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>> Lectura (XICóATL No 54):
Una cuestión de límites
Lindor Vargas había dormido casi toda la noche en Argentina, pero el canto renovado de su gallo capón lo transportó a territorio chileno, después de una pesada vuelta de su ancho cuerpo en el muladar sombrío que le servía de lecho. Las frazadas de lana cruda se enrollaron en sus piernas, mientras la única sábana de yute que cubría el colchón de vellones grises, permanecía en su mayor parte en territorio argentino. A las seis en punto se levantó por el lado chileno y fue hasta territorio argentino a poner la tetera en el fogón aún tibio por la buena leña de ñirre. No había sido por capricho suyo que su casa estaba levantada medio a medio de la frontera entre ambos países. En realidad él había llegado muchos años antes que esos futres de la comisión mixta de límites, y ninguna participación le cupo en el levantamiento que hicieron de la línea divisoria coronada justo a la entrada de su choza con un mojón de cemento y bronce. Y fue en un acto de premeditada rebeldía, colmada su paciencia cuando ni siquiera le pidieron permiso para meterse en su vivienda, revolver sus posesiones y sacar agua del pozo para la mezcla con que construyeron el artilugio simbólico, que Lindor Vargas decidió poner su cama justo al medio de la habitación, por donde se suponía que pasaba la línea fronteriza invisible hasta para su conciencia, lo que repitió con todos los muebles de alguna importancia, de manera que ahora podía decir con absoluta propiedad que comía, cagaba y dormía sobre la raya limítrofe que vinieron a imponerle esos caballeros de cuello y corbata que le hablaban con sílabas se-pa-ra-das, como si él no pudiera entender el idioma, tal vez pensando que a la pampa no podrían haber subido más que ignorantes. Gendarmes y Carabineros habían corrido apuestas infructuosas durante años respecto de quién lo convencería a reconocer a cuál lado había nacido para asimilarlo al rol nacional res-pectivo; y desde hacía tiempo se había optado por incorporarlo como natural de ambos países. Hombre solo y de hablar cantarino, bien podía haber nacido en alguna isla despoblada de Chiloé o en el frío lacerante de Río Gallegos. Su cuerpo ancho y bajo, flanqueado por unos brazos flacos, le daba aspecto de un cacharro de cerámica portoibañina y delataba un pasado indígena reciente que gustaba de ostentar a través de un lenguaje autóctono plagado de voces cortas y gemidos, que no podía ser de la pampa, pero tampoco fueguino como lo creyeron los de la comisión de límites que con el ánimo de prisa y el genio ligero, optaron por comunicarse con el a través de sílabas marcadas y gestos. La tetera estaba hirviendo sobre la cocina a leña, cuando se oyeron unas voces lejanas. -¡Eh! ¡El de la casa!- Lindor siguió en sus quehaceres como si no hubiera escuchado nada. Fue hasta el armario hechizo ubicado en territorio argentino y desde un tarro saco un puñado de yerba que apisonó en su mate con la bombilla. Tomó la tetera con una manga que alargó sobre su mano para no quemarse y fue hasta la mesita ubicada justo al medio de la frontera; y se sentó tras ella por el lado chileno. Las pisadas de los caballos de detuvieron justo frente a la reja de la entrada. Eran tres los jinetes que cuchichearon unas palabras antes de decidir a bajarse. Uno de ellos golpeó con el rebenque el portón de acceso, pero los otros dos se introdujeron en la vivienda sin aguardar respuesta. Lindor desmigajó un pan de grasa y empezó a devorarlo con hambre fingida. -¡Buen día! ¿Se puede?- exclamó uno de los hombres a modo de saludo, ingresando sin esperar invitación a través de la puerta entreabierta. Lindor divisó en la semi penumbra el vaho luminoso de sus visitantes, sin moverse de su sitio. "Somos del SAG", advirtió el segundo de los hombres que había entrado, enfundado en un poncho de castilla y el sombrero de fieltro puesto. -¡Del servicio ganadero del Estado!- le aclaró el último, mientras cerraba la puerta tras suyo. Lindor los miró sin interés a través del vapor de la tetera y emitió un gruñido que los visitantes tomaron como una invitación a sentarse a la mesa. Uno lo hizo junto al dueño de casa, en territorio chileno y los otros dos en frente suyo, en territorio argentino. -¿Puedo?- preguntó el primero que había entrado, mientras tomaba un tazón y arreglaba en él una carga de mate. Los otros dos se miraron entre sí, sin atinar cómo empezar lo que habían venido a realizar. -Tenemos orden de sacrificar sus vacas - comenzó a decir uno, que tenía la voz como gastada y que parecía brotarle del pecho sin alcanzar a la garganta. -Es por la fiebre aftosa, usted sabe- agregó el del sombrero de fieltro. -Hay epidemia en Argentina y es necesario eliminar todo riesgo- Lindor los miraba alternadamente, como hubiese examinado un ganado flaco que le vinieran a vender. -¿Sabe usted cuánto cuesta criar una vaca por estos lados?- inquirió de repente, acariciando su mate de calabaza ya vacío. -Claro que sabemos... pero es por el bien del -¿Y de qué país?