Rafael LARA MARTÍNEZ

 

Kulturbrücke Österreich-Kuba Casa de la Literatura de Salzburgo

PUENTE CULTURAL AUSTRIA-LATINOAMÉRICA: LITERATURA

 

 

Rafael LARA MARTÍNEZ

 

Rafael Lara Martínez

Nació en El Salvador. Estudió lingüística en México y Francia, país en el cual completó su doctorado. Realizó estudios de posdoctorado en literatura latinoamericana en Carolina del Norte.

 

Ha publicado numerosos artículos y libros sobre literatura centroamericana y sobre lenguas indígenas en varios países.

Actualmente se desempeña como Profesor Asociado de Lenguas Extranjeras en el Instituto Tecnológico y de Minas de Nuevo Mexico.

Dirección: Humanities, New Mexico Tech, Socorro NM 87802 - USA
E-mail: soter@nmt.edu

Lectura de diversos números de XICóATL:

No 63: >> La tormenta entre las manos

“LA TORMENTA ENTRE LAS MANOS”
A propósito del 68 aniversario del nacimiento de Roque Dalton

 


¡Roque Dalton vive! Esta consigna resuena a todo lo largo del Camino Real. Es un camino amplio. Con recovecos en letanía. Piedras de agua, negras, parlantes. Trazan el rumbo. Abarca desde el norte de la Nueva España colonial -el Aztlán indígena- hasta el sur en Centroamérica, Cuzcatlán. El Cristo Negro de Esquipulas, al sur en el Trifinio –donde se juntan Guatemala, El Salvador y Honduras- y luego al norte en Chimayó, nos señala una sola imagen. Un mismo símbolo guía al transeúnte que cruza (†) fronteras. Aquí en Nuevo México, allá en Centroamérica.

Dalton. Su apellido evoca las correrías de la Dalton Gang –la pandilla de los Dalton- en el suroeste de los EEUU. Años atrás, un molesto día sin lluvia ni humedad, siembra su semilla de discordia en el trópico. Roque nace de la roca, del rock. De ahí deriva la textura de su nombre. Que sus seguidores se llamen roqueros. Invoca también la alianza de los extremos: el sur en el norte, lo anglo en lo hispano, Cuzcatlán en Aztlán, viceversa. En él, los contrarios se reúnen: amor, política, pasión, poesía, bohemia, viajes, compasión… Y el polvo. Sí, pero el "polvo enamorado":

Dibújeseme la tormenta entre las manos
para saciar esta diaria sed de estruendos
como el caminante que se agacha a refrescar la suya de agua
en esas fuentes que de la piedra brotan
para vergüenza del polvo.

Una "diaria sed de estruendos (The Clash)", "la tormenta entre las manos", orienta la voz del poeta en su afán por expresar los aspectos más contradictorios. Vitales.

Nace en San Salvador, El Salvador, en mayo de 1935, de padre irlandés-estadounidense y de madre salvadoreña. Estudia en el colegio jesuita, Externado de San José. Ahí se inicia a la poesía. Desde temprana edad, su profesor de literatura, Alfonso de María Landarech, S.J., lo considera "el mejor poeta lírico del país". Gracias al apoyo financiero de su padre y a una beca jesuita, en 1953, viaja a Chile, país en el que permanece casi un año. Comienza la carrera de Derecho y conoce a dos personalidades que le dan un giro artístico y político a su vida: el poeta chileno Pablo Neruda y el muralista mexicano Diego Rivera.

Regresa a El Salvador en 1954 con una vasta biblioteca de poesía y política bajo el brazo. En la memoria. Ingresa a la Universidad de El Salvador (UES) a la Facultad de Derecho. En ese recinto se reúne con otros escritores de su generación para conformar el Círculo Literario Universitario (CLU). Estudia teoría marxista en verso.

El papel del Círculo consiste en unir arte y vida en un todo único. Exige que la poesía se recubra de un contenido ético profundo. Para eso, el Círculo difunde los trabajos de sus miembros en los periódicos de mayor circulación en el país. Organizan festivales, desfiles bufos y fundan varias revistas que se distribuyen en los kioskos de periódicos. Escriben una poesía mural de consumo diario y al alcance de todos. La poesía debe alejarse tanto del academicismo enredado como del elitismo complejo. Ambas corrientes traicionan lo popular al volverse minoritarias y encerradas.

Critican el proceso de modernización del Estado salvadoreño. El Estado impone una ferrea dictadura militar. Le cierra toda avenida a la oposición política. Abandera una modernización económica, pero no incorpora a la gran mayoría, viviendo en la miseria. La poesía sirve de sustento político a la denuncia: falta de democracia y pobreza generalizada. La poesía cumple su cometido ético en la política. Para el Círculo, poética significa alcanzar el símbolo del bien moral, y el bien moral es el bienestar social de la mayoría y la libre expresión del pensamiento.

