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>> Lectura (XICóATL No 60):
El pájaro azul
Tendríamos seis años de edad, algunos quizás menos, cuando las luces que todas las noches se deslizaban desde la cima del cerro nos distraían de nuestras apasionadas conversaciones infantiles. Como brillantes luceros, todas las noches las extrañas luces empezaban su descenso sobre la silueta oscura del imponente cerro. Nosotros, con los ojos bien abiertos, les seguíamos su descendiente culebreo hasta perderlas de vista sobre el techo de mi casa.
Todas las tardes, momentos antes de que el sol se ocultara, mis amigos y yo nos reuníamos en la acera de enfrente de mi casa -siempre me pregunté por qué nos reuníamos en la acera de enfrente y no en la de mi casa; aunque no le atribuía mayor importancia, me parecía extraño ese comportamiento pero creo que a los demás no les importaba tal cosa- y nos sentábamos a hablar de nuestro tema favorito: el miedo.
Ya entrada la oscuridad y después de corretear y jugar hasta quedar exhaustos y sudorosos, nos sentábamos, cada uno en su lugar preferido y a la par de su mejor amigo, a contemplar las misteriosas luces que empezaban a descender en la oscuridad. Un día decidimos ir a investigar qué eran aquellas luces y de dónde procedían. Formamos un grupo de seis chicos y señalamos el día que emprenderíamos esa temeraria empresa. Mientras ese día llegaba, todas las tardes inventábamos historias sobre lo que las luces podían ser y de lo que haríamos en caso de que nuestras historias fueran realidad. Yo fui nombrado guía de la exploración por la sencilla razón de que era el único que había ascendido el cerro más allá de donde usualmente nuestras caminatas de fin de semana nos llevaban y, además, conocía la ruta como la palma de mi mano.
El día de nuestra exploración llegó presto. A las seis de la mañana ya estábamos revisando nuestro equipo: brújula, reloj, lazos, lámparas de mano, cantimploras con agua, mochilas con comida y dulces, alcohol, azogue, curitas y pastillas para el dolor de cabeza. Los bastones los recogeríamos e improvisaríamos en el camino. Cuando nos aseguramos de que teníamos todo lo que necesitaríamos, emprendimos la marcha. Un grupo de amigos vinieron a des-pedirnos y nos confortaron con sus planes de rescate en caso de que no regresáramos a la hora señalada. Nos desearon buena suerte y a la vez dieron efusivas muestras de la gran admiración que sentían por nuestra valentía. Habíamos trazado un mapa que for-maba una especie de escalera al cielo. Salimos con rumbo al oeste; a media cuadra doblamos hacia el sur, después caminamos medio kilometro hacia el este, torcimos nuevamente hacia el sur y desde allí comenzamos a andar en una forma ondulada: doblábamos, subíamos y bajábamos. Jugábamos y reíamos por el sendero. Llegamos a la línea férrea y nos quedamos contemplando los brillantes rieles que, iluminados por el sol tempranero, se extendían hacia el horizonte hasta perderse en la distancia. Los rieles partían los cañaverales en dos y éstos bailaban suavemente al compás de la brisa mañanera que acariciaba sus puntiagudas espigas y columpiaba sus flores en una sola dirección. Caminamos unos minutos sobre los rieles, haciendo equilibrio, y luego continuamos nuestra marcha.
Ya estábamos cerca de las faldas del cerro. Teníamos una ventaja a nuestro favor; y era que si decidíamos retornar, nos regresaríamos de cualquier punto que quisiéramos. Pero la curiosidad, y la aventura más que todo, nos impulsaban a llevar adelante nuestro audaz y hasta irreflexivo plan. Llegamos así a las faldas del cerro, donde la maleza empezaba a engrosar. Ya los caseríos quedaban muy atrás y, además, era tan oscuro que tuvimos que hacer uso de las lámparas, pues, los rayos del sol prácticamente no penetraban hasta allí. La maraña nos causaba un frío que calaba nuestros huesos; pero sabíamos que más arriba, al llegar a una pocita de agua natural, ese embrollo terminaba, y que estaríamos sin protección. Entonces comenzaríamos a sudar a chorros. Así es que nos aguantamos.
Avanzábamos rápidamente, pues estábamos obsesionados por descubrir el origen de las misteriosas
luces que nos habían impulsado a realizar nuestra audaz aventura. La maleza iba desapareciendo poco a poco y empezábamos a sentir los calientes rayos del sol. A las nueve de la mañana llegamos a la primera loma; allí el zacate era amarillo y los árboles parecían esqueletos asfixiados por las enredaderas de los comepalos. Nos detuvimos brevemente a descansar y a contemplar el trecho que habíamos ascendido. Tratábamos de ubicar en la distancia el lugar de donde habíamos partido, y discutíamos acaloradamente sobre la posición exacta.
Continuamos nuestro camino con la mirada fija en la próxima loma. El sudor nos chorreaba por todo el cuerpo, tomábamos agua para mitigar el calor, caminábamos por las veredas formadas por los pasos del hombre-montaña que todos los días bajaba con su cargamento hacia la ciudad. Cada uno de nosotros había improvisado un bastón para apoyarse o simplemente para llevar algo en la mano y sentir a través de él la compañía de la naturaleza. El sol se encontraba casi sobre nosotros cuando alcanzamos la cima de la segunda loma con la que todos nosotros estábamos familiarizados, y llegamos luego a un punto en donde una carretera polvosa cortaba el camino; de allí en adelante sólo yo conocía la región. Me sentía orgulloso de que mis compañeros de aventura dependieran de mis conocimientos topográficos.
