! Não sei, também, como pôde. Examinando direitinho, minha vida havia sido, toda ela, de bobagens. Sempre fui considerado um "a". Apolítico, arreligioso, ateu, avaro, anormal. Anormal, pronto, é a síntese. Para minha família, fui um egoísta; para as namoradas, um tarado; para os poderosos, um humilde; para os humildes, um metido-a-besta; para a professora, um incapaz. Ah! Diga-se de passagem, foi a professora quem descobriu a nulidade que fui eu. Depois, vieram os colegas de classe e os meninos da rua me rebatizando de olho de banha, puxa-puxa, gaguinho. Eu vivia como um feto nadando bolsa de anormalidade. O líquido amniótico de minha existência era anormalidade. Neste momento, porém, meu curriculum vitae está se transformando. Entre choros, lamentações e frases de incredulidade sobre minha atitude, surgem palavras de elogios à minha pessoa. Reconhecem minha jovialidade, minha maneira alegre de encarar a vida, a correção de minhas atitudes, minha bondade e quantos predicados mais. Já não posso reagir. Coincidência: estão utilizando-se da morte como razão da vida. A casa, quando não é nosso lar, dificilmente conhecemos toda a sua beleza interior: o recanto de parede que, hoje, abriga uma teia de aranha, ontem, foi o lugar onde se acalentou uma criança que chorava. Neste momento todos têm pena de mim. Lamentam-me. Vêem de fora uma beleza interior minha. Antes não. Nas ruas, nos bares, pessoas que nunca vira, falavam de mim. Cruzava em toda parte com olhos de críticas e sorrisos de mofa. Como a humanidade, por natureza, é cruel, maldita. Ninguém gosta de ninguém. Aplaude-se na hora da glória e se cospe na cara na hora da desdita. Estou ferrado por essas cusparadas. Somente agora chegam-se a mim com lamentações. Tudo isso não passa de aplausos ao meu fim. Para um fim trágico, fisionomias trágicas. Até nisso a humanidade é insuportável: modela fisionomias apropriadas para cada momento e cada ambiente, mesmo que essas máscaras contrastem com o aspecto do coração. "Tchau, filho da puta!" - segredava cada um, dentro de si, para meu corpo na mesa frias. "Tchau, filhos da puta!" - retribuía aos vivos que se retiram para cuidar da VIDA. Estou sentindo enorme vontade de viver. Sinto profunda vontade de, pelo menos, gritar a todos que não quero morrer. Não há a menor possibilidade de contato com ninguém. Não constato sequer que existem outras pessoas. Sei que ouço vozes. Sinto a vida palpitando fora de mim. Eu mesmo, no entanto, não sei se estou dentro ou fora do meu corpo. Gostaria de ver meu corpo na mesa fria. --Como foi ... ? --Não sei, minha filha. Ouvimos o tiro... os meninos correram para o quarto e o encontraram tombado numa poça de sangue. Eu sabia que falavam de mim. Sabia também como havia sido tudo. Eu me suicidei. O suicídio é um choque brutal entre duas forças contrárias e de igual intensidade: a coragem e a covardia. Não há mistério. É uma questão de segundos. Uma embriaguez. É igual a explosão de uma guerra: todos nós vivemos em paz, estamos em paz, queremos a paz, amamos a paz, mas é uma paz artificial, premeditada. A paz não existe realmente. De um instante para outro, rebenta-se a frágil membrana do nosso instinto e eis que estoura de dentro de nós a guerra. "A guerra é a mãe de todas as coisas!" Ninguém se mobiliza para a paz, mas todos se mobilizam para a guerra. Assim fiz eu, mobilizei-me: comprei um revólver e o coloquei na gaveta do meu guarda-roupa. Eu era uma figura altamente conceituada na minha repartição. Local de encontro das mais altas autoridades estaduais e federais, que debatem sobre importantes assuntos políticos, econômicos, importação e exportação, segurança nacional. A repartição é um ministério local. Eu marcava as entrevistas. Podia receber, não receber, dar maçadas. Pintava e bordava. Tinha amigos importantes, conhecia Deus e o