Su crítica abierta al régimen dictatorial y a la situación de pobreza, le cuesta el exilio. En 1961 viaja a México. Ahí publica su primer poemario: La ventana en el rostro… Luego en 1962 pasa a Cuba. Trabaja en La Habana en Casa de las Américas. En ese país publica varios poemarios que le valen un alto prestigio: El mar (1962), El turno del ofendido (1962), Los testimonios (1964). Destaca una fuerza vital. Combina la política con el amor, la vida diaria con la denuncia, la tradición popular con la vivencia personal, el lirismo con la ironía. La pasión por la vida; "el pozo del júbilo" de los psicotrópicos. Convive con su hermana, "Margarita emocionante", seducida por el "paraíso artificial" del "Lucy in the Sky with Diamonds".

Siguen los viajes y el exilio. Regresa brevemente a El Salvador en 1964 y va directo a la prisión. Su escape legendario –bajo el signo paradójico del argentino Jorge Luis Borges- lo narra en el último capítulo de su biografía póstuma, Pobrecito poeta que era yo… (1976). Sugiere que vanguardia política y artística van a la par. Luego reside en Praga de 1965 a 1967. Trabaja en una revista internacional. Analiza los problemas entre el marxismo y la paz. ¿"Socialismo o barbarie"?, quizás. Visita al argentino Julio Cortázar en París. Baila can-cán con una desconocida.

Por casualidad, el día de su treintiún cumpleaños conoce a Miguel Mármol en un lujoso restaurante de Praga. Mármol es un personaje mítico. Se forma como zapatero remendón, antes de fundar el Partido Comunista Salvadoreño (PCS). Es el único sobreviviente de la revuelta indígena de 1932. Posee un don de resurrecciones continuas. El uruguayo Eduardo Galeano lo consagra como maestro del "marxismo mágico" en su tercer volumen de Memorias del fuego (1984). Combina la receta marxista con una piadosa creencia en los santos. Conversa con la Siguanaba. Mármol le narra su vida y una versión alternativa sobre una revuelta que dejó un saldo de exterminación –ethnic cleansing- de diez a treinta mil indígenas en el occidente de El Salvador.

De regreso a La Habana gana el Premio Casa de las Américas con su poemario Taberna y otros lugares (1969). Inaugura una poesía de personajes. Integra el drama, el diálogo y la lírica con la crítica social. Intuye lo que se avecina: Praga 68. Pero entrevé aún con más clara lucidez la tragedia que palpita en su tierra natal.

Toda posibilidad de reforma política y económica fracasa. Las reformas son "comunistas". En 1969, se desploma la Concertación Nacional en torno a la Reforma Agraria. Naufraga el pivote económico para crear una clase media en el campo. Se desmorona también el Mercado Común Centroamericano, el modelo exportador de la sociedad global centroamericana. Estalla una guerra fratricida. La economía entera entra en crisis. Muestra los límites estrechos del modelo de modernización.

Luego, en 1972, ocurre un monumental fraude electoral por parte del ejército. Hasta algunos moderados llegan a la certeza de que la democracia formal es imposible crearla por la vía electoral. Esos dos acontecimientos –fracaso de la Reforma Agraria y de la democracia electoral- precipitarán al país en la guerra civil. En Centroamérica, el derecho a la vía electoral pasa por las armas. La razón de la fuerza es más fuerte que la razón misma.

De esa época datan también las primeras comunidades de base campesina que reciben el influjo del socialismo "utópico". Por una lectura histórica de La Biblia, con la Iglesia Católica y el más limitado movimiento hippie en el pueblo de La Palma, el socialismo "utópico" logra un estrecho acercamiento a la vida diaria en el campo. Se renueva la producción artesanal y, ante todo, las cooperativas y la ayuda comunitaria. La represión arrecia.

Roque Dalton se convence de que sólo la lucha guerrillera llevará a El Salvador al cambio. Por eso, escribe con mayor ímpetu y recibe entrenamiento militar. Imagina la herejía. Entremezcla marxismo y cristianismo en su poemario Los hongos (1966-1971). Este libro anticipa la renovación social de la Iglesia Católica y la teología de la liberación de sus antiguos profesores jesuitas. Ante ellos el militante se confiesa. Anota la necesidad de completar el socialismo "científico" –el marxismo- con el "utópico". Viaja a Hanoi, donde goza a carcajadas releyendo la novela Rayuela de su amigo Cortázar, bajo los bombardeos estadounidenses.

