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>> Lectura (XICóATL No 61):
LA SEÑAL
Ya casi para morir, a la avanzadísima edad de 114 años, 4-Venado se hizo conducir en andas por sus descendientes a la abandonada ciudad de Teotihuacán. Y, mientras lo hacían, ya casi al llegar, su mente comenzó a recordar la esplendorosa ciudad que era cuando él apenas acababa de cumplir diez años, en aquel festival del Fuego Nuevo que marcó el último día de gloria de la gran urbe. En aquel ya lejano día en que apareció La Señal que marcó el principio del fin, de la opulenta y orgullosa ciudad de los dioses.
Aquella lejana e inolvidable mañana, 4-Venado, con toda la alegría y entusiasmo de la infancia, había salido, al igual que todos los teotihuacanos, a celebrar el Gran Festival del Fuego Nuevo, que se celebraba cada ciclo sagrado de años. Los Sacerdotes afirmaban que el 4, el 13 y el 20 eran números sagrados, siendo este último el que les servía de base para todas sus operaciones matemáticas y astrológicas. Al multiplicar 4 por 13 obtenían el número sagrado que marcaba el final de un ciclo o gavilla de años. Peligroso ciclo en el que podía acabarse el mundo y ser sumergido en las tinieblas eternas. Por ello, el fuego nuevo que en esa noche tan especial se encendía en lo alto de la gran pirámide dedicada a Tonatiuzacualli, el Dios del Sol, indicaba a todos los teotihuacanos que el Gran Peligro había pasado y que, nuevamente, a la siguiente mañana el Sol se volvería a aparecer por el Oriente, y el mundo podría vivir en paz otra gavilla de años similar.
En esta gran pirámide de cinco cuerpos, levantados uno sobre otro en forma de talud, se levantaba en lo alto el templo de piedra con su estatua, de igual material dedicada al Dios, el cual tenía sobre su pecho un gran escudo de oro que reflejaba brillantemente los primeros rayos del Sol al amanecer. A sus espaldas daban co-mienzo las grandes escalinatas que descendían hasta la larga y extensa Calzada de los Dioses, la cual atravesaba Teotihuacán completamente, en dirección hacia la brillante estrella que servía de guía a los mercaderes que venían desde la remota Tikal, situada muy lejos, hacia el sur. Calzada que los Sacerdotes aseguraban había sido construida tan recta y tan ancha, para que los Dioses que habían fundado la ciudad, pudiesen verla claramente desde el cielo a su retorno ...“
4-Venado no podía entender completamente que los Dioses pudiesen retornar ... Pero lo que sí era indudable era que Teotihuacán había sido construida para poder ser vista claramente desde el cielo. Todos los que la habían visto y admirado desde cualquiera de los grandes cerros que bordean el valle en que se asentaba, pudieron constatar su grandiosa simetría. Él, antes de cumplir sus diez años, junto con unos amigos, había podido admirar también la ciudad desde las alturas del gran volcán situado tras la pirámide de Meztlicualli, dedicada a la Luna, la cual, la mayoría de las noches podía verse brillantemente iluminada por las largas llamas surgidas del cráter del volcán, el cual, en forma intermitente, también lanzaba grandes columnas de humo al cielo.