mundo, sabia de tudo e de todos. Quem me conhecia bem era o meu chefe. Gostava de mim. Prestigiava-me. Não sei se ele ainda é capaz de chegar perto do meu corpo. Talvez chegue, diga pobre rapaz e volte par seu posto, que requer sua constante presença. Eu fico aqui, pois o que me sobra é uma aflição suprema. Sinto-me envolvido por uma agonia estonteante, embora, por incrível que pareça, esteja lúcido. Ouço tudo ao meu redor. Somente não sei onde me encontro, se é dia ou noite, o que estão fazendo comigo. Não com ... pre... en... --... gindo. --Graças a Deus, doutor. Está reagindo? - falaram, ouvi claramente. Não sei explicar. Houve um hiato em mim. As vozes sumiram de repente, a agonia parou e eu também parei. Certifico-me cada vez mais de que não é alucinação, isso que penso. É algo muito real. É porque é difícil de explicar que dei um tiro na cabeça ou mais precisamente dentro do ouvido. Mesmo assim, estou lúcido, raciocinando e ouvindo tudo ao meu redor. Estou morto, mas pensando. Não estou confuso: sempre afirmei morreu, acabou-se, mas parece que não me acabei, que não sou o não-Ser. Continuo sendo, embora impossibilitado de transmitir qualquer sinal aos vivos. Só recebo. Não pretendo dramatizar o meu estado. Relembro um acontecimento decisivo em mim. Aconteceu que, no meio da narrativa, parei repentinamente. Volto, agora, ouvindo retalhos de palavras, por essas vozes, distantes, a repetir: está retornando, reagindo, graças a Deus. Quem está retornando, reagindo, sou eu. Parece loucura. Vamos admitir mesmo que foi loucura. Mas eu não agüentaria ouvir de um chefe de seção, outra vez, as humilhações que ouvi, na sexta-feira passada. Como a guerra, a razão reside também dentro de cada um de nós. Aliás, é a razão de cada um, mas não se condensa numa razão única, que faz a guerra. E duas ou mais razões podem se chocar dentro de um mesmo indivíduo, como se chocam entre membros de uma família, ou de uma sociedade ou, ainda, entre povos e entre nações. Estou, simultaneamente, com e sem razão: um colega havia viajado, deixando-me seu bastante procurador. Depositei seu ordenado em meu nome. Ultimamente, gastei grande parte desse dinheiro. Apareceram-me umas mulheres no meu caminho, fui a boates, festas... Com meu dinheiro, se o tivesse, também pagaria tudo isso. O problema é que o azar desabou sobre mim: o moço chegou inesperadamente. Contei o que houve. Meus argumentos não o convenceram. Levou ao conhecimento do seu chefe. Sob duas ameaças, deram-me quarenta e oito horas para repor a importância gasta. Anunciei a venda dum terreno. Esperei sábado, domingo. Não apareceu nenhum pretendente. Como voltar à repartição? Segunda-feira. Acordei, peguei a toalha e tomei banho, escovei os dentes, calcei meias e sapatos, vesti a calça, penteei os cabelos, perfumei-me. Na hora de vestir a camisa, ao abrir a gaveta, deparei-me com o revólver. Abriu-se a porta do alívio, como uma grande estrada à minha frente, cuja perspectiva se unia a uma coisa decisiva. Era um revólver, uma espada, uma has-te, uma cruz, uma luz. Sequer defini mais o objetivo. Nele, estavam condensados o finito e o infinito, o alpha e o omega. Eis a questão: o princípio e o fim condensados, simultaneamente, num único objeto. Como num espelho, projetei-me sobre ele e ele projetou-se em mim. "A guerra é a mãe de todas as coisas". Um caminho ladeado por árvores enormes, a luz filtrada entre as folhas, salpica o corpo da mulher que corre em câmara lenta, rindo, cabelos fogosos estendidos ao vento. Seu destino é o fim da perspectiva. Devo segui-la! Jamais procurei a estrutura da verdade total, desejava apenas encontrar uma verdade que me servisse de estrutura. Mas como encontrá-la, no Estado, na sociedade, na família, nos amigos? Encontrei-a nesse gesto. Diante do qual nenhum mendigo e nenhum rei ficam indiferentes. Não