Palpa el experimento de socialismo democrático en el Chile de Salvador Allende, previo al golpe de estado del General Augusto Pinochet en 1973. Esto lo convence aún más de que la soberanía nacional y la democracia están sometidas al gran capital. La función de los regímenes militares es la de liberar las mercancías bajo una rígida dictadura. Mientras el capital se deleita en el libre flujo, se pone a raya a la fuerza de trabajo.

Propone un enfoque surrealista al amor y al erotismo en El amor me cae más mal que la primavera (1973). Proclama "el nuevo amor de siempre". Como de la lucha política, el poeta se sustenta de las "musas". "Junto a los pájaros" siempre. Sigue además persuadido de que es necesario ligar la vanguardia artística a la política en Un libro levemente odioso (1973). Ese ideal de unión lo pone en práctica en una historia alternativa del país y de su cultura en Historias prohibidas del Pulgarcito (1974).
Cambia de identidad y de nombre. Con cirujía plástica regresa a El Salvador a incorporarse al naciente movimiento guerrillero. Viene a darle "bofetones/electro-shocks/psicoanálisis" a la patria. Vive de incógnito y publica Poemas clandestinos (1974). Ahí ensaya una poesía a múltiples voces y enfoques sobre el problema social en Centroamérica. Sigue constante su anhelo por unir poesía y vida a través de una poética: "poesía/perdóname por haberte hecho comprender/que no estás hecha sólo de palabras". Cae asesinado el mes de mayo de 1975. Lo traicionan sus propios compañeros de armas. El enemigo está a ambos lados: adentro y afuera del ideal de cambio.

Su vida, obra y trágico destino final se vuelven símbolo. Símbolo de que un camino similar deberá seguir el país entero. Hay que entrar con pie firme en la concertación global de las naciones. A la sociedad global, a la democracia formal y al libre mercado, al mundo contemporáneo en el que todos vivimos ahora, se llega por la vía militar. Quizás los diecisiete años de guerra en El Salvador –desde su muerte en 1975 hasta la firma de los Acuerdos de Paz en 1992- sean eso: una vasta herencia de guerra.

Eso es también, la violación a los derechos humanos, la dificultad de libre expresión (la que aún sufre su hijo Juan José), la guerra sin tregua (¿las pandillas (o maras)?), la impunidad política, la corrupción y limpieza de dinero, los desfalcos financieros, la falta de justicia. Todo eso representa la antesala de la liberación, no de la liberación nacional, sino de la liberación del mercado. Restringirle el paso a la fuerza de trabajo -¿nacionalizarla?- para globalizar capital y mercancías. Orígenes violentos. Preludio espinoso. La democracia electoral se ufana al olvidarlos …
Su nombre, como el de muchos otros —Monseñor Arnulfo Romero, Ignacio Ellacuría, S. J., etc- está aún grabado en las calles de San Salvador: ¡Roque Dalton vive!

Rafael LARA-MARTÍNEZ
San Salvador / Nuevo México

 

No 60: >> Borges y el testimonio

BORGES Y EL TESTIMONIO

„Mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre“
Jorge Luis Borges

   