La vez que hubieron decidido emprender tan grande aventura el volcán se había estremecido ligeramente, pero ellos, sin asustarse, habían subido casi hasta su cima ... La recompensa había sido grande ya que la visión de la ciudad resultó mucho más bella de lo que habían podido imaginarse. Muy junto a ellos pudieron ver, casi a sus pies, la gran Pirámide de la Luna, de la cual partía, o en la cual terminaba, según se viera, la gran Calzada de los Dioses ... Casi a mitad de ella, a la izquierda, se podía ver la gran Pirámide del Sol, la mayor de toda la ciudad. A través de toda la Calzada, dispuestas de trecho en trecho, en sus dos lados, refulgían las peque-ñas pirámides dedicadas a otros Dioses, pintadas en brillantes colores, en las que predominaban el rojo y el azul. Ellas le daban una gran animación y belleza a la ancha vía, la que un poco más adelante, al sur, se veía cortada por el Gran Canal de riego que llevaba el agua y la vida a los cultivos y a los hogares de todos los teotihuacanos. Más adelante del Gran Canal y casi al final de la Calzada se levantaba el templo de Quetzalcoatl, el Gran Dios que en forma de Serpiente Emplumada podía viajar en el tiempo y en el espacio. Su templo constaba de siete plataformas adornadas con grandes relieves y cabezas de piedra de Él , en su forma de Serpiente y la del Dios Tláloc, el Dios de la Lluvia y el Agua. Se decía que en los lados de la pirámide había esculpidas tantas cabezas como días tenía el año. Y desde allí relucían sobresaliendo entre los relieves que marcaban los niveles, pintados en fuertes tonos de rojo, amarillo y azul. De la altura en que ellos se encontraban, gracias al aire transparente que envolvía a la ciudad y al valle, podían advertirse claramente hasta los menores detalles de ese pequeño templo al que muchos conocían también como el de la Estrella de la Tarde. Éste, de forma cuadrada, pintado en rojo y azul, estaba adornado en lo alto por pequeños cuadrados de piedra, en forma de almenas, también de color rojo.
Allí, al bordo del volcán, se habían dedicado infructuosamente a tratar de identificar los innumerables templos y pirámides que albergaba la ciudad, de los que los sabios Sacerdotes aseguraban que había más de 600, de localizar los grandes barrios y sus más de 2000 conjuntos habitacionales. Así como a cada uno de los bellos palacios, como el de Tetitla, del que se decía que tenía más de 100 muros pintados, el de los Caracoles Emplumados, el de las Mariposas, el de Quetzal Papalot, el cual, según la voz pública, era el más bello de todos. Todas estas edificaciones junto con la larga Calzada de los Dioses que medía más de 5000 largos pasos contados, hacían de la esplendorosa Teotihua-cán una inolvidable visión que quitaba inesperadamente el aliento.
En esa memorable mañana en la que se celebraba la terminación de otro Xiuhmulpilli o atado de años, toda la ciudad bullía de vida y esplendor. 4-Venado, ataviado con sólo una blanca faja de algodón que le cubría la delgada cintura y un collar de piedras de jade pendientes de su cuello, observándolo todo con avidez, se dirigió al mercado de la ciudad. El collar que portaba indicaba que él era hijo de uno de los ricos mercaderes que traían de lejanos lugares el algodón y el amate, en el cual los Sacerdotes y escribientes grababan bellos dibujos que contaban la historia de la ciudad y de sus Dioses. Estos llevaban asimismo de fabulosas regiones la serpentina y las plumas de aves preciosas ... Según le había oído decir a su padre una vez, sus lejanos ancestros vinieron de la apartada región de Macatapán donde daba comienzo el inmenso mar, una región de arenosas playas sembrada de grandes palmeras ... Sin embargo, otros mercaderes provenían de lugares aún más lejanos como Montalbán, Kaminal Juyú y la mítica Tikal, donde hombres de otra raza y diferen-tes costumbres adoraban otros Dioses y cons-truían también grandes, pero diferentes, pirá-mides y palacios de piedra ...