Pasábamos a través de milpas, ayotales y otros sembradíos que jamás habíamos visto. Los caminos eran interminables, mis piernas estaban cansadas, el corazón me palpitaba aceleradamente, mi cabeza pulsaba incesantemente; estaba agotado. Habíamos llegado al lugar donde la mayoría de las plantaciones era cafetales y distinguí el camino que conducía a la finca de mi tío, punto éste hasta donde yo conocía. Yo sabía que ya estábamos próximos a nuestro objetivo y que de allí en adelante seguiríamos por la carretera polvosa que habíamos cruzado varias veces durante nuestro extenuante ascenso. El sol estaba ya sobre nosotros; era la hora del diablo. Nos sentamos a merendar en la entrada de la propiedad de mi tío. Don Evaristo, el caporal de la finca, regresaba de la ciudad en ese momento, montado en un caballo cargado de matates a los costados. Al vernos sentados al otro lado del portón se nos acercó y al reconocerme me preguntó qué hacía yo por esos parajes. Le contesté que andábamos paseando. Escuchó mi respuesta y, con un "tengan cuidado", prosiguió su camino. Después de merendar descansamos por largo rato. Contemplábamos el lago entre las montañas, el aeropuerto y la ciudad en lontananza. Jactándome de un conocimiento falso, les hice creer a mis amigos que estábamos sólo a media hora de distancia de nuestra meta y les pregunté si querían continuar. La respuesta fue un "sí" rotundo.
Llegamos a la cima del cerro, donde el viento hacía silbar los pinares y la brisa era fresca y acariciadora. Un portón de hierro, con sus plateadas alas abiertas de par en par, nos invitaba a seguir adelante. Caminamos por una calle empedrada. Nunca antes habíamos visto un adoquinado como ése, con las piedras bien labradas y tupidas; era difícil distinguir una grieta entre ellas. Cuando elevé la vista me percaté de que estábamos frente a una inmensa casa, rodeada de grama verde y jardines de rosas amarillas. Un pequeño redondel, con una fuente al centro le daba a la casa una majestuosidad imponente. Sentí entonces una pesada mano sobre mi hombro y al voltearme reconocí a Don Apolonio, el antiguo caporal de la finca de mi tío y padre de Don Evaristo. Me preguntó lo que hacíamos en la casona y le contesté que queríamos saber qué había allí. Se sonrió y me dijo que entráramos y que estábamos con suerte porque la patrona se encontraba de viaje por la ciudad. Agregó que sólo estaba él con las niñas. Le pregunté cómo se llamaba el lugar y me contestó: "El Pájaro Azul".
No entramos a la casa sino que preferimos irnos alrededor de ella. En el patio trasero de la casa, había una piscina con agua azul como el cielo sin nubes. En la periferia de la piscina habían mesas con sombrillas en el centro y sillas sobre las cuales se hallaban sentadas unas mujeres desnudas y otras semidesnudas, quienes conversaban muy amenamente, exhibiendo sus encantos naturales. En los engramados habían algunas sillas haraganas sobre las que reposaban otras mujeres desnudas: unas boca arriba, otras boca abajo, también exhibiendo su ilícita mercancía. En la piscina nadaban más mujeres desnudas; y de la casa salían otras mujeres semivestidas y risueñas que cargaban bebidas y platos con bocadillos. Se notaba que eran muy felices en aquel paraíso ubicado en la cima del cerro. Nos miraban indiferentemente, y nosotros hacíamos enormes esfuerzos para disimular nuestro aturdimiento. No sé cuantas mujeres había; no las podía contar. A todos nos sorprendió no encontrar lo que buscábamos o lo que esperábamos encontrar.
A las dos de la tarde empezamos el descenso. Decepcionados comentábamos lo que habíamos visto y pensábamos en lo que les diríamos a los demás. Sentí que bajábamos rápidamente. Eran las seis de la tarde cuando regresamos a nuestro punto de partida. Ya nuestros amigos se hallaban reunidos en la acera de enfrente de mi casa e incluso ya habían jugado y correteado; estaban sudorosos. Al vernos llegar corrieron hacia nosotros y, llenos de curiosidad, nos pidieron que les relatáramos todo lo relacionado con la proeza que acabábamos de realizar.
Acto seguido se sentaron alrededor nuestro y yo empecé a contarles lo que habíamos visto: "Exactamente en la puntita del cerro hay una cueva que llega hasta el mero infierno, en donde el diablo todas las noches se pone a fumar un enorme puro perforado por alfileres. El humo azufrado se transforma en nubes que son visibles durante el día y las chispas que saltan de los puros que fuma el demonio se convierten en luces que durante la noche se deslizan hacia abajo, por las aristas del cerro. Las chispas nunca cesan de salir; no se ven durante el día, pero se siente el calor que producen cuando salen de la caverna."
Vicente ALVARENGA
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