Sólo los desmemoriados no recuerdan a Ireneo Funes. Pero más desmemoriados aún lo son aquellos que le niegan a ese corto relato el carácter de testimonio. Dos escuelas se debaten aquí. Por una parte, se hallan los que defendemos el legado testimonial del escritor argentino Jorge Luis Borges; por la otra, los que lo detractan, pretenden corregirlo y condenar sus escritos por el pésimo uso de un término.
    Estos últimos han entablado un juicio de apelación ante la Real Academia de la Lengua y ante la Corte Suprema de Justicia. Argumentan que el porteño nunca transcribió un solo testimonio. Por tanto, proponen una minuciosa revisión de la obra. Cada vez que aparece ese concepto, o uno de sus sinónimos (atestiguar, por ejemplo), el relato o el poema será mutilado, si no proscrito. Más grave, juzgan, es el espejismo al que nos enfrentan los escritos que imitan el formato testimonial en la primera persona.
Tan encarnizados están en su posición que, en muchas grandes bibliotecas universitarias de los EEUU, ya no se encuentra un solo ejemplar que refiera el término en cuestión. Meticulosamente, han tachado la palabra o bien la han cortado con una aguda navaja. Hay libros que exhiben páginas enteras pintadas en blanco, e incluso se habla de anaqueles vacíos.
Yo he podido reconstruir las omisiones; por fortuna, cuento quizás con la única obra completa que ha sobrevivido el desastre.  Esta la guardo con celo, a pesar de los conflictos que me ha ocasionado con mis colegas, entre otros, el obligarme a vivir en el más recóndito y solitario desierto. Desde años inmemoriales, por esa repulsión, me volví del gremio de la arena y del polvo: el del internet. Casi no converso con nadie, salvo por correo electrónico.
En ciertos lugares, el boicot ha alcanzado tal extremo que todo estudiante deseoso de revisar la obra, es expulsado de inmediato por revisionista. La misión política es implacable. Quieren imponer la idea de que sólo la denuncia novelesca de una comunidad oprimida tiene el derecho a reclamarse como testimonio. Todos los demás, Borges incluido, han usurpado ese derecho y merecen un castigo inclemente. Indaguen los incrédulos el más moderno instrumento de búsqueda, FirstSearch/WorldCat; no hay un solo comentario dedicado al testimonio borgeano.
Pocos son los que seguimos en pie, en el riguroso desierto. Sin desertar, seguimos en pie conversando, abrazando los cactos; ellos nos han sugerido escribir una crítica más punzante, más apegada al medio ambiente que nos envuelve. Seguimos en pie confirmando la naturaleza testimonial de la magna obra borgeana. De ese vasto testimonio, rescatamos ahora el de un hijo de una humilde planchadora: Ireneo Funes. Muchos aprendimos de él lo que significa el arte de la poesía.
El proyecto callado de Ireneo es el del balance. Hay que buscar el punto medio entre los opuestos. Ni memoria absoluta ni total olvido; ambos extremos son sinónimos de demencia. El medio. Pero el medio es ambiguo; es a la vez la división (entre/between) y lo que ambos términos comparten (mileu/midst). Lo que une y separa a las extremidades, es la poesía, origen y destino de la lengua. Recuerdo y amnesia repartiéndose una materia en común en la disonancia: la palabra.
Una palabra hueca y llena de igual manera. Mantiene una parte oscura en su lucidez; aconseja que la plenitud se apoye en el vacío. Está hueca, porque todo nuevo descubrimiento procede de una pérdida; llena, porque abraza el acuerdo sin desechar el desacuerdo. Resolvemos la memoria desde lo inmediato; desde la más concreta vivencia, recibimos el retorno del destino. Aunque nuestra morada sea potencia sin acción, el estudio, sabemos que también transmitimos el olvido. Hay algo no dicho en toda palabra; algo sin vivir, en toda vida.
Algunos que polvosos me han visitado del extranjero —reconozco que ya no sé si subsiste un territorio ajeno a este inmenso desierto— me refieren que la poesía imita la tarea del arado. Es verso y reverso. Agricultura y poesía, sostienen, poseen un igual doble sentido. Cruce, les repito yo, pero los peritos en la materia lo llaman encabalgamiento. Otros prefieren el uso de un término extranjero: versura. Aseguran que el giro del arado, del final de un surco hacia otro nuevo, le concede una nota de discordancia a la poesía.
El verso y su reverso se entrelazan también en un punto medio. Medio que expresa la infinita tensión entre medida métrica y sintaxis, entre sonido rítmico y sentido. Sólo quien mantiene esa tesura ha asimilado las enseñanzas de Ireneo. Ese fue su humilde testimonio. Si la vocación abarca memoria y olvido, la inspiración ciñe lo oculto y la revelación, la plenitud y la nada.
Sirva este corto escrito para dar noticia de lo inverosímil. Todavía tengo en mis manos la obra completa del porteño. Tal vez alguno de mis lectores, aventurero y poco dado al temor, se atreva a visitarme en estos confines de Aztlán; tal vez se arriesgue a hacer una transcripción exacta y sin mutilaciones de la misma; sólo los muy osados la darán a conocer al resto del mundo, a todos aquellos que sólo recibieron (Kabbalah) una sección censurada y sin testimonio. “He atestiguado el mundo; he confesado la rareza del mundo/he dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre”.
Yo solo, sinceramente, ya no puedo; mis manos están demasiado agrietadas de palpar los consejos del nopal…

Rafael LARA-MARTINEZ
San Salvador/Nuevo México


No 55: >> La política de los filósofos

LA POLÍTICA DE LOS FILÓSOFOS
El desacuerdo entre política y filosofía según Jacques Rancière


Sócrates es el único ateniense que se ocupa
 de las cosas de la política
Platón


Que la filosofía y el arte se hallen reñidas, no debería extrañarnos. Incluso, sin haber leído a Platón, casi todo el mundo conoce por tradición aquella falsa expulsión total de la poesía fuera de los límites de la República ideal. Sin desmentir esa fácil lectura, ya que la educación platónica de los líderes políticos se completa por un riguroso estudio de la poesía, nos preocupa ahora revisar otro desacuerdo. No nos referimos a la clásica oposición entre el poder de demostración de la ciencia y el poder subjetivo de la poesía, entre el logos y el mito; en cambio, nos interesa retrazar la diferencia que existe entre la manera en que filosofía y política consideran el comienzo de la política. Hay dos maneras de definir un mismo concepto y, por tanto, existirán al menos dos maneras de hacer política: la política de los políticos y la política de los filósofos. Veremos en la segunda, la solución de la primera y la corrección de un “error”.