- interrogó ya furibundo el visitado. Los funcionarios se miraron un instante y se callaron. Se daban cuenta que el campesino se había enojado y no querían empeorar la situación. Uno de los que estaba al frente, de bi-gote fino y arreglado, se paró, se acomodó la parka y se dirigió hasta la puerta. Lindor se irguió a su vez con la rapidez de un gamo y antes que el hombre pudiera salir de la choza, había sacado su escopeta de un cañón y lo apuntaba. Profirió unos gritos guturales que los visitantes no entendieron, aunque sí los gestos que los acompañaban. Se pararon lentamente, mostrando sus manos para mostrar que estaban desarmados y salieron de la vivienda anunciando cada paso. Cuando estaban cerca de sus cabalgaduras, escucharon tres estampidos secos y largos; y las vieron desplomarse una tras otra, cada una con un balazo certero entre los ojos. La precisión del campesino los dejó boquiabiertos y paralizados. -¡La próxima vez que venga un huevón a meterse con mis animales, voy a empezar por ellos!- rugió Lindor y se devolvió hacia la choza. Uno de los funcionarios se atrevió a imprecarle: -¡Esto le va a costar caro! ¡Los caballos eran propiedad fiscal!- Lindor se dio vuelta hacia ellos y entonces retrocedieron hasta poner sus espaldas contra la cerca. -El delito se cometió en Argentina. Van a tener que hacer muchos trámites -señaló y dicho lo cual se volvió sobre sus talones; y su figura ancha y oscura se perdió en la penumbra de la puerta. Los oyó alejarse a pie, caminando a duras penas por el camino escarchado, mientras unos aguiluchos empezaron a revolotear sobre los animales muertos. El día se abría como un abanico de luces y olores desplegado por las manos azules de Dios. En cambio, el día siguiente amaneció completamente sombrío y cargado de presagios, como si el mismo abanico hubiese sido cerrado de golpe por el viento que soplaba los suaves lomajes de la pampa. Había un ruido impreciso de animales agitados, de aire bullendo entre coirones, de gritos de pájaros peleándose. Lindor no escucho la comitiva formada por los mis-mos tres hombres más cuatro carabineros que al mediodía se arrimó hasta el rancho. Estaba ocupado en los corrales pelándole el ojo a las ovejas henchidas de lana. El Sargento Lira, de la Tenencia de Coyhaique Alto, lo encontró en el patio. Ambos se conocían a fondo por las tantas veces que compartieron un mate, jugaron truco o picaron un asado, así como también tantos recuerdos aleves a la hora de las nevadas o las distancias. Como el Subalférez Fuentealba, del puesto de Gendarmería distante tres kilómetros, el carabinero se sentía solidario del esforzado colono, aunque nunca había advertido en él algún gesto explícito de amistad. Los tres solían juntarse en el rancho limítrofe a mascullar su penas de hombres y a compartir sus risas de potros ariscos. -¡Ahora si que la embarró, pues Lindor!- aseveró el policía tocándose la gorra como saludo. El campesino comprobó el filo de su navaja un momento y siguió en la faena. Sin embargo, después de un rato y al ver que las botas de cuero negro se habían acercado a un metro, se sintió obligado a responder: -Usted sabe lo que cuesta criar una vaca por estos lados- El carabinero se levantó un poco la visera de la gorra. Su voz era suave y conciliadora. -Sí, pero no tenía derecho a matarles los caballos a los funcionarios del SAG...- Lindor se incorporó en todo su escaso talle. Se estiró para relajar la columna y se sintió un chasquido de sus vértebras. Se dio vuelta hacia el policía y entonces advirtió que el resto de la comitiva in-gresaba en ese momento al corral. -Fue en territorio argentino- explicó sin inmutarse. El sargento Lira contempló largamente al campesino cuyo rostro era la estatua de esa comarca y creyó ver lágrimas cuajándose en sus ojos apergaminados. Una honda preocupación vino a ponérsele como poncho de plomo encima, puesto que nunca en su vida había visto a un hombre tan triste. Pasaron por su mente aquellos días de la comisión de límites que le tocó escoltar cientos de kilómetros y cuyo único obstáculo había sido la casa del campesino, que en el antojo de unos y otros estaba ubicado justo al medio del límite fronterizo. Recordó entonces los ruegos de ese hombre pequeño y ancho para que se llevaran sus disputas unos metros más arriba o más debajo de sus esperanzas de tantos años. Y ni aún entonces vio jamás esas lagunas en sus ojos cárdenos. Los visitantes se miraban con los rostros desencajados. Ellos habían esperado un de-senlace más fulminante y efectivo que ese largo silencio que les empezaba a incomodar como montura suelta. El del bigote fino quiso hablar, pero el sargento Lira se lo impidió: -Los señores del SAG... ¿vieron sus caballos?- -¡Sí! -exclamaron a coro los tres. -¡Y están sus restos en el mismo lugar que ayer quedaron?- -¡Sí! -respondieron de nuevo. El policía se dirigió hacia la salida blandiendo su rebenque. -Entonces no hay nada que hacer. El hecho sucedió en territorio argentino...- y se dirigió a su tordillo malacara que se revolvía en la atadura al ver a la docena de aguiluchos devorando a los caballos despanzurrados desde el día anterior.˜
Del libro Cuentos Bioceánicos Ediciones Universidad de Los Lagos, Chile, 1997
Carlos ARÁNGUIZ ZÚÑIGA
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