Ese día la Calzada rebosaba de gran animación y en ella pudo ver desfilar 4-Venado a orgullosos guerreros, ataviados con sus escudos y cascos de plumas, a bulliciosos mercaderes y vendedores y a muchos artesanos que, uniéndose a la muchedumbre, se dirigían, libres por ese día de sus labores cotidianas, a regatear y a divertirse en el gran mercado que se levantaba en una vasta plataforma a un lado de la avenida. En medio del bullicio de las mujeres y sus niños, a los que llevaban cargados a su espalda o tomados fuertemente de la mano, y de las nobles damas que se hacían abrir paso entre la multitud por medio de sus sirvientes, portadores de grandes bastones de madera, labrados en formas extrañas, 4-Venado pudo admirar al fin todos los productos que se ofrecían a la vista y al trueque de los teotihuacanos. Grandes pilas de maíz, frijol negro y acoyotes servidos en inmaculadas esteras de palmas, tiernas calabacitas, chiles, jitomates y el preciado amaranto, cuyas semillas decían que era el alimento de los Dioses, apetitosos quelites, rojas tunas, brillantes capulines, tejocotes y zapotes, así como largos atados de tule, verdolagas y huizache que daban la nota verde entre los variados rojos, morados, amarillos y otros colores de los productos de la tierra. Junto a ellos, colgados de resistentes varas, se ofrecían tiernos conejos, liebres y hasta algunos venados, cazados con trabajo en las cercanas montañas del lugar. También se podían ver frescos peces de agua dulce, traídos en grandes tinajas desde la cercana laguna de Texcoco. Un poco más allá pendían grandes mantas de algodón pintadas en brillantes colores, así como dijes y collares para las bellas doncellas de la región, junto a artísticos trabajos de alfarería, ollas, comales y mag-níficos incensarios en los que los Sacerdotes quemaban copal y hierbas durante las ceremonias a sus Dioses, y que se encontraban adornados con estilizadas figuras de deidades o gue-rreros portadores de grandes penachos y escudos adornados con plumas.
Más adelante del mercado, en los talleres artesanales, los cuales eran más de 500 según los últimos censos de la ciudad, podían verse frente a la puerta de sus propietarios toda clase de figurillas moldeadas en cerámica así como estatuas y estatuillas de Dioses fabricadas con arcilla o talladas en piedra y obsidiana, y bellas esculturas que servían de adorno en los palacios y las casas de las castas superiores.
Al día siguiente, si lograba encenderse el Fuego Nuevo y todo volvía a la normalidad, los artesanos y mercaderes tendrían grandes ganancias ya que era costumbre en esos últimos días del Xiuhmulpilli que en todos los hogares se apagaran los fuegos y se rompieran todos los utensilios del hogar y la cocina, para ser renovados al día siguiente, junto con el Fuego Nuevo ... Aunque esta vez se podía advertir muy claramente que parecía no existir la misma esperanza renovadora de otros ciclos anteriores, pues habíanse presentado ya algunos signos adversos ... Inexplicablemente, una mina de pedernal había dejado de funcionar y sus piedras se habían humedecido a tal grado que, por más que las frotasen, ya no lograban despedir chispa alguna ... En algunas de las regiones vecinas no había llovido en mucho tiempo y sus pobladores habían tenido que buscar refugio en la próspera ciudad de Teotihuacán, haciendo que ahora en sus calles se viese por primera vez una multitud de gentes empobrecidas, con el espectro del hambre reflejado en sus semblantes.
Así mismo – de eso hacía ya también algún tiempo – habían comenzado a llegar las nuevas de que, provenientes del norte, avanzaban grandes masas de pueblos, guerreros y bárbaros, quemando y destruyendo todo a su paso. Por ello , los habitantes de la antes pacífica ciudad habían tenido que armar a sus jóvenes más fuertes y valerosos y formar con ellos un gran ejército que periódicamente salía a rechazar a los salvajes invasores que, en reducido número, trataban de adentrarse en el valle. Pero se decía que ellos eran tan solo la avanzada de un gigantesco número de bárbaros que iban desplazándose muy lentamente con la seguridad de lograr la fácil conquista de los pueblos que le salieran a su paso.
Pero lo que más temores y recelos cau-saba entre los teotihuacanos era la aseveración de sus Sacerdotes de que ya estaban en el umbral del primer milenio de vida de la ciudad. Y mil era un número agorero e infausto ya que anunciaba la llegada de La Señal, y aquí, al no tener los Sacerdotes más remedio que nombrarla, lo hacían en medio de un incomprensible susurro. Nadie sabía a ciencia cierta en qué consistía ésta ya que los poseedores del secreto, los Sacerdotes más ancianos, no habían querido revelar en qué consistía. Su sigilo era tal que ni siquiera aparecía mencionada en los bellos y pintados libros sagrados hechos en papel amate o en delgadas láminas de cuero ... El significado de esta señal, se decía, sólo era pasado de boca en boca de los Sacerdotes más ancianos a sus sucesores, y ahora éstos comenzaban a murmurar que los tiempos ya habían llegado ... Una inminente catástrofe se cernía sobre la opulenta ciudad de Tenochtitlán ...
Para 4-Venado, a sus diez años, estos augurios emitidos en casi inaudibles voces, se le planteaban tan solo como alucinaciones de los cansados cerebros de los Sacerdotes. Más cuando aseguraban que „el retorno de los Dioses estaba próximo“ y entonces ellos deberían de entregarles la ciudad.
En su peregrinar por las calles de la urbe, no sin un leve estremecimiento, él recordó que - quizá debido a las grandes carencias sufridas por la sequía – nuevos dioses habían comenzado a aparecer en Teotihuacán, dispu-tándole la supremacía a Tláloc y Chalchiuhtlicue, Dioses del Agua, a Huehuehotl, Dios del Fuego, así como al Dios Mariposa, a los que siempre les ofrecían flores y frutos. Ahora en su lugar se rendía culto a Xipe Totec, el dios de la vegetación y a Xochiquetzal, la diosa de la fertilidad. Sus ofrendas al principio habían consistido en frutas y granos depositados a sus pies en medio de grandes nubes de copal. Pero últimamente, quizá debido a las sequías, habían comenzado a sacrificarles fuertes esclavos y valerosos gue-rreros teotihuacanos con la esperanza de que su sangre fuese un sacrificio más grato para las deidades. Los Sacerdotes más ancianos, en vano habían tratado de oponerse a este tipo de sacrificios, profetizando que esa nueva ignominia no iba a traer nada bueno a la ciudad ...
Esa mañana parecía que los cien mil habitantes de Teotihuacan hubiesen abandonado sus hogares y las calles principales se encontraban llenas de animación. Muchos de ellos iban a presenciar la boda de Ocal, hijo de uno de los más nobles dirigentes de la ciudad, y la bella Ixcy, los cuales, tras sufrir muchas tragedias, al fin habían logrado reencontrarse para poder hacer realidad su gran amor. Su increíble historia había entusiasmado a todos los que la conocían por vez primera, y éstos, a su vez, la repetían a quienes la ignoraban. En uno de sus viajes como joven guerrero, Ocal, al ver que la iban a sacrificar a uno de sus Dioses, la había salvado de la crueldad de los „ñusabi“, habitantes del lejano país de las nubes. En aquel momento, al verla tan joven, bella y desamparada, Ocal había sentido arder su corazón y a brazo armado la había rescatado de la muerte. Luego habían tenido que huir juntos por escondidos caminos, hasta lograr dejar atrás el furor de los habitantes del país de Ñuñuma. A su paso por Tilantongo, el señor del lugar les había hospedado regiamente y a su vez había caído rendidamente enamorado de la bella Ixcy, la cual sólo tenía ojos para su salvador rechazando así sus avances en forma muy diplomática. Poco después, ya cerca de Teotihuacán, habían sufrido una emboscada y el joven guerrero y su ejército habían sido derrotados, dejándolo a él por muerto. Cuando pudo volver en sí, descubrió que Ixcy, el amor de su vida, había desaparecido. La furia y desesperación no habían tenido igual, más al ignorar la identidad de los raptores y el destino de cauteverio de su amada.
Así habían transcurrido varias semanas de infructuosa búsqueda hasta que, a través de un mercader amigo de su padre, el joven había recibido un extraño dibujo en piel, realizado por un „huisitacú“ del país de los ñuñumas. En él Ixcy le comunicaba que estaba presa en una lejana aldea, propiedad del señor de Tilantongo. De inmediato, armado de sus mejore lanzas y macanas y acompañado de un grueso ejército, Ocal había salido a rescatarla. Tras grandes penurias y zozobras había vencido, dando muerte al señor de Tilantongo y a sus defensores. La alegría de Ixcy al verlo fue muy grande ya que le habían hecho creer que Ocal había muerto en la batalla. Ella no había querido aceptar los requerimientos del señor de Tilantongo ya que su corazón le decía muy quedo que Ocal no había muerto. Lleno de rabia, el señor de Tilantongo le había dado un mes de plazo para que recapacitara. Si en la próxima Luna ella seguía negándose a sus requerimientos el la entregaría de nuevo a los Sacerdotes de Ñuñuma para que la sacrificaran a los dioses. Por fortuna un escribiente se había condolido de ella y de sus ruegos, y así logró enviar a su amado el mensaje que de nuevo la arrancaba de las garras de la muerte.
Su entrada triunfal a Teotihuacán, tan sólo algunos días antes, entusiasmó a la población y ahora ambos habían decidido unir sus destinos en el gran palacio propiedad de la familia de Ocal, en una suntuosa ceremonia a la cual, además de toda la nobleza de Teotihuacán, habían invitado al padre de 4-Venado y a su amigo, el mercader que logró entregar a Ocal el mensaje enviado por la bella Icxy, contribuyendo con ello a su liberación. A 4-Venado se le había permitido, como un privilegio especial, asistir a la ceremonia, tras la cual seguirían los festejos de boda durante todo el atardecer, para culminar con la Gran Ascención a la Pirámide del Sol, desde la cual el Gran Sacerdote, acompañado de los nobles del lugar, presentaría al pueblo teotihuacano la Gran Antorcha en cendida que representaba el Fuego Nuevo, la cual, después de ser bajada por un veloz portador de ella, iría encendiendo el Fuego Nuevo en todos los hogares de la ciudad.
Por la posición del Sol - que había acortado en gran medida las sombras de la pirámide dedicada en su honor - 4-Venado comprendió que ya era hora de dirigir sus pasos al cercano palacio donde debería celebrarse en breve la ceremonia de esponsales. Mientras caminaba hacia él, sin querer recordó la leyenda de los Cuatro Soles y la pirámide que llevaba su nombre, leyenda que, como a él, los Sacerdotes contaban a todos los niños y jóvenes a los que daban instrucción. Según aquella, la gran Pirámide del Sol era en realidad el centro del mundo ya que en ella había nacido el quinto Sol, el cual alumbraba ahora la humanidad. Tras un periódo de largas tinieblas, Éste había surgido gracias al sacrificio de de Nanahuatzin, uno de sus Dioses, que se había arrojado a una hoguera, encendida arriba de la pirámide. Su muerte heróica, al ser consumido por el fuego, lo había transformado en el Sol que los alumbraba – el cual ahora salía por el oriente – en un rumbo diferente al que salían los antiguos Soles.
Aseguraban que antes existieron cuatro de ellos, regidos por diferentes Dioses, a cada uno de los cuales le correspondió un rumbo diferente del Universo. Al Tezcatlipoca Rojo le tocó el oriente; su rumbo contrario, de color blanco, le correspondió a Quetzalcoatl ... el rumbo de la Estrella que indicaba el norte fue dado a Tezcatlipoca Negro; éste era asimismo el rumbo del temido Mictlán, el remoto lugar donde moraban los muertos y el frío eterno ... En contraste, el rumbo opuesto que era donde se encontraba el templo de Quetzalcoatl, de color verde, era regido por Huitzilopochtli, el Dios Pájaro.
Los Sacerdotes contaban que, igualmente, en el centro de la Gran Pirámide moraba Xiuhtecutli, Dios del Fuego que era al mismo tiempo el Dios Viejo. Por tal lugar, lo mismo se podía subir a los espacios celestes que bajar al inframundo, al cual se entraba por una gran caverna que, se decía, era la antesala del centro de la tierra y sobre la cual aseguraban que, en los primitivos tiempos, se había levantado la pequeña edificación que iba a ser después la base de la gran Pirámide del Sol, ahora el lugar más sagrado de Teotihuacán, la Sagrada Ciudad de los Dioses.
Envuelto en estas profundas cavilaciones, 4-Venado constató que al fin había llegado a las largas escalinatas de piedra del majestuoso palacio de la familia de Ocal, muy parecido al de Tetitla y construido todo con rectangulares piedras grabadas, lleno de amplios patios con pisos de lajas de piedra, circundados por anchos pasillos, techos de losa sostenidos por cuadradas columnas labradas también en piedra. A lo largo de todas las paredes se podían ver relucir los brillantes rojos, amarillos, verdes, azules, rosas y negros con los cuales estaban pintados los suntuosos murales que las adornaban. Éstos representaban las figuras de sus Dioses y de fantásticos animales, moviéndose en lujuriosos escenarios en los que abundaba el agua en forma de cascada, ondulantes ríos o fuentes brotantes, rodeados de frondosas plantas de las cuales brotaban extrañas y bellas flores junto a exóticos frutos de todas las formas y todos los colores.
Ya los asistentes a la boda se hallaban congregados en uno de los patios más grandes del palacio. Esforzándose en abrirse paso entre la muchedumbre, 4-Venado al fin pudo contemplar, frente a uno de los portales del palacio, a Ocal e Ixcy que con sus manos entrelazadas, cubiertas de flores, esperaban la culminación del rito nupcial. En medio de los humos de copal y de olorosas hierbas, vestidos con sus mejores galas, hacían una magnífica pareja. Ocal iba adornado con un tocado de plumas de quetzal, símbolo de su noble estirpe, anchas muñequeras metálicas adornadas con piedras preciosas y verdes esmeraldas que contrastaban con el rojo escarlata de la fina capa de algodón que cubría sus hombros. Ixcy iba ataviada con un blanco y largo vestido de fino algodón, bordado en hermosos colores, adornada con largos pendientes y collares de oro y jade, los ojos brillantes por la felicidad que la embargaba al recibir finalmente la bendición del Sacerdote en medio de los alegres susurros de todos los asistentes. Para 4-Venado éste había sido un momento inolvidable.
Después, sus recuerdos se habían tornado un poco confusos. Creía haber disfrutado al igual que todos los invitados y sólo tuvo conciencia de él nuevamente cuando ya había llegado el anochecer y todos se hallaban reunidos al pie de la gran Pirámide del Sol, mientras el sumo Sacerdote, Ocal, Ixcy y el resto de nobles teotihuacanos iban subiendo lentamente las empinadas gradas para llegar a su cima.
El momento tan esperado había llegado cuando, tratando de contener un suspiro, pudieron ver al anciano religioso adentrarse en el pequeño templo del Dios del Sol ... En unos segundos saldría de él con la brillante antorcha en la mano, indicando con ella que un ciclo de años había terminado y otro acababa de empezar. En medio de grandes gritos de júbilo todos pudieron verle salir, portador de la refulgente tea, cuando de repente aquellos fueron cesando poco a poco al observar todos tras de él, como una pequeña Estrella Errante cada vez se iba haciendo más grande y más luminosa, y llegando hasta él, igual que si la Luna hubiese dejado de repente su inmutable lugar en el cielo para caer a gran velocidad sobre su cabeza. El Sacerdote, al advertirla, con un ronco grito que fue resonando débilmente escaleras abajo, y que, sin embargo, hubo de ser captado claramente por los oídos de todos los presentes, exclamó: ¡La Señal!
Por un largo momento, llenos de pavor, todos pudieron ver como el gran escudo luminoso, en que la estrella se había transformado, seguía acercándose a gran velocidad a la pirámide, como queriendo fulminarla. Entonces el Gran Sacerdote, lleno de temor, al querer retroceder apresuradamente, había caído rodando por las escalinatas, soltando de sus manos la antorcha con el Fuego Nuevo, el cual, al rebotar en los taludes, se había apagado de repente. ¡Éste era el peor presagio de todos!
En ésos momentos Ocal había reaccionado y tomando en brazos a Ixcy, seguido de los atemorizados nobles, rápidamente había ba-jado las escaleras en desbandada, mientras el gran escudo luminoso iba cambiando su gran velocidad por una suave y lenta caída, cual si estuviese flotando en el aire, llegando casi a tocar el techo del templo del Dios del Sol. Todos los teotihuacanos, al contemplar estos ate-rrorizantes prodigios, comenzaron a huir en desbandada, sin detenerse a recoger sus pertenencias, lo más lejos posible de su ciudad ya que en ella estaba dando comienzo el temido final de los tiempos.
Inexplicablemente 4-Venado había quedado como paralizado, viendo como en un sueño correr a todos a su lado, sin poderse mover hasta que la gran planicie y la Calzada habían quedado completamente desiertas. Ya el gran escudo luminoso, que ahora parecía una gigan-tesca lenteja con luz propia, se había detenido suavemente en la cima de la pirámide, y lleno de estupor e incredulidad él había podido ver como se iba abriendo lentamente una puerta en uno de sus costados, saliendo de ella una luz más brillante que la que despedía el extraño objeto, y entre ella vio moverse unas alargadas siluetas que vagamente recordaban las humanas. Fue entonces cuando 4-Venado, preso de terror al recordar que el que osara contemplar cara a cara la divinidad de los Dioses quedaba irremisiblemente ciego o muerto, pudo al fin recobrar sus movimientos y dar la espalda a la aterradora visión para correr en busca de sus gentes que habían abandonado la ciudad para no volver jamás.
Muchos días más tarde, ya reunido con sus padres y un pequeño grupo de teotihuacanos, se habían llegado hasta las riberas de una plácida laguna a la que habrían de llamar Culhuacán y allí dieron comienzo a una nueva vida. Con el paso del tiempo, algunos odsados jóvenes, y él entre ellos, se habían vuelto, armados, hasta la abandonada ciudad en busca de los Dioses, pero su búsqueda había sido en vano. Parecía que de nuevo la hubiesen abandonado, o que no hubieran puesto su pié en ella jamás. Cuando regresaron llevando tales nuevas, a pesar de ellas muy pocos teotihuacanos se animaron a regresar a habitarla. Y los que así lo habían hecho, muy pronto habían regresado arrepentidos ... En ella no había ya comercio ni vida, la sequía había malogrado las cosechas y los bárbaros guerri-lleros del norte, al verla casi abandonada, se habían dedicado a su saqueo incendiando casas y diezmando a los pocos habitantes del lugar.
Y fue así como en el transcurso de sus dos largas gavillas de años, en los que anotó tantos sucesos como para llenar más de diez vidas, a sus 104 años de haber abandonado Teotihuacán, sintiendo la inminencia de la muerte, 4-Venado había querido volver a ver de nuevo lo que aún quedaba de los esplendores de su gran ciudad. Los portadores que llevaban suavemente su litera, al fin habían llegado a ella. Lo habían hecho casi al final de un brillante atardecer en el cual los rojos, amarillos y naranjas del crepúsculo daban a las siluetas de sus pirámides y edificaciones un vibrante aspecto de vida. Pe-ro al irse adentrando lentamente entre sus ca-lles vieron sus edificios completamente de-rruídos, algunas de las cabezas en forma de serpiente del templo de Quetzalcoatl arrancadas de sus bases y yaciendo lastimeramente en el suelo. Al contemplar los hundidos techos de las mansiones y palacios de piedra, y ver crecer en sus dinteles grandes yerbas, movidas tan sólo por los susurrante paso de los escorpiones o las lagartijas ... al salir la Luna Llena y bañar con un triste aire de desolación las abandonadas ruinas ... y al escuchar el agorero aullido de un coyote en lo alto de la Gran Pirámide de la Luna, tras la cual, hasta el propio volcán que la custodiaba había cesado por completo su actividad ... 4-Venado comprendió por fin que la ciudad había muerto irremisiblemente y ahora era tan sólo una basta tumba en ruinas para albergar los espíritus de sus desaparecidos dioses. Comprendió que su pasada grandeza era ahora ya menos que polvo.
Y entonces, ante el peso de tan amargas realidades, su corazón, suavemente, fue dejando de latir, y en su último y fugaz instante de conciencia, sintió haber transpasado la barrera de los años y estar de nuevo joven, al igual que cuando tenía diez años, contemplando los esplendores y maravillas de su gran ciudad. Después, sólo los lastimeros gemidos de sus portadores, al comprobar la muerte del venerable anciano, mezclados con los redoblados aullidos de los coyotes, fueron los únicos sonidos que se extendieron, como un último homenaje, sobre las melancólicas y abandonadas ruinas de Teotihuacán.
Jorge MARTÍNEZ VILLASEÑOR
Jiquilpan - MÉXICO
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