La filosofía se inicia cuando caemos en la cuenta de que hay un malestar en la política, un “error”. La política de los políticos nos ofrece un callejón sin salida. Más que preocuparse por el bienestar e igualdad de la comunidad, se concentra en regular la manera más adecuada de repartir las plazas disponibles en la administración

pública. A esta forma de distribuir los puestos, de establecer un consenso colectivo, de organizar el poder y de legitimar ideológicamente las decisiones públicas, en términos filosóficos se le llama “policía”. La “policía” regula la manera en que se configuran los puestos y define las ocupaciones de cada uno de esas plazas. La “policía” es lo que comúnmente se entiende por política; aplicando una antigua definición la llamaremos la política de los políticos.

Sin embargo, esta forma no es la única determinación posible. El filósofo que repara en el “error”, sobre el cual se levanta la política de los políticos, intenta si no corregirlo, al menos señalarlo. La filosofía política comienza en el momento en que el filósofo enumera los males que aquejan a la República. No nos interesa apuntar los errores de una República en particular; más bien, nos concierne establecer una generalización en cuanto a los comienzos de la política de los filósofos. Lo más sorprendente de estos inicios es que podemos traducirla en una expresión con bastante arraigo en Centroamérica y, en particular, en las enseñanzas de Monseñor Oscar Arnulfo Romero (1917-1980). La política empieza con “la voz de los sin voz”, es decir, cuando se admite que aquellos que no poseen nada, los pobres, tienen un derecho dentro del ejercicio y del control de las cosas públicas y de la justicia. Antes de ese reconocimiento no hay política, sino únicamente “policía”.
Quien enunció esa máxima, el griego Aristóteles, en su Política asienta que las sociedades se hallan divididas en tres, o en dos clases: los ricos (ologoi), los buenos (aristoi) y los pobres (demos), o mejor dicho los ricos y los pobres. Al gobierno de la primera lo llama oligarquía (oligoi), incluso cuando son mayoría; al de la segunda, democracia (demos). La democracia es el gobierno de los hombres libres, de los pobres. Los oligarcas se definen por una cualidad positiva y tangible: la riqueza; el pueblo (demos), por una cualidad de principio filosófico, abstracta y vacía: la libertad.

Sin embargo, aunque el pueblo constituye sólo una parte del conjunto social, es su cualidad filosófica de “libre” la que le otorga a la sociedad en su conjunto los fundamentos de igualdad y de libertad que dan inicio a la política de los filósofos. Estos principios no pertenecen a la “policía”, sino que los recibe la filosofía del callejón sin salida que representa la política de los políticos. La libertad e igualdad del pueblo le pone un límite al dominio natural de los poderosos (oligoi). Transforma la desigualdad natural de hecho, en la igualdad social y cultural del derecho. Más que con un consenso, la política comienza con un litigio y con un debate en torno a un “error”. La corrección del “error” da inicio a la política; ese error es el que le niega una parte al pueblo, una “voz a los sin voz”. La política comienza cuando una sociedad acepta concederle una “voz a los sin voz”, esto es, un lugar en el control de los asuntos públicos.

Los antiguos griegos descubrieron la lucha de clases antes de K. Marx. Pero en lugar de ver en esa lucha el principio que rige la política, creían que un litigio en cuanto a la igualdad por derecho era lo que daba origen a la política. Sólo hay política, cuando “el orden natural de la dominación” se ve interrumpido por una institución que le concede una “voz a los sin voz”. En ese momento, la lógica del intercambio comercial, la del dinero, comienza a ceder frente a la lógica de los principios filosóficos de la libertad. Esta libertad no es atributo de los que cuentan con una riqueza (oligoi), ni tampoco de quienes mantienen una virtud (aristoi); en cambio, la libertad es el atributo contingente de la masa del pueblo (demos), de aquellos que no poseen nada ni capital ni virtud. Quizás ésta sea la actualidad de Aristóteles y de Monseñor Romero, a quienes aún ahora los consideramos nuestros contemporáneos…

Rafael LARA-MARTÍNEZ
San Salvador/Nuevo México