pude, pelo mundo, ver o meu espírito, mas pelo meu espírito estou vendo o mundo. E este mundo hoje suicida-se dentro de mim. O homem que se suicida fere toda a humanidade. Comparando a vida a um oceano, a parte que ocupo está muito na superfície. Seria primordial que tivesse havido, antes, muito antes de mim, mergulhos profundos, para que esse gesto fosse evitado, pois o homem que pensa é um deus: nem a tortura lhe atinge o espírito, nem a dor física lhe esteriliza a sabedoria. A arma exerceu um poder hipnotizante sobre mim. Nem mais no caso pensei. A única coisa que existiu, no momento, foi o gesto e com ele estava entrando num banho turco de moral. Lavava-me de moral. Senti-me superior e frágil. Houve o tiro. Meu corpo projetou-se sobre o ar. Leve, sem domínio dos movimentos, arriei mole e lentamente sobre mim mesmo. Senti dor nenhuma. Ouvi e senti o estampido que deixou o corpo dominado por uma acústica alucinante. Permanece um zunido envenenado. Zune, zune, zune, zune, zune, zune, zune, zune, zune. Este zunido fere-me, rasga-me partícula por partícula do espírito. Se não parar, acredito que existe o inferno e que estou em Dite. A minha condenação é trazer este zunido como emblema do meu gesto. Perdoem-me. Perdoem-me todos e tudo. Deixem-me acreditar em Deus e Deus acreditar em mim. Quero perdão. Quero arrependimento. Não espero ser salvo do fogo do inferno, nem da visão de Medusa. Quero, apenas, me salvar deste monstruoso zunido e dessas lamentações em redor do meu corpo. Enterrem-me. Enterrem-me, por favor, para ver se escapo. --Então, doutor? --O rapaz está salvo. Olhem a radiografia: a bala não subiu para o crânio, está localizada aqui, perto do maxilar!
Dirección: Avenida Boa Viagem, 5858 apto. 602, 51030 - 000 - Recife/PE - BRASILIA E-Mail: cylgallindo@bol.com.br
Incertidumbre en la noche- Oscar Castro García
Óscar Castro García nació en Medellín el 23 de marzo de 1950. Maestro en Letras (Literatura Iberoamericana), Universidad Nacional Autónoma de México, 1993. Actualmente se desempeña como Docente de literatura colombiana, de la Universidad de Antioquia. Ha publicado Sola en esta nube (cuentos), Señales de humo (narrativa), ¡Ah mar amargo! (novela), No hay llamas, todo arde (cuentos), Un día en Tramontana (relatos), Necrónicas y Oración (cuentos y poema), Los informes escritos. Ha ganado varios premios literarios en Colombia y el exterior.
Incertidumbre en la noche
Él se dispone a tocar la puerta. Ella esperaba que alguien llamara a la media noche. El gato se despereza, y malicia la presencia de una alimaña en la casa. El silencio ha depositado sus deseos en la puerta de la mansión veraniega. Alguien tose a la madrugada... Del reloj sale un cucú que canta la media noche. Se oye el leve, casi imperceptible, crujido de una mesa. Sobre el piso, las hormigas preparan un rito milenario. A pocos pasos, la porcelana china dispersa en fragmentos. Sobre la cama, ella trata de calmar su ansiedad, pensando que en la noche todo es posible si se vive en caserones solitarios; sobre todo, si éstos quedan en el despoblado. El gato hace la siesta, y el cucú se ha encerrado en su pequeña casa de madera Las hormigas, en rigurosas e interminables filas, han traspasado el portón y, con descomunal esfuerzo, tratan de introducir un cadáver que ha amanecido en la entrada de la casa. Alguien tose al amanecer... Un leve crujido, casi imperceptible, se escucha en la puerta de entrada. En la alcoba, un fuerte ronquido, mientras con astucia el viento suave del amanecer invade cada secreto de la casa y penetra en cada resquicio, despertando todos los seres, y llevando la claridad hasta donde ella sigue durmiendo. Alguien ronca a la salida del sol... El leve crujido de una puerta que se cierra interrumpe la danza del viento que empezaba a invadir la casa en la madrugada.
Dirección: Carrera 45 D No. 58-37 Apto. 501, Edificio Torres de San Antonio, Medellín - COLOMBIA E-Mail: ocas@epm.net.co
Poemas - Luz Helena Vélez de Posada
Luz Helena Vélez de Posada nació en Venecia; Antioquia. Es licenciada en literatura de la Universidad La Gran Colombia. Participó en los talleres literarios de Manuel Mejía Vallejo y de Jaime Jaramillo Escobar. Hace parte del Comité Editorial de la revista Rampa de la ciudad de Medellín, e hizo parte del comité editorial de la revista Mascaluna. Ha publicado el poemario Metáforas del Tiempo.
Del libro Metáforas del tiempo, Colección Susurros, Medellín, junio 1997.
Inmensidad
Cuando niña fui al mar, creí que se había caído el cielo. Después vi el llano y conocí la soledad. Más tarde miré las estrellas y descubrí el asombro. Luego sentí tristeza por los tres, tan solos en la inmensidad.
Metamorfosis
Mariposa que vienes ebria del néctar de primavera después de dejar tu ropaje viejo. ¿Qué misterio extraño te precipita a danzar en la llama, qué juego buscas en el fuego?
Sueños y palabras
Un hilo de tinta traza un recorrido, después de que la palabra trascendida por los sueños, haya tomado forma en el inconsciente. El poeta hiende su pluma y libera su espíritu.
Pintando un cuadro
Bienvenido silencio al cuadro de mi soledad. Te invito en esta tarde a ver caer hojas secas en mi alma. Atravesando cristales, la lluvia se ha metido en el poema y este hilo de angustia, va tejiendo la melancolía en mi cuadro.
Dirección: Calle 29 No. 70-24 Unidad Residencial La Candelaria, Medellín - COLOMBIA E-Mail: rdlr@epm.net.co
Poemas - Everardo Rendón Colorado
Everardo Rendón Colorado nació en Támesis, Antioquia. Poeta y cuentista. Ha publicado los libros LA CIUDAD SONÁMBULA, 1987. MEMORIAS DE LA SANGRE, 1989. UMBRALES DEL AUSENTE, 1997. Cofundador de la Revista Colombiana de Arte y Literatura MASCALUNA de Medellín. Ha participado en el Festival Internacional de Poesía que se realiza en Medellín cada año. Colaborador de suplementos culturales y revistas literarias del país.
Del libro "La ciudad sonámbula", Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, junio 1999.
Palabras para Don Juan Rulfo
Dile que aún sigo en Comala ahuecando el aire caliente de tantas ánimas en pena y recorro calles mordidas por el abandono, donde se citan esqueléticos perros con fantasmas de luto y pañolón pidiendo la caridad de un padrenuestro.
Dile que en los muros de esta casa ya no hay espacio para más agujeros, se apretujan los espantos, no caben los recuerdos y los murmullos siguen picando la piel como legiones de hormigas arrastrando pedazos de palabras.
Por los cielos de la media luna círculos de buitres anuncian la lluvia repentina, ya descienden sobre el cadáver inflado de una res. Doblan las campanas en la vieja iglesia del pueblo mientras el cura esconde rezos y culpas detrás de su sotana y pájaros de la noche vuelan espantados y ancianas de mantilla aprietan súplicas en sus bocas desdentadas. Las camándulas repiten réquiem por esta tierra que traquea de muertos, de fulgores y páramos.
Dile que llegué a Comala para conocer el principio de mi sed, este resisterio que me corre por la sangre y mi historia se perdió en los caminos polvorientos; que crucé a galope mis desafíos, toqué el silencio de la madrugada en los postigos y en un rinconcito de la noche me quedé con las Susanas jugando al no-te-ol-vi-do. Dile que esta tierra es amarga pero dulce retoñando amores, que la muerte sólo es un pretexto para quedarse.
El rio
Entre las aguas del río detenido en el espejo Una anciana juguetea con una niña de mirada azul.
El amor
El amor ese alegre duende que ayer vivía danzando en nuestro jardín hoy es mendigo arrastrándose entre las flores secas de sus recuerdos.
Dirección: Carrera 38 N 59A-26 Apt. 201 Barrio Boston, Medellín, Colombia bzw. Apartado Aéreo 7472 Medellín - KOLUMBIEN E-Mail: mascaluna@